Es que si bien el trámite no tuvo un dominio arrollador de la visita, el aplomo con que jugó -a partir de la claridad que tiene Juan Nardoni como eje central- lo llevó a generar las jugadas de peligro más importantes del primer tiempo. Alternadamente, se sucedieron filtraciones en el área xeneize y espacios para remates desde afuera, todo surgido de la movilidad de sus tres delanteros y la prolijidad de los volantes. Nada fue, sin embargo, tan peligroso como para hablar de injusticia.
Boca, en tanto, no sustentaba en juego su obligación de ganar, aunque avanzaba con recetas clásicas: juego por afuera, centros y algún intento individual que desembocaba en faltas cerca del área. Ahí sí que puede haber un punto a considerar como importante para lo que viene, porque la pegada de Paredes sí que es peligrosa, y generaron peligro por peso propio, mucho antes incluso del gol del empate.
El clímax de la tarde, sin embargo, llegó promediando esa segunda parte. Primero, con el gol que se perdió Cavani abajo del arco libre. Sí, otra vez. Un rato antes, Merentiel había definido al bulto un mano a mano de los que no falla. Y un rato después (ya sin el Matador en cancha), otro por dudar y en el intento por eludir a un despierto Cambeses. Claro, enseguida llegaría el gol de Santiago Solari.
Y con el 0-1, los fantasmas, la desazón y la certeza de que la noche sería larga y con consecuencias. Pero no lo fue porque, casi insospechadamente, el partido terminó como empezó. Y así está Boca, en automático, un modo peligroso en este caso porque no se programó en las buenas, sino en las bastante malas. Tanto que se está acostumbrando a vivir sin victorias: una racha que nadie sabe cuándo terminará, pero que hoy avanzó una casilla. Y llegó a la número 12.
FUENTE: Olé