Cómo participaron las mujeres en la revolución
No todas las mujeres vivieron la revolución de la misma manera. Su participación dependió de la clase social, del lugar en el que vivían y de las posibilidades que tenían dentro de una sociedad que les imponía fuertes límites. “No era lo mismo la realidad de una mujer de un sector rural que la de una mujer de la aristocracia porteña”, explicó Plomer. “Cada una, desde su lugar, formó parte de la Independencia”, agregó.
Las mujeres de las familias más acomodadas organizaban tertulias donde circulaban ideas políticas, conseguían dinero, ropa y alimentos para los ejércitos y tejían alianzas con otros referentes de la revolución. En cambio, muchas mujeres de los sectores populares mantenían en funcionamiento las estancias y los comercios, sostenían a sus familias y acompañaban a las tropas como cocineras, enfermeras, lavanderas, espías o combatientes.
Cabana remarcó que el sostén cotidiano fue tan importante como las batallas. “Había que conseguir comida, caballos, armas y lugares donde dormir. La gestión de recursos era fundamental porque sin eso era imposible sostener el movimiento revolucionario”, explicó. En la misma línea, Plomer destacó el valor de las tareas de cuidado: “Las mujeres sostuvieron los ejércitos y también los espacios productivos y los hogares mientras muchos hombres iban a pelear”.
Esa participación convivía con una sociedad que les reconocía pocos derechos. Las mujeres tenían escasa autonomía legal y muchas decisiones importantes, como el matrimonio, dependían de sus familias. “No eran reconocidas como adultas plenas”, explicó Cabana. Como ejemplo mencionó el caso de Mariquita Sánchez de Thompson, que logró casarse con la persona que había elegido después de enfrentarse a la decisión de sus padres, algo poco habitual para la época.
Los nombres que quedaron en el anonimato
Algunas mujeres lograron atravesar el paso del tiempo y hoy son parte de la memoria colectiva. María Remedios del Valle peleó junto al Ejército del Norte y fue reconocida por Belgrano por su valentía. Juana Azurduy comandó tropas en el Alto Perú. Macacha Güemes organizó tareas de espionaje, logística y negociación política. Sánchez de Thompson convirtió su casa en un espacio donde circulaban ideas y estrategias para la causa revolucionaria.
Sin embargo, las historiadoras advierten que esos nombres representan apenas una parte de la historia. “Yo trato de evitar caer solo en las figuras más conocidas porque hubo muchísimas mujeres anónimas que participaron y cuyos nombres nunca vamos a conocer. No quedaron registrados en los documentos de la época”, explicó Plomer.
Para Cabana, el problema de fondo es la forma en que se construyó el relato histórico. “Detrás de San Martín, Belgrano o Güemes hubo un pueblo entero acompañando, y entre ese pueblo había muchísimas mujeres, de las cuales, poco conocemos”, afirmó.
En esa línea, Plomer remarcó que la Independencia no puede explicarse solo desde los grandes nombres. “La historia fue colectiva. No puede reducirse a unos pocos protagonistas masculinos”, sostuvo, y agregó que reconocer ese aporte también permite revalorizar tareas que durante mucho tiempo fueron consideradas secundarias o invisibles.
Una historia colectiva que recién empieza a reconstruirse
Recuperar el lugar que tuvieron las mujeres en la Independencia no implica solo sumar nombres a la historia oficial. También permite entender que el proceso revolucionario dependió de mucho más que decisiones militares o políticas.
Aun así, reconstruir esas historias no es sencillo. La mayoría de las mujeres de la época no dejó cartas ni documentos propios, lo que limita las fuentes disponibles. “No contamos con tanto material como en el caso de los hombres. Con las fuentes que tenemos hay que cambiar las preguntas”, explicó Cabana.
La recuperación de estas perspectivas comenzó a consolidarse recién desde la década de 1980 y tomó mayor impulso en los últimos 20 o 30 años, cuando los estudios de género permitieron volver a los mismos documentos históricos con nuevas preguntas y enfoques sobre el rol de las mujeres.
Para las especialistas, ese sigue siendo el principal desafío: entender que detrás de los nombres que llegaron a los libros hubo miles de mujeres que sostuvieron la vida cotidiana, organizaron recursos y formaron parte de un proceso colectivo que cambió la historia argentina.