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Sarmiento, el fruto de una madre emprendedora y un padre bohemio

Era un niño más, pero no uno cualquiera. Era de los que correteaban por ahí, pero también de los que se sentaban en la puerta de su casa a leer. De los que agotaban la vela, ya de madrugada, en la mesa donde se comía y donde siempre, en una esquina, amontonaba sus libros que devoraba con avidez.

Hoy se cumplen 210 años del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento. Había nacido el 15 de febrero de 1811 en el barrio El Carrascal, uno de los más humildes de San Juan, una aldea que no superaba los 3 mil habitantes. Se lo bautizó Faustino Valentín Quiroga Sarmiento pero, al parecer por la devoción de su madre por Santo Domingo, o porque Domingo era el nombre de un hermano muy querido de Paula, le quedó ese nombre y Valentín quedó relegado.

Nombres aparte, él decía orgulloso que había sido gestado en mayo de 1810, con la Patria misma.

La madre, Paula Zoila Albarracín, era la de carácter en la casa. Aún soltera, con 23 años, esa mujer alta, un tanto huesuda, nariz prominente, afilada y aguda y ojos claros como muchos de los Albarracín, decidió tener casa propia, y se largó a construirla con dos esclavos prestados por sus hermanas Irrazábal. Sus paredes de adobe y sus techos de caña, palo y barro resistieron el devastador terremoto de 1944 que borró del mapa la mayoría de las edificaciones coloniales. Ya para entonces le habían hecho varias ampliaciones, cuando en 1820 se compró un terreno lindante y luego el ala norte, en el que su hijo instaló su despacho cuando fue gobernador de la provincia entre 1862 y 1864.

Doña Paula había quedado huérfana de muy joven, y debió ocuparse de la crianza de sus hermanos. Sabía leer y escribir gracias a las lecciones del maestro, médico y cura José Castro.

La famosa higuera, que quedaría cerca de la puerta de entrada, ya estaba en el lugar. A su sombra instaló un telar español de tipo horizontal, que aún se conserva. Y se largó a la producción del anascote, una tela de lana peinada, un tanto áspera, que solía usarse para la confección de hábitos de órdenes religiosas. Toribia, una mujer de sangre negra e indígena que había sido criada en la familia, amiga y estrecha colaboradora de Paula, se encargaba de la venta de la producción.

Paula tejía 12 varas por semana, algo así como diez metros, y el ruido de la lanzadera del telar ya se escuchaba al alba. Obtenía por semana unos seis pesos que le alcanzaba para pagarle a los albañiles, cosa que hacía los sábados. Así levantó una casa con un salón, un dormitorio para los padres, algunos ambientes pequeños para los hijos y una cocina.

Su fondo era pequeño, con una parra, tres naranjos, el duraznero con su sombra, el rosal y, convenientemente cercada, una pequeña huerta. En una de las tantas reformas que las hermanas de Sarmiento hicieron a la casa, talaron la higuera, pero ésta volvió a brotar.

El 21 de diciembre de 1802 Paula se casó con José Clemente Cecilio Quiroga Sarmiento, un joven buen mozo, cuatro años menor. Ninguno de los dos tenía un peso y la economía familiar se sostenía con el esfuerzo de la mujer y con lo que, ocasionalmente, aportaba su marido con su oficio de arriero, ya que era un experto conocedor de la precordillera. Su espíritu bohemio lo llevó a idear proyectos que quedaban en eso, y eran prolongadas sus ausencias del hogar.

Luego de la revolución de mayo de 1810 colaboró con el Ejército del Norte de Manuel Belgrano y organizó una colecta para auxiliarlo; enrolado en el Ejército de los Andes, combatió como capitán en Chacabuco y regresó a San Juan con el parte de batalla y con 300 prisioneros realistas. En la visita que Sarmiento le hizo a San Martín la tarde del 24 de mayo de 1846 en Grand Bourg, el militar recordaba que había tenido bajo sus órdenes a un capitán Sarmiento.

A los 5 años, Faustino Valentín o Domingo Faustino comenzó a asistir a la Escuela de la Patria, que funcionaba en una casa de Mendoza y Mitre, frente a la plaza mayor. Corrió con ventaja: a los 4 años su tío, el cura José Eufrasio de Quiroga Sarmiento, futuro obispo de Cuyo, ya le había enseñado a leer; su madre, orgullosa, alimentó el ego de la criatura llevándolo a casas de parientes o amigos, donde hacía demostraciones públicas de lectura en voz alta.

