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Historia de la primera mujer refugiada, con licencia para pilotear aviones

Dejar todo, a veces con lo puesto, y escapar. Cruzar fronteras. “La crisis de los refugiados” parece el título rimbombante de una película de ficción, sin embargo resume una de las mayores preocupaciones de la agenda global del siglo 21: a finales de 2019, casi 80 millones de personas se vieron obligadas a huir de guerras, conflictos armados o persecuciones. Más del 50% son mujeres y niñas. Obligadas a buscar vida en otras tierras porque les robaron su lugar en el mundo.

“Estamos presenciando una realidad distinta en la que el desplazamiento no solo está mucho más extendido, sino que ya no es un fenómeno temporal y a corto plazo”, explica Filippo Grandi, Alto Comisionado de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados.

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Según el último informe de Tendencias Globales presentado por ACNUR, la población de la República Árabe Siria es la mayor desplazada por la fuerza tras diez años de guerra: se estima que 1 de cada 6 personas que abandona su hogar es siria.

Así comenzó la historia de Maya Ghazal, cuando una batería de misiles tronando cerca llevó a su familia a tomar la decisión de abandonar la ciudad de Damasco y buscar asilo en Inglaterra. El pase a otro derrotero de obstáculos.

“Cuando llegué a Reino Unido esperaba comenzar la escuela de inmediato, conocer gente y hacer amigos, pero me rechazaron en tres escuelas porque no tenían idea de cómo tratar mis certificados de educación secundaria sirios. Tenía 16 años y me dijeron que ni mi inglés ni mi conocimiento eran lo suficientemente buenos para estar en una escuela. Esto fue increíblemente desmoralizador y mi confianza se vio afectada. Pero no mi determinación. No poder acceder a la escuela es lo que más me motivó a aprender inglés por mi cuenta. Dediqué todo mi tiempo a aprender el idioma porque sabía que si quería que ocurriera un cambio necesitaba crearlo yo misma”.

Maya se esforzó. Al año, su buen manejo del inglés le habilitó una vacante en la universidad para dar curso a su nueva vocación: la aviación. Pilotar aviones y poner en práctica la fascinación por esas máquinas enormes que veía despegar y aterrizar desde la ventana de la habitación de hotel donde vivió con su familia cuando cruzaron a Europa.

Así comenzó la historia de Maya Ghazal, cuando una batería de misiles tronando cerca llevó a su familia a tomar la decisión de abandonar la ciudad de Damasco y buscar asilo en Inglaterra. El pase a otro derrotero de obstáculos.

“Cuando llegué a Reino Unido esperaba comenzar la escuela de inmediato, conocer gente y hacer amigos, pero me rechazaron en tres escuelas porque no tenían idea de cómo tratar mis certificados de educación secundaria sirios. Tenía 16 años y me dijeron que ni mi inglés ni mi conocimiento eran lo suficientemente buenos para estar en una escuela. Esto fue increíblemente desmoralizador y mi confianza se vio afectada. Pero no mi determinación. No poder acceder a la escuela es lo que más me motivó a aprender inglés por mi cuenta. Dediqué todo mi tiempo a aprender el idioma porque sabía que si quería que ocurriera un cambio necesitaba crearlo yo misma”.

Maya se esforzó. Al año, su buen manejo del inglés le habilitó una vacante en la universidad para dar curso a su nueva vocación: la aviación. Pilotar aviones y poner en práctica la fascinación por esas máquinas enormes que veía despegar y aterrizar desde la ventana de la habitación de hotel donde vivió con su familia cuando cruzaron a Europa.

—Mujer, siria, refugiada y profesional de una carrera masculinizada, las complicaciones que superaste dejan en evidencia enormes desigualdades en el acceso a derechos...

—Y sé que este no es el final de mis obstáculos. Algunos estereotiparán a los árabes como inseguros. A algunos no les gustarán las mujeres en los controles. Sin embargo, estoy comprometida a desafiar las dificultades y los estereotipos. Quiero demostrar que todo es posible siempre que creas en ti mismo y en tus habilidades.

Embajadora de Buena Voluntad

La historia de Maya es una de tantas. Las niñas y mujeres representan aproximadamente el 50 por ciento del total de la población refugiada, apátrida o desplazada internamente. Durante esos movimientos, las situaciones de discriminación y violencia aumentan exponencialmente.

En ese marco, la Fundación ACNUR Argentina lanzó la iniciativa “Oportunidades sin fronteras” para dar a conocer las realidades de millones de mujeres y niñas que huyen y, en el éxodo, enfrentan todavía mayores adversidades y peligros solo por su género.

Maya, además, fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad del ACNUR el pasado 08 de marzo, Día Internacional de la Mujer, con el fin de ayudar a difundir en cada esquina del planeta el compromiso de la Agencia de la ONU en la defensa de derechos de los refugiados.

—Como Embajadora de Buena Voluntad del ACNUR trabajaré duro para demostrar que, a pesar de las imágenes negativas de algunos medios de comunicación, las personas refugiadas siguen siendo seres humanos con sus propias esperanzas y sueños. Solo tuvieron que enfrentarse a cosas que estaban fuera de su control. Quiero mostrar una imagen de los refugiados que la gente a veces olvida. Mostrar que somos humanos y que podemos vivir, soñar, lograr y ser tan exitosos como cualquiera.

—¿Cuál es la traba más difícil de sortear como refugiada?

—Sin educación, las niñas y niños refugiados no podrán lograr sus sueños o alcanzar su potencial. Enriquecer e invertir en la educación de los refugiados es invertir en el futuro. Porque de esta manera podrán regresar a su país y reconstruirlo una vez que sea seguro hacerlo, o pueden aportar a reconstruir su país anfitrión y retribuir a su nueva comunidad. Por eso en mi trabajo con ACNUR seguiré pidiendo por la ampliación de becas y el acceso a la educación universitaria, para que más personas refugiadas tengan la oportunidad de estudiar con la misma determinación que yo.