Por eso, las recomendaciones para quienes padecen reflujo incluyen dejar pasar entre dos y tres horas entre la última comida y el momento de acostarse. También puede resultar útil elevar la cabecera de la cama para reducir los síntomas nocturnos.
Existe otra posibilidad cuando después de tomar leche aparecen principalmente gases, hinchazón, dolor abdominal, náuseas, diarrea o ruidos intestinales. En esos casos puede existir una intolerancia a la lactosa.
La condición se produce cuando el organismo tiene una actividad reducida de lactasa, la enzima encargada de digerir la lactosa, el azúcar presente en la leche. Cuando no se absorbe correctamente, llega al intestino y fermenta, generando gases y otras molestias.
Pero no todas las personas reaccionan de la misma manera. La cantidad también puede ser determinante. Como explica la especialista, no es lo mismo consumir un café con un poco de leche que tomar un vaso grande antes de dormir.
Algunos productos fermentados, como el yogur o el kéfir, pueden ser mejor tolerados por determinadas personas. Para confirmar si existe intolerancia, una de las pruebas utilizadas es el test de aire espirado, que permite detectar los gases producidos por la fermentación de la lactosa que no fue absorbida.
Qué señales indican que hay que consultar
Las molestias digestivas ocasionales generalmente no son motivo de alarma, pero conviene consultar con un profesional cuando aparecen con frecuencia, empeoran o empiezan a afectar el descanso y la calidad de vida.
Hay síntomas que requieren especial atención, entre ellos pérdida de peso involuntaria, vómitos persistentes, sangre en las heces, heces negras, dificultad o dolor al tragar, dolor torácico, anemia, diarrea prolongada, fiebre, deshidratación o dolor abdominal intenso.
También se necesita atención inmediata ante una posible reacción alérgica, especialmente si aparecen urticaria, inflamación de labios u ojos o dificultad para respirar.
Una forma de detectar qué está provocando el malestar es prestar atención a la cantidad de leche consumida, el tipo de lácteo, el horario y qué se comió durante la cena.
Entre las medidas que pueden ayudar están reducir la cantidad, evitar tomar leche justo antes de acostarse, dejar dos o tres horas antes de ir a dormir y elegir lácteos fermentados si son mejor tolerados.
También resulta conveniente evitar las cenas muy abundantes o con exceso de grasas y no acostarse inmediatamente después de comer.
En definitiva, si un vaso de leche por la noche genera molestias, no necesariamente significa que haya que eliminar todos los lácteos. Identificar cuándo aparecen los síntomas y qué factores los acompañan puede ayudar a determinar si se trata de reflujo, intolerancia a la lactosa u otra causa que requiera evaluación médica.