El futuro presidente escribió que la escuela “era un espacioso local vecino a la plaza de armas daba cabida a grandes salones a más de trescientos niños, de todos los extremos de la ciudad y suburbios, y de todas las clases de la sociedad”. Sarmiento escribió que los maestros habían hecho colocar una imagen de la Virgen del Carmen, patrona de la escuela, una pintura con las armas de la República y un cartucho que llevaba la leyenda “Recompensa al mérito”.

Los maestros que habían ido de Buenos Aires era Ignacio Fermín y José Genaro Rodríguez, entusiastas del iluminismo enciclopedista, que difundían ideas de Rousseau, Montesquieu, Voltaire y Diderot. Inculcaban a sus alumnos las nociones de igualdad social, el sentido cívico de la nacionalidad y el respeto: los alumnos debían tratarse de “señor”.

Uno de los salones lo ocupaban los chicos que recién empezaban, se les enseñaban lectura y escritura; en otro, alumnos más avanzados estudiaban doctrina cristiana y las primeras nociones de aritmética y gramática, y un tercero continuaban con la gramática y ortografía, aritmética comercial, álgebra hasta ecuaciones de segundo grado y extracción de raíces; historia sagrada y doctrina cristiana se dictaban los sábados por la mañana.

Fue a la escuela por nueve años, y por más que hubiera querido faltar, su madre Paula Albarracín era la encargada de que asistiese como correspondía. Aun así él mismo admitió que “me escabullía sin licencia, y otras diabluras con que me desquitaba del aburrimiento”, lo que echa por tierra la veracidad de ese record incomprobable difundido en los manuales escolares de no haber faltado nunca.

El sanjuanino nunca olvidaría a sus maestros, a tal punto que en 1884 despidió los restos de Francisca Gutiérrez, viuda de su maestro, que había fallecido en 1856.

Era un niño como cualquier otro, que se divertía imitando a su tío, el cura José Manuel Quiroga Sarmiento dando misa. Sabía cómo hacerlo, ya que era su monaguillo; los domingos por la tarde se trenzaba junto a sus amigos, como Barrilito, Piojito, Chuña, Velita y el Guacho Riveros, en guerras de piedras contra otros muchachos.

Cuando estaba en casa, su padre, José Clemente Sarmiento, le tomaba lección de lo aprendido en la escuela. El primer libro que leyó fue Vida de Cicerón, de Middleton y el segundo, Vida de Franklin. No se salvó de leer los cuatro volúmenes que había en la casa de la Historia Crítica de España “y otros librotes abominables que no he vuelto a ver y que me han dejado en el espíritu ideas confusas de historia, alegorías, fábulas, países y nombres propios”, recordaría años más tarde.

Por lo aprendido en la casa y con su tío, en la escuela fue un alumno aventajado, por lo general colmado de honores.

Entre sus amigos de entonces, figuraron Antonio Aberastain, de trágico destino: emigrado durante la época de Rosas; durante la presidencia de Derqui, fue gobernador de San Juan y cuando ésta fue intervenida, Aberastain fue detenido y fusilado. Sarmiento, profundamente afectado, escribió su biografía. Otro de sus compañeros fue José Ignacio Flores, vecino y condiscípulo. Tenían la misma edad y Sarmiento una vez le escribió “eres el hermano que tuve”. También estaban Indalecio Cortínez y Eufemio Sánchez.

Sin beca

Más allá de la Escuela de la Patria no había lugar para continuar la educación sino en Buenos Aires o Córdoba. La esperanza apareció a comienzos de 1823 cuando, en el marco de las reformas aplicadas por Bernardino Rivadavia como ministro de Gobierno de Martín Rodríguez, se anunció que habría 6 becas por provincia para alumnos de escasos recursos para estudiar en el Colegio de Ciencias Morales, cuyo rector era el poeta Miguel Belgrano, uno de los hermanos del creador de la bandera. Los requisitos para postularse era tener, por lo menos, 10 años y poseer enseñanza elemental. De esas 6 becas, dos eran para seguir estudios eclesiásticos y las otras 4 para ciencias físicas y morales. Su mamá soñaba con que fuera cura y el papá, militar.

