Comscore

SAN JUAN

Redescubriendo la historia del Cruce: un viaje en el tiempo que regala el verdadero sentimiento patriótico

Para muchos el Cruce de los Andes es solamente un cuento con final feliz que en la escuela nos contaron y que sirve para sentirnos más argentinos en los días patrios. Pero hay otros que prefieren re descubrir la historia transitando el mismo camino que miles de hombres hicieron hace 200 años para luchar por la libertad y un mundo mejor.

Para muchos el Cruce de los Andes es solamente un cuento con final feliz que en la escuela nos contaron y que sirve para sentirnos más argentinos en los días patrios. Pero hay otros que prefieren redescubrir la historia transitando el mismo camino que miles de hombres hicieron hace 200 años para luchar por la libertad y un mundo mejor. La travesía posee dos aspectos a tener en cuenta, de los cuales uno es el denominador común de la tropa. El primero es el tema profesional. Cada expedicionario tiene un objetivo que cumplir, más allá de llegar al famoso acto en el límite con Chile. Pero el punto en común es que todos, los experimentados como los que van por primera vez, tienen los nervios del viaje, de la geografía, el clima y de lo que el destino les tiene preparado en la cordillera. Los primeros pasos arriba del animal son prácticamente una odisea que termina en el logro de cruzar el abismo de una cuneta o una piedra. Cada paso sin caerse es cumplir con el gran objetivo y decir ¡yo crucé la cordillera en mula o a caballo! Pero a medida que avanza la tropa, el jinete se va dando cuenta de que el viaje no es sólo un paseo y que es peligroso el camino, que el clima te puede acompañar o castigar en cualquier momento, que el animal puede ser tu amigo o tu peor enemigo y hacerte sentir el rigor de una caída. Largas horas de monta, dolor en el cuerpo, la puna, el miedo por los acantilados y huellas diminutas donde pareciera derrapar el animal que nos lleva, genera miedo, prudencia y mucha solidaridad con el compañero. A esta altura de la travesía, la cordillera saca lo mejor y lo peor de cada uno. Está en uno saber manejar los ánimos para compartir y ser solidarios en un lugar inhóspito que nos acecha permanentemente. Es ahí cuando me pregunté: "San Martín cruzó con un claro objetivo...¿Nosotros, por qué lo hacemos? ¿Por qué lo hago?" La respuesta todavía no me llegaba. Montar en la cordillera, con los ojos cerrados, tratando de imaginar lo que pasó tantos años atrás, te transporta en el tiempo y casi que te deja escuchar aquellos gritos de aliento, de formación y sólo se puede imaginar, con la dureza del lugar, como habrá sido aquella gesta. Es ahí donde empieza a erizarse la piel y la emoción galopa en el pecho al ritmo del animal llegando a las lágrimas que se contienen o se ocultan por vergüenza al "qué dirán". Luego llega el descanso y todo pareciera volver a la normalidad pero la inmensidad y el silencio de la cordillera te tienen atrapado en la historia como si aquellos que lucharon nunca hubiesen dejado el lugar. Se viven momentos muy particulares y muy íntimos con un mismo objetivo en los que el carácter y la templanza te van sorprendiendo porque nos cambia la óptica de muchas cosas de la vida. El esfuerzo tiene un premio. Llega el día del acto en el límite con Chile y vuelven a aparecer aquellos objetivos profesionales de cada expedicionario. Todo sigue según lo planeado pero nada es así. En la altura, después del encuentro con la tropa chilena, da la sensación de un gran objetivo logrado y pensar que lo vivido es solamente una milésima parte de lo que habrán vivido aquellos guerreros... y de repente empieza a sonar el himno nacional argentino. Nadie puede explicar lo que se siente, pero creo que todos sentimos lo mismo. Un tremendo orgullo y un sentimiento desconocido que nos abraza y obliga a soltar esas lágrimas que fueron contenidas en el viaje. Presumimos que será el patriotismo o por lo menos se acercará bastante a eso. En el camino de vuelta se empiezan a contestar mis preguntas. Todos vinimos por motivos diferentes pero nos vamos con el mismo resultado... En esos siete días, que con esfuerzo y toda la tecnología a disposición, nos damos el lujo de entrar a un túnel del tiempo que nos termina regalando la historia y un sentimiento que, puedo asegurarles, nos queda en el recuerdo y en el corazón por el resto de nuestras vidas. Porque en siete días pudimos redescubrir la historia del Cruce de los Andes.Por Mauricio Bazán, ex expedicionario, para sanjuan8.com.