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Bebés que crecen en hogares de tránsito: la otra cara del sistema de protección

En San Juan, bebés recién nacidos pasan directamente de Neonatología a hogares de tránsito por decisión judicial. Detrás de cada caso hay historias de maltrato, adicciones y violencia, pero también de afecto brindado por cuidadoras y voluntarias. Sin embargo, la espera de una familia definitiva puede durar años.

En distintos hogares de tránsito de San Juan, bebés recién nacidos y niños pequeños viven sus primeros días lejos de la familia que debería protegerlos. Llegan por decisión judicial, tras ser detectados en entornos de maltrato, violencia o atravesados por la drogadicción. Allí, mientras la justicia define su destino, aprenden a gatear, a hablar y hasta a caminar en brazos que los contienen, pero que no pueden reemplazar el calor de un hogar definitivo.

Según pudo reconstruir este medio, la mayoría de los menores ingresa directamente desde Neonatología, apenas nacen. La decisión la toma la Justicia, habitualmente tras el informe de las asistentes sociales del hospital, quienes detectan situaciones de riesgo: madres con consumo problemático de drogas, casos de maltrato, abandono o síntomas alarmantes en el entorno familiar.

“Por lo general recibimos bebés recién nacidos hasta los cinco años, que es la edad escolar”, explicaron quienes conocen de cerca el funcionamiento del hogar. Se trata de una casa modesta, con comedor, dormitorios, baños, lavadero y una pequeña oficina. Un grupo de cuidadoras voluntarias brinda el afecto cotidiano: brazos, caricias, palabras que, aunque no sustituyen a una madre, construyen parte del mundo emocional de esos niños.

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Historias que duelen y un sistema que demora

Detrás de cada bebé hay historias difíciles: madres jóvenes atravesadas por adicciones, niños con signos de violencia, desnutrición o abandono. “Las criaturas llegan por todo tipo de causas que un pequeño no debería sufrir, pero lamentablemente es moneda cotidiana”, reconocieron quienes conocen la realidad por dentro.

Aunque la ley argentina prioriza el regreso al núcleo familiar, en muchos casos no es posible, y ahí debería activarse el proceso de adopción. Sin embargo, el camino judicial suele ser lento. “Me encantaría que a los jueces les pusieran una psicóloga al lado para que les diga: miren, esta criatura hace más de un año que está institucionalizada”, reflexionó una fuente reservada.

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El tiempo que pierden los niños

Los primeros años de vida son clave para el desarrollo emocional. Desde uno de los hogares de tránsito observan con preocupación que algunos bebés crecen allí, aprenden a gatear y a caminar, sin contar con una familia definitiva que les garantice el lazo afectivo esencial. “Los niños, desde que nacen hasta los seis años, construyen lo que van a ser en su vida, su estructura. Y lamentablemente todo esto no existe para la Justicia”, advirtieron.

Estamos perdiendo eso que es continuar la estructura de una criatura para que tenga felicidad y sea una persona de bien para cuando sea grande”, lamentaron desde el entorno del hogar.

La imagen es elocuente: bebés que estiran los brazos pidiendo atención, niños que aplauden para ser mirados. Entre tanto, la fila de personas que sueñan con adoptar es larga, mientras las criaturas siguen esperando.

Más allá de cifras y expedientes: la vida real de estos niños

Detrás de cada bebé que crece en un hogar de tránsito se esconden historias marcadas por la pobreza, la violencia y, cada vez con más fuerza, la drogadicción que atraviesa a muchas familias. Son realidades que obligan a la Justicia a intervenir para proteger a los niños apenas nacen.

Pero lo que debería ser un paso transitorio se transforma muchas veces en una espera indefinida: expedientes que se amontonan, decisiones que demoran y criaturas que pasan meses, o incluso años, sin la posibilidad de construir el vínculo esencial que define los primeros años de vida.

La infancia no puede ser tratada como un número ni como un simple trámite administrativo. Mientras tanto, los bebés crecen, aprenden a caminar, a hablar y a buscar cariño en brazos que no reemplazan a una familia definitiva. Al final, el tiempo perdido en la niñez no se recupera. Y para ellos, cada día cuenta.

Por Gabriel Rotter.