Así pues, lo que daña la salud no es comer pasta, sino sostener durante meses un patrón monótono con poca proteína de calidad, pocas verduras y un exceso de calorías derivadas de raciones grandes o salsas muy densas. Según Clemente, esto facilita un aumento del tejido adiposo, una peor saciedad y, en personas predispuestas, un empeoramiento del control glucémico.
¿Cómo afecta el tipo de pasta a la salud?
La pasta integral suele aportar más fibra y micronutrientes propios del grano completo, lo que tiende a mejorar la saciedad, el tránsito intestinal y el perfil metabólico cuando se compara con versiones refinadas dentro de un patrón saludable, resalta el nutricionista.
Sin embargo, aclara, el factor decisivo es el plato completo: “La misma ración de pasta puede comportarse como una comida razonable o como una ‘bomba calórica’, según el acompañamiento”. En este sentido, si la pasta se presenta con verdura abundante y una proteína clara, la respuesta de glucosa suele ser más moderada y el hambre posterior se reduce.
En caso de que se acompañe, por ejemplo, de salsas ricas en grasa, queso en exceso, embutidos o aceite sin medida, el impacto cambia. “Sube la densidad energética y es fácil superar las necesidades del día sin percibirlo, con consecuencias sobre el peso y el metabolismo”, advierte.
En el caso del peso corporal, la variable central es el balance energético sostenido. “Si la pasta diaria lleva a comer más calorías de las que se gastan, el cuerpo almacenará ese excedente, normalmente en forma de grasa. Si, por el contrario, la ración es adecuada y la comida está bien construida, la pasta puede encajar incluso en estrategias de pérdida de grasa”, dice.