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Monseñor Lozano dio su mirada sobre San Juan en la Misa Crismal

Monseñor Jorge Lozano hizo referencia durante la Misa a los daños causados por el Terremoto y las inundaciones. También, le dedicó un espacio a la pandemia.

El arzobispo de San Juan de Cuyo, Jorge Lozano, encabezó la celebración de una nueva Misa Crismal, en el marco de Semana Santa. En su homilía, en la Iglesia Catedral San Juan Bautista, Monseñor se refirió a cómo golpeó la pandemia a las familias sanjuaninas, al terremoto del pasado 18 de enero y también, a las últimas inundaciones.

El texto de la homilía

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Hace poco más de una semana, conversando con algunos sacerdotes compartimos inquietudes respecto de este tiempo y nuestra gente.

La pandemia nos ha pegado fuerte a todos. Proyectos personales postergados o arruinados. Pérdida de empleo. Debilitamiento de los vínculos familiares. Miedo y angustia, no sólo en personas mayores solas.

En muchas de las barriadas más pobres hubo un incremento de la pobreza requiriendo una generosa respuesta de la sociedad para asistir necesidades urgentes. Aún con esfuerzos importantes, cuantiosas familias han retrocedido en su calidad de vida hasta caer en situación de mayor pobreza e indigencia.

Los niños, adolescentes y jóvenes han deteriorado su condición educativa, situación aún más grave en quienes no tienen acceso a la conectividad.

Y podríamos seguir agregando cuestiones de salud física y emocional.

Para muchas familias el terremoto del 18 de enero y las inundaciones posteriores implicaron un sufrimiento adicional insoportable. En la cercanía se puede palpar el desconsuelo de una realidad abrumadora.

En este contexto proclamamos este Evangelio de San Lucas, que se sigue “cumpliendo hoy”. El Pasaje del Libro de Isaías leído por Jesús nos presenta la unción recibida por el Profeta por medio de la cual había sido revestido con poder para anunciar la finalización del exilio en Babilonia, que se había extendido durante 50 años, unos 5 siglos antes de Cristo. Una noticia semejante sólo podía ser dada a conocer por alguien enviado por Dios, con su autorización y autoridad. Por eso expresa el enviado: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado por la unción”. (Lc 4, 18)

El comentario que realiza Jesús sobre esta cita a modo de predicación es asombroso “hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” (Lc 4, 21)

En esta misa Crismal renovamos como ungidos del Señor (otros Cristos) la disponibilidad para el envío. En este tiempo concreto al que también llamamos “hoy”.

En estas condiciones “anunciar la buena noticia a los pobres y la liberación a los cautivos” sólo es posible si quien nos envía es capaz de sostenernos en la audacia.

Seríamos irresponsables si pretendiéramos dar palabras de aliento sin la seguridad de estar acertados en el mensaje. Antes de decir palabras vacías mejor sería el silencio.

Pero nosotros hemos sido ungidos para una misión. Anunciar la esperanza puede parecer una provocación o ilusión vana. Sin embargo nuestra predicación no surge de expectativas apoyadas en las encuestas, sino en el encuentro con Cristo Vivo.

Sabemos que “la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).

La certeza y fuerza del anuncio está en quien envía, y no en los pobres y humildes enviados.

Dios es fiel. Jesús es “el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos” (Ap 1, 5).

Dispongamos el ánimo para realizar el recorrido de las celebraciones de la Semana Santa tocando con Jesús la experiencia de la limitación, el fracaso, la soledad. Cerca de su carne sufriente. Tengamos audacia y valentía para descender con él a los infiernos en que viven muchos en torno nuestro, para hacer juntos el camino que los levante de la postración que los hace morder el polvo.

No estamos solos en esta vocación. Contamos con la gracia de Jesucristo. Él nos ha convocado y enviado.

Además esta misión la compartimos con el Pueblo fiel de Dios. Somos un “pueblo sacerdotal”.

El Sacerdocio ministerial nos consagra para participar del único sacerdocio de Cristo en la entrega para el servicio del mundo; creyentes o paganos.

Nuestro sacerdocio se vincula obviamente al sacerdocio de Cristo, como la fuente y origen de todo ministerio, Él es el Pontífice de la nueva y eterna Alianza por el ministerio Pascual. Pero también se vincula con el sacerdocio común de los fieles con quienes celebramos los sacramentos, vivimos la caridad, y alentamos la misión. Ellos no son paganos a los que anunciamos un “Dios desconocido”, sino hermanos cristianos con quienes celebramos la fe. En la Eucaristía damos gracias a Dios por sus dones, y ofrecemos el fruto de la tierra, la vid, y el trabajo de los hombres. Los laicos y quienes tienen otras vocaciones son sacerdotes del Pueblo sacerdotal que ofrecen con nosotros su vida a Dios para alabanza de su gloria.

Así, la celebración de la Eucaristía no es una teatralización, o un acto sagrado individual delante de espectadores pasivos o ajenos. Los fieles todos se suman activamente con su sacerdocio a la celebración. Es la consecuencia de afirmar que la Iglesia es un “Pueblo sacerdotal”.

Podemos decirlo así: nosotros antes de ingresar al Seminario ya éramos sacerdotes. Nuestra familia era y es sacerdotal. El modo de vivir la fe durante la pandemia nos mostró la necesidad y el fuerte deseo de nuestro pueblo por el ministerio ordenado y la eucaristía presencial. Pero también fuimos testigos de la creatividad de muchas familias para vivir la fe en sus hogares por medio de las redes sociales. Los Templos cerrados no implicaron clausurar la Iglesia.

Somos testigos de cómo el Espíritu Santo habita en los corazones de quienes hemos sido consagrados por el bautismo y la confirmación.

¡Cuántas iniciativas solidarias se han multiplicado!

Permítanme también una palabra respecto de otras consecuencias concretas.

Una expresión de esta mirada es en cada parroquia la constitución del Consejo Pastoral y del Consejo de Asuntos Económicos, que dan cauce a la participación de los laicos y de otras vocaciones. Hay dones jerárquicos y carismáticos que son suscitados por el mismo Espíritu Santo.

Así lo estamos alentando en el camino de Asamblea Arquidiocesana, asumiendo que “los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución”. (DA 371).

Fue muy alentador recorrer los 5 decanatos y experimentar el entusiasmo y el deseo de tantos representantes activos de las comunidades, movimientos, espacios pastorales… para caminar juntos. Con temores e incertidumbres, pero en la confianza de reconocer y testimoniar que “somos un pueblo que camina, anuncia y sirve”.

Al finalizar la celebración les entregaremos un libro con mensajes y reflexiones del Papa Francisco para los sacerdotes. Allí encontrarán palabras de aliento y consuelo, a la vez que enseñanzas para crecer en la entrega cotidiana.

Estamos celebrando el “año de San José” que cuidó de Jesús y María con corazón de Padre. A él miramos y le pedimos nos enseñe a ser padres de ternura ante tanta fragilidad.

Jorge Eduardo Lozano

Arzobispo de San Juan de Cuyo

31 de marzo de 2021, Año de San José