Esta reflexión surge a partir de una pregunta reciente de un colega en un programa de radio. Había observado que, en una obra ubicada en una zona de Buenos Aires, la empresa eléctrica estaba utilizando cables de aluminio en lugar del tradicional cable de cobre.
La inquietud no era solamente por qué se estaba produciendo este reemplazo, sino también si se trataba de una tendencia a nivel global y si, en el caso argentino, podría representar un nuevo mercado para Aluar —relativamente complicado por las tarifas de Estados Unidos—, considerando que nuestro país es un productor importante de aluminio, pero aún no cuenta con una producción relevante de cobre. Sí existe, en cambio, una demanda estimada de entre 35.000 y 60.000 toneladas de cobre anuales, dependiendo del nivel de actividad económica.
En realidad, se trataba de una pregunta triple: ¿a qué ratio de precios Cu/Al se produce la sustitución?, ¿cuáles son las fricciones involucradas que pueden acelerar o retardar ese proceso? y ¿cómo puede analizarse el caso argentino, que actualmente produce aluminio, todavía no produce cobre en cantidades relevantes, pero comenzará a hacerlo muy pronto?
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Respondiendo a la primera pregunta, podemos comenzar señalando que, a efectos prácticos y a nivel global, el cobre no tiene un sustituto relevante en el largo plazo. Por eso decimos que es estratégico. Tampoco existe un precio único que gatille automáticamente un proceso acelerado de sustitución por aluminio.
La industria, sin embargo, reconoce un umbral empírico según el cual, cuando la relación de precios cobre/aluminio —US$/t sobre US$/t— supera aproximadamente entre 3,5 y 4 a 1, la sustitución de cobre por aluminio en determinadas aplicaciones eléctricas y térmicas puede comenzar.¹
Al 29 de agosto de 2026, esa relación se ubicaba en un récord de 4,3 a 1 —cobre ≈ US$14.400/t; aluminio ≈ US$3.230/t—, muy por encima del promedio histórico de largo plazo, de aproximadamente 3,7 a 1.
Y, efectivamente, este nivel ha gatillado un incipiente proceso de sustitución que ya resulta visible en cableados de baja tensión y automotrices, aires acondicionados y vehículos eléctricos.
¹ Fundamento técnico: por qué ese rango
El umbral de precios está anclado en las propiedades físicas de ambos metales. El aluminio conduce electricidad a aproximadamente el 61% de la tasa del cobre, por lo que, para alcanzar la misma capacidad de corriente, un conductor de aluminio necesita alrededor de 1,6 veces la sección transversal de uno de cobre.
Sin embargo, la densidad del aluminio es apenas aproximadamente el 30% de la del cobre. De este modo, el conductor de aluminio resultante pesa solamente cerca de la mitad que su equivalente de cobre.
Esta relación entre peso y conductancia implica que, en términos de costo por unidad de conductancia, el aluminio ya resulta competitivo con ratios de precios bastante inferiores a 3,5 a 1.
La brecha entre ese punto de equilibrio puramente físico y el umbral de 3,5–4 a 1 observado en la práctica se explica por una serie de “costos de fricción” que retrasan la sustitución real:
- rediseño de ingeniería y recalificación de productos;
- conectores y terminaciones: el aluminio se oxida y “fluye” bajo presión, generando puntos calientes;
- normas de seguridad y códigos eléctricos más estrictos para instalaciones con aluminio;
- mayor necesidad de mano de obra debido a secciones más voluminosas;
- aplicaciones de alto desempeño —como bobinados de motores de vehículos eléctricos o cableado de alta gama— donde el cobre continúa siendo insustituible.
Por lo tanto, se trata de un proceso gradual, ya que el precio no es la única variable que debe considerarse. Existe un costo de “fricción” —rediseño, conectores, normas, disponibilidad y seguridad de las cadenas de suministro— que explica por qué la sustitución ocurre progresivamente y no de manera instantánea.
En cuanto a los cables de alta gama y otros segmentos críticos en términos de desempeño —bobinados de motores eléctricos, electrónica de precisión y conexiones en espacios restringidos—, el aluminio todavía no logra reemplazar las ventajas centrales del cobre. Por eso, incluso con el ratio actual en niveles récord, la sustitución continúa siendo marginal en estas aplicaciones.
Las proyecciones de sustitución, en consecuencia, establecen un techo relativamente bajo para la posible pérdida de mercado del cobre en el mediano plazo, hacia 2030-2035: un máximo de entre 1,7% y 2,0% en el caso de la International Copper Association (ICA), y hasta un máximo del 6% según JP Morgan.
La ICA, apoyándose en investigaciones de DMM Advisory Group, argumenta que la sustitución neta representó el 1,45% del uso de cobre en 2023 —1,8% si se suma la miniaturización— y que su techo potencial hacia 2035 sería de apenas aproximadamente 1,7%. La explicación es que, a nivel de sistema, el aluminio pierde frente al cobre por su menor conductividad, y no por un problema de disponibilidad.
