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La ciencia lo confirma: la mayoría de nuestras decisiones diarias son hábitos

Un estudio de la Universidad de Surrey indica que el 65% de nuestras acciones diarias son guiadas por hábitos, no decisiones conscientes. Estos hábitos pueden facilitar el logro de metas personales como mantener rutinas saludables.

Investigadores de la Universidad de Surrey, en colaboración con la Universidad de Carolina del Sur y la Universidad de Queensland Central, realizaron un estudio que reveló hasta qué punto los hábitos influyen en nuestras acciones cotidianas.

El trabajo, publicado en la revista científica Psychology & Health, concluyó que casi dos tercios de lo que hacemos cada día ocurre de forma automática, como resultado de patrones que el cerebro ha aprendido a repetir en situaciones familiares.

Esto significa que muchas de nuestras acciones —desde revisar el teléfono hasta prepararnos para salir o comer a cierta hora— se activan sin necesidad de un proceso de decisión consciente.

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Los investigadores explican que los hábitos se forman cuando una persona responde repetidamente a una misma situación de la misma manera. Con el tiempo, el cerebro asocia ese contexto con una acción específica y, cuando vuelve a aparecer la señal, el comportamiento se inicia casi de manera automática.

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Cómo se realizó el estudio

Para comprender mejor cómo funcionan los hábitos en la vida cotidiana, el equipo internacional desarrolló un método para observar el comportamiento en tiempo real. En total participaron 105 personas de Reino Unido y Australia, quienes durante una semana recibieron seis notificaciones diarias en sus teléfonos móviles.

Cada vez que recibían el aviso, debían responder qué estaban haciendo en ese momento e indicar si la acción había surgido por hábito o por una decisión consciente. Los resultados mostraron que el 65% de las conductas diarias se iniciaban por hábito, impulsadas por señales rutinarias y no por elecciones deliberadas.

Además, el estudio detectó que el 46% de los comportamientos eran hábitos que coincidían con las intenciones de las personas, lo que sugiere que muchas rutinas terminan apoyando los objetivos personales.

El desafío de cambiar los hábitos

El profesor Benjamin Gardner, psicólogo de la Universidad de Surrey y coautor del estudio, explicó que este fenómeno ayuda a entender por qué cambiar ciertas conductas puede ser tan difícil.

Según el investigador, el simple esfuerzo o la motivación muchas veces no alcanzan para modificar un hábito. “Para crear un cambio duradero debemos ayudar a las personas a reconocer e interrumpir los hábitos no deseados y formar nuevos hábitos positivos”, explicó. Esto implica modificar las señales que activan una conducta o reemplazar una rutina por otra más saludable.

Los investigadores consideran que estos resultados pueden ser muy útiles para programas de salud pública y cambios de estilo de vida.

Por ejemplo, una persona que intenta hacer más ejercicio podría tener dificultades si solo lo hace ocasionalmente. En cambio, incorporarlo siempre en el mismo momento del día —como después del trabajo o al despertar— puede ayudar a convertirlo en un hábito estable.

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Lo mismo ocurre con otros comportamientos como mejorar la alimentación, dormir mejor o dejar de fumar. En estos casos, la estrategia más efectiva consiste en interrumpir las señales que activan el hábito negativo y crear nuevas rutinas de reemplazo.

El “piloto automático” también puede jugar a favor

La doctora Amanda Rebar, investigadora de la Universidad de Carolina del Sur y autora principal del estudio, explicó que muchas personas se ven a sí mismas como tomadoras de decisiones racionales.

Sin embargo, la investigación demuestra que gran parte de nuestro comportamiento repetitivo ocurre con muy poca reflexión, impulsado por mecanismos automáticos del cerebro. Por su parte, la científica del sueño Grace Vincent, de la Universidad de Queensland Central, destacó que este hallazgo puede ser alentador.

Según explicó, si una persona logra construir un hábito positivo —como mejorar el sueño, la alimentación o la actividad física— el propio “piloto automático” del cerebro puede ayudar a mantenerlo en el tiempo.