Siempre recordó a su madre llorando en silencio y a su padre cubriéndose el rostro con sus manos cuando le comunicaron que no había sido elegido, a pesar de las recomendaciones escritas por sus maestros. Tampoco tuvo suerte para estudiar en el Seminario de Loreto, en Córdoba.

La de la Escuela de la Patria sería la única educación formal del sanjuanino. El resto de su formación corrió por su cuenta. Estudió matemáticas con el ingeniero Víctor Barreau, a quien asistió en varios trabajos de agrimensura. Con el idioma francés se las arregló solo, gracias a los libros de José Ignacio de la Rosa, que leía con fruición hasta la madrugada. Del latín y teología se ocuparía su tío, el presbítero José de Oro, por quien sentía especial devoción, a quien definió como su maestro y mentor. “Mi inteligencia se amoldó bajo la impresión de la suya, y a él debo los instintos por la vida pública, mi amor a la libertad y a la patria, y mi consagración al estudio de las cosas de mi país, de que nunca pudieron distraerme ni la pobreza, ni el destierro, ni la ausencia de largos años”.

Su primer exilio

Cuando en septiembre de 1825 las fuerzas mendocinas del fraile José Félix Aldao derrotaron a las sanjuaninas de Manuel Olazábal en la batalla de Las Leñas, su tío, comprometido políticamente, fue desterrado a San Francisco del Monte, un poblado perdido en el norte de San Luis. Su sobrino quiso acompañarlo y doña Paula accedió. Él se refiere a esa época como “mi primer exilio”.

El pueblo -que pasaría a llamarse San Francisco del Monte de Oro, en honor al cura- se encuentra en un valle rodeado por las Sierras Centrales de San Luis y las de Socoscora. Allí tío y sobrino, que se querían “como padre e hijo”, revolucionaron el lugar. Introdujeron flores y legumbres que ellos cultivaban; repararon el frente de la capilla San Francisco de Asís, dañado por la caída de un rayo y construyeron un primer piso con torre y coro, usando pilares de algarrobo. Coronaron la construcción tres arcos de madera, donde el joven Domingo talló la frase “Unus Deus, una ecclesia, unum baptista” (Un Dios, una iglesia, un Bautista).

Además, fundaron una escuela, a los que asistían siete alumnos mayores que él, de entonces de 15 años. La mayoría eran de familias acomodadas. Estaban los hermanos Camargo, de 18 y 20 y su hermana, de 13. Hasta hubo que expulsar a uno, porque lo único que quería era casarse con una chica, tal vez de nombre Dolores, a la que Sarmiento le enseñaba deletreo. El humilde ranchito donde funcionó está convenientemente preservado.

Los domingos por la tarde, junto a esa capilla los dos armaban bailes, donde los pericones y las contradanzas “reunía a las huasitas blancas o morenas, que las hay de todo pelaje y lindas como unas Dianas, para domesticarlas un poco, porque ningún pensamiento deshonesto se mezcló nunca a estos recreos inocentes”, como escribió en Recuerdos de Provincia.

El matrimonio tuvo 15 hijos, y muchos no sobrevivieron; Sarmiento terminó siendo el único varón entre cuatro mujeres: Francisca Paula, que murió un par de meses después que él; Vicenta Bienvenida de Jesús, artista y docente; María del Rosario, quien lo acompañó cuando fue presidente y Procesa del Carmen, una de las primeras pintoras que tuvo el país.

Con los años, su papá fue comisario de policía y diputado ante la Sala de Representantes de San Juan, y acompañó al hijo en sus exilios, “como un ángel de la guarda”. Falleció el 22 de diciembre de 1848 -en ese año Domingo, en Chile se había casado con Benita Pastoriza- y cuando la cruz que señalaba su tumba desapareció, se perdió la ubicación exacta de sus restos.

Como Sarmiento le había prometido acompañar a su madre en sus últimos momentos, cuando doña Paula se sintió morir, lo mandó llamar. Viajó a San Juan, pero llegó tarde. Había fallecido el 21 de noviembre de 1861. Tenía 87 años.

El cura que estuvo con ella en los últimos momentos le dijo a Sarmiento que su mamá no había podido esperarlo más. Ya había hecho demasiado.