Venta de carne de burro: entre la necesidad económica y el rechazo
La venta en Trelew abrió un debate que mezcla crisis económica, producción y tradiciones. Cuesta $7.500 el kilo y ya genera posiciones enfrentadas.
La aparición de carne de burro en carnicerías de Trelew, en Chubut, dejó de ser una curiosidad para convertirse en un síntoma. En un país donde el consumo de carne vacuna cae y el bolsillo aprieta, la irrupción de alternativas ya no sorprende tanto por lo exótico, sino por lo inevitable.
El dato económico es el punto de partida: $7.500 el kilo, hasta un 50% más barato que la carne vacuna. En ese contexto, la propuesta impulsada por el productor Julio Cittadini bajo el proyecto “Burros Patagones” encuentra terreno fértil en una Patagonia atravesada por la crisis de la producción ovina y las limitaciones para el desarrollo bovino.
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La iniciativa, que comenzó como una prueba piloto con faena controlada, avanzó rápido: llegó a góndola y lo poco que se ofreció se vendió sin dificultad. Incluso ya tiene fecha una degustación pública con cortes y derivados, en un intento por romper la barrera cultural.
Pero ahí aparece el núcleo del conflicto. No es solo qué se come, sino qué se está dispuesto a aceptar. El burro, históricamente asociado al trabajo rural y a un vínculo más cercano con las personas, genera un rechazo que no ocurre con otras carnes. La discusión excede lo nutricional —donde la carne es magra, rica en proteínas y con bajo contenido graso— y se mete de lleno en lo simbólico.
En paralelo, el contexto empuja. Con el consumo de carne vacuna en mínimos de dos décadas y una migración sostenida hacia pollo y cerdo, el mercado empieza a abrirse a opciones que antes ni siquiera estaban en debate. En el sur, además, ya conviven experiencias similares como la comercialización de carne de guanaco en Santa Cruz, también atravesada por tensiones entre producción, sustentabilidad y cultura.
El punto de fondo es más incómodo: la innovación no llega por elección, sino por necesidad. En regiones donde la rentabilidad cae y el clima condiciona, diversificar deja de ser una opción para convertirse en una obligación.
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Ahí es donde la discusión se vuelve más honesta que ideológica. Porque mientras algunos cuestionan el límite ético o cultural, otros empiezan a mirar el precio en la góndola. Y en ese cruce —entre lo que se cree y lo que se puede pagar— es donde la carne de burro encuentra su lugar.