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Mengano, fulano, sultano y perengano: origen de los comodines del idioma

Son palabras que todos usamos cuando no recordamos, no sabemos o preferimos no decir un nombre. No existieron como personas reales, pero tienen una historia que cruza siglos, culturas y continentes.

En cualquier charla cotidiana aparecen sin pedir permiso. Sirven para contar una anécdota, evitar precisiones o simplemente seguir hablando sin detenerse a pensar. Fulano, Mengano, Zutano y, en algunos casos, Perengano forman parte del repertorio informal del español y cumplen una función clara: nombrar a alguien sin identificarlo.

No son personas reales ni personajes históricos. Son comodines lingüísticos, creados para resolver una necesidad práctica del habla diaria. Y aunque parezcan simples muletillas, su origen es más antiguo y curioso de lo que parece.

Una herencia que viene del árabe y del latín

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El rastro de estos nombres se remonta a los siglos en los que el español todavía se estaba formando. En ese proceso, la influencia árabe fue clave. Fulano proviene de una palabra que significaba “persona cualquiera”, una forma neutra de señalar a alguien sin especificar quién era.

Mengano tiene un origen similar y remite a la idea de “quien sea”, reforzando ese carácter indefinido. Con el paso del tiempo, ambas expresiones se adaptaron al castellano y se integraron al habla popular de España primero y de América después.

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Zutano, en cambio, tiene un origen menos claro. Se lo vincula con una palabra latina asociada a lo conocido o a lo ya mencionado, lo que explica por qué suele aparecer cerrando la serie, cuando ya no hace falta precisar nada más.

El orden también dice algo

No es casual que casi siempre aparezcan en el mismo orden. Fulano abre la lista, Mengano continúa y Zutano la cierra. Funcionan como una enumeración implícita, similar a decir primero, después y al final. Cuando se suma Perengano, el mensaje suele ser otro: exceso, confusión o multitud.

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Perengano es el más reciente y el más informal del grupo. Su origen es difuso y se lo asocia a una mezcla popular entre un apellido muy común y las formas anteriores. Por eso suele aparecer en relatos más relajados o con tono humorístico.

Un fenómeno que cruza idiomas

El uso de nombres genéricos no es exclusivo del español. En inglés existen John Doe y Jane Doe. En francés se encadenan nombres comunes. En otros países se utilizan iniciales o fórmulas heredadas del latín. Cada lengua encontró su manera de resolver el mismo problema: hablar de alguien cuando el nombre no importa.

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Lejos de desaparecer, estas palabras siguen vivas porque cumplen una función esencial. Acompañan conversaciones, relatos y explicaciones desde hace siglos y siguen siendo útiles hoy, cuando la memoria falla o la precisión no es necesaria.

Por Gabriel Rotter.