Medicamentos para bajar de peso: el boom en San Juan, el faltante y el riesgo del rebote
El uso de medicamentos para bajar de peso creció con fuerza en San Juan, pero el faltante, el alto costo y el rebote tras suspenderlos abren un debate clave sobre su uso y límites.
Los medicamentos basados en incretinas, utilizados originalmente para el tratamiento de la diabetes, se convirtieron en los últimos años en una de las herramientas más buscadas para el descenso de peso. Su efecto sobre la saciedad y el control del apetito impulsó una demanda creciente, que rápidamente trascendió el ámbito estrictamente médico y llegó a un público mucho más amplio.
En San Juan, ese fenómeno se hizo visible con fuerza durante 2025. El interés sostenido derivó en un aumento abrupto del consumo y, hacia fines de año, en un faltante casi total del producto en farmacias locales. La escasez no respondió a un problema provincial sino a un desajuste en la producción y distribución a nivel nacional, con lotes vendidos antes de lo previsto y sin reposición inmediata.
La llegada de versiones más económicas intensificó aún más el uso. Al reducir considerablemente el costo respecto de las marcas originales, estos productos ampliaron el acceso a tratamientos para obesidad que, en la mayoría de los casos, no cuentan con cobertura de obras sociales. En la práctica, el valor mensual sigue siendo elevado y aumenta a medida que se incrementa la dosis, lo que vuelve al tratamiento difícil de sostener en el tiempo.
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Esta combinación de alta demanda, costos elevados y falta de cobertura generó un escenario complejo en San Juan: creciente interés, dificultades de acceso y discontinuidad en muchos tratamientos.
Qué hacen estos medicamentos y por qué funcionan
El mecanismo de acción se basa en la imitación de hormonas intestinales que regulan la saciedad y el metabolismo de la glucosa. Al activar estas señales, reducen el hambre, enlentecen el vaciamiento gástrico y facilitan una disminución sostenida de la ingesta calórica.
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Por eso su efectividad es alta y, en muchos casos, supera ampliamente los resultados obtenidos solo con dieta y actividad física. Sin embargo, esa misma potencia abre nuevos interrogantes cuando el tratamiento se interrumpe.
El problema aparece al suspenderlos
Los estudios más recientes muestran un patrón consistente: al dejar la medicación, el peso comienza a recuperarse con rapidez. En el primer año, la ganancia promedio ronda entre cinco y diez kilos, dependiendo del tipo de fármaco utilizado y de cuánto peso se haya perdido inicialmente.
En términos simples, cuanto más efectivo fue el tratamiento, más rápido tiende a aparecer el rebote. Esto no solo se refleja en la balanza. También se revierten los beneficios logrados sobre indicadores clave de la salud: colesterol, triglicéridos, glucosa en ayunas y presión arterial vuelven progresivamente a los valores previos, en un plazo cercano al año y medio.
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Un cuerpo que pierde el control del apetito
Uno de los puntos más delicados es el impacto fisiológico a largo plazo. Al recibir durante meses niveles elevados de hormonas que controlan el apetito, el organismo puede reducir su producción natural y volverse menos sensible a esas señales.
Mientras el medicamento está presente, el hambre permanece controlada. Al retirarlo, ese “freno” desaparece y el apetito reaparece con mayor intensidad. Esto explica por qué muchas personas experimentan una recuperación rápida del peso y dificultades para sostener hábitos saludables sin el apoyo farmacológico.
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El acompañamiento que no alcanza
Un dato llamativo es que los programas de acompañamiento nutricional y conductual durante el tratamiento no lograron reducir la velocidad de recuperación posterior. La explicación es clara: al funcionar tan bien, el medicamento reemplaza el esfuerzo consciente de aprender a manejar el apetito.
En la práctica, muchas personas bajan de peso sin desarrollar herramientas reales para sostener esos cambios. Cuando la medicación se suspende —por costo, falta de disponibilidad o decisión personal—, el cuerpo y la conducta quedan sin soporte.
Obesidad: una enfermedad crónica, no un problema pasajero
El punto central del debate es conceptual. La obesidad es una enfermedad crónica y, como tal, tiende a recaer cuando se interrumpe el tratamiento. La diferencia es que, a diferencia de otras patologías, estos medicamentos fueron presentados socialmente como soluciones temporales o atajos rápidos.
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La realidad muestra lo contrario: los beneficios se sostienen mientras el tratamiento continúa. Cuando se corta, el riesgo de retroceso es alto.
El desafío local: qué implica para San Juan
En una provincia donde más de la mitad de la población presenta exceso de peso, el uso de estos medicamentos marca un antes y un después. Pero también deja en evidencia límites claros: altos costos, falta de acceso sostenido, escasez de producto y riesgos asociados al abandono.
Sin una estrategia integral, el uso aislado de estos fármacos puede generar frustración, rebote de peso y pérdida de los beneficios metabólicos logrados.
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La evidencia es contundente: no existen soluciones mágicas. Los medicamentos pueden ser una herramienta valiosa, pero no reemplazan una alimentación saludable, la actividad física, el abordaje psicológico ni las políticas públicas que faciliten entornos más sanos.
El verdadero desafío, también en San Juan, es cómo integrar estos avances de forma responsable, con seguimiento médico, expectativas realistas y una mirada a largo plazo. Porque bajar de peso es posible, pero sostenerlo sigue siendo el verdadero problema.