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La mesa cambia: el precio empuja a sustituir la carne vacuna por la de cerdo

El consumo de carne vacuna cayó 5 kilos por persona en un año, mientras el cerdo gana terreno. La diferencia de precios explica un cambio que ya impacta en la mesa.

El dato es concreto y refleja un cambio que ya se siente en la mesa de los argentinos: en el último año, el consumo de carne vacuna cayó de 49,5 a 44,5 kilos por habitante. En paralelo, el cerdo ganó terreno y alcanzó los 19,3 kilos per cápita. No se trata de una moda ni de una elección cultural, sino de una decisión condicionada por el bolsillo.

La explicación aparece en los precios. Mientras la carne vacuna registró un aumento interanual del 64%, el cerdo subió apenas un 25%, por debajo incluso de la inflación general. La diferencia se volvió determinante para miles de familias que, ante la pérdida de poder adquisitivo, optan por alternativas más accesibles para sostener el consumo de proteínas.

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El fenómeno no se limita a la carne. Los lácteos también mostraron un crecimiento en el consumo, con un incremento del 7%, en un contexto donde sus precios subieron apenas un 13%. En un escenario de ajuste, los productos que logran mantenerse por debajo del promedio inflacionario empiezan a ganar lugar.

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Pero el problema no se agota en la góndola. El informe de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina advierte que el contexto internacional empieza a jugar su propio partido. Las tensiones en Medio Oriente, especialmente en zonas estratégicas como el estrecho de Ormuz, podrían impactar directamente en los costos logísticos. Y ahí aparece una variable clave: el transporte.

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Cada aumento en el combustible se traslada de manera casi automática a toda la cadena productiva. Hoy, el flete representa el 6% del precio final de la leche y el 8% del trigo, por lo que cualquier suba termina impactando en alimentos básicos.

A eso se suma otro factor estructural: la carga impositiva. En Argentina, uno de cada cuatro pesos que se paga por alimentos corresponde a impuestos. En el caso de la carne, ese peso asciende al 28% del precio final. Es decir, antes de llegar al consumidor, el producto ya arrastra una estructura de costos, tributos y márgenes que condicionan su valor.

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Detrás de cada corte de carne hay una cadena compleja. Desde la cría hasta la venta en carnicería, cada eslabón suma costos que terminan explicando más de la mitad del precio final. Lo mismo ocurre con el pan o la leche, donde la materia prima tiene una incidencia mucho menor que otros factores como la logística, la energía o la mano de obra.

En ese contexto, el cambio en los hábitos parece inevitable. La carne vacuna, históricamente central en la dieta argentina, empieza a perder protagonismo frente a opciones más económicas. El asado, símbolo cultural, cede terreno ante una lógica más pragmática: comer lo que se puede pagar.

La transformación ya está en marcha y los números lo confirman. No es solo una cuestión de preferencias, sino el reflejo directo de una economía que redefine, incluso, lo que llega al plato.

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