Durante años, generaciones enteras intentaron descifrarlo. Buscaron explicaciones en sus letras, en sus silencios, en sus pocas entrevistas y en cada aparición pública. Sin embargo, nunca terminó de entregarse. El Indio entendió algo que pocos artistas comprenden: el misterio también comunica.
Mientras el mundo se volvía cada vez más ruidoso, él se hizo cada vez más silencioso.
Su figura se convirtió en una rareza cultural. Era probablemente el músico más famoso del país y, al mismo tiempo, uno de los menos vistos. No necesitaba cámaras permanentes, ni programas de televisión, ni estrategias de marketing para mantenerse vigente. Le alcanzaba una canción, una foto ocasional o una publicación inesperada para movilizar a millones.
Ese hermetismo no era casual.
Desde los tiempos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Solari construyó una relación distinta con su público. Nunca buscó convertirse en una celebridad tradicional. Prefirió transformarse en una especie de narrador oculto que observaba el país desde la distancia y devolvía sus reflexiones en forma de poesía, crítica social y canciones cargadas de simbolismos.
Incluso en sus últimos años, cuando el Parkinson limitó su movilidad y lo alejó definitivamente de los escenarios, mantuvo esa lógica. Encerrado en su casa de Parque Leloir y trabajando desde su estudio Luzbola, siguió creando música, arte digital y textos. Nunca dejó de producir, pero tampoco abandonó la distancia que había elegido como forma de vida.
Paradójicamente, cuanto más ausente estaba físicamente, más presente se volvía culturalmente.
Sus últimas obras fueron una prueba de ello. Lejos de vivir de la nostalgia o repetir fórmulas exitosas, exploró nuevos sonidos, experimentó con la electrónica y se animó a proyectos visuales como "Brutto", una muestra que permitió asomarse a una parte menos conocida de su universo creativo.
Ni siquiera en la etapa final quiso convertirse en un recuerdo de sí mismo.
No se fue solamente un músico. Se fue uno de los últimos artistas argentinos capaces de sostener una leyenda sin exponer su vida privada, sin convertir su intimidad en espectáculo y sin resignar el control de su propia historia.
En una era donde parece obligatorio contarlo todo, el Indio eligió guardar algo para sí. Y tal vez ahí radique la explicación de su permanencia. Porque mientras otros artistas intentaron ser comprendidos, él aceptó ser un enigma. Y los enigmas, a diferencia de las modas, nunca terminan de morir.