JP Morgan, por su parte, ubica actualmente la sustitución Cu/Al en aproximadamente un 2% de la demanda global de cobre y proyecta que podría triplicarse hasta alrededor del 6% para 2030, impulsada por el diferencial de precios y por los objetivos de reducción de peso en los vehículos eléctricos.
El caso testigo que circula en la prensa especializada es el de Ferrari y BMW, que estarían reemplazando cableado de cobre por aluminio en nuevos modelos.
Sin embargo, esta proyección asume implícitamente que la oferta de aluminio puede absorber ese salto de demanda sin que su propio precio reaccione lo suficiente como para frenar el proceso. Se trata de un supuesto difícil de justificar: si la oferta de aluminio no puede expandirse con facilidad, su precio subirá, el ratio Cu/Al se comprimirá y el incentivo para sustituir se autolimitará antes de alcanzar el nivel proyectado por JP Morgan.
Para realizar una estimación más confiable sería necesario conocer con mayor detalle las elasticidades de oferta de ambos metales.
Elasticidades de oferta: cobre vs. aluminio
La elasticidad de oferta del cobre está muy bien documentada y es estructuralmente rígida: transcurren entre 15 y 20 años desde el descubrimiento de un yacimiento hasta alcanzar la producción plena; la ley del mineral ha caído aproximadamente un 40% desde 1991; los procesos de permisos rutinariamente superan una década; y el CAPEX aumentó un 65% desde 2020.
Se trata de una inelasticidad geológica y regulatoria, lenta de revertir y, al mismo tiempo, predecible en su lentitud. Por eso, el consenso de mercado confía en que el precio del cobre se mantenga elevado, independientemente de las fluctuaciones de la demanda de corto plazo.
La oferta de aluminio responde a un mecanismo diferente y bastante menos comprendido. Más de la mitad de la producción global proviene de China y está sujeta a topes políticos de producción, actualmente fijados en 45 millones de toneladas anuales, un nivel que el gobierno chino ya alcanzó este año.
El resto del mercado —Occidente, India e Indonesia— no está limitado por la disponibilidad de mineral, sino principalmente por el costo y la disponibilidad de electricidad. Fundir aluminio consume entre 14 y 15 MWh por tonelada.
Esto vincula directamente la elasticidad de oferta del aluminio con la elasticidad de la oferta energética de cada región: una variable mucho más volátil y heterogénea que aquellas que limitan la producción de cobre.
De hecho, en 2026 ya existen señales de esta dinámica: distintos analistas anticipan subas del precio del aluminio hacia mediados de año, precisamente debido al techo de producción chino y al crecimiento de la demanda vinculada con la electrificación. En otras palabras, el mercado del aluminio podría estar comenzando a corregir el mismo ratio que hoy impulsa la sustitución.
Esta dinámica no parece estar captada en el informe de JP Morgan, razón por la cual las proyecciones de la ICA parecen más confiables.
Argentina: actual productor de aluminio, futuro productor de cobre
Veamos ahora cómo trasladar este análisis a la tercera pregunta, que plantea también un posible proceso de sustitución a nivel interno, sin que a priori exista una política industrial que ordene, amortigüe o potencie esta relación.
Por una parte, Aluar es, desde hace más de cinco décadas, el único productor primario de aluminio de Sudamérica con una ventaja estructural de costo energético. Al mismo tiempo, Argentina está a punto de convertirse, por primera vez, en un productor de cobre relevante a escala global.
La mayoría de los países queda expuesta a la dinámica de sustitución Cu/Al desde un solo lado: o producen cobre y se ven afectados cuando el aluminio le gana mercado, o producen aluminio y se benefician de esa misma sustitución.
Argentina, si el pipeline de proyectos de cobre se concreta según el cronograma previsto, estará de los dos lados del mostrador al mismo tiempo a partir de 2030, o incluso antes.
Aluar: la ventaja de la energía cautiva y sus límites
En efecto, Aluar opera en Puerto Madryn con una capacidad de 460.000 toneladas anuales de aluminio primario, producido con energías renovables —hidroeléctrica y eólica—.
Mientras que la oferta de aluminio occidental fuera de China se encuentra fuertemente atada al costo y a la disponibilidad de electricidad de mercado —la variable que limita su elasticidad de oferta—, Aluar opera con energía propia y contratada a largo plazo, en gran medida desacoplada del precio spot de la electricidad regional.
Esta ventaja presenta, sin embargo, dos límites que conviene no perder de vista.
El primero es de escala. Las 460.000 toneladas representan apenas alrededor del 0,6% de la producción primaria mundial de aluminio, que se ubica en el orden de los 70-72 millones de toneladas anuales.
Por lo tanto, por más bajo que sea el costo marginal de Aluar, la compañía no es un actor capaz de modificar por sí sola el ratio Cu/Al global. Su relevancia es doméstica y regional, no macroeconómica.
El segundo límite es regulatorio. La continuidad de Aluar como operador de Futaleufú no es indefinida ni automática: la concesión está sujeta a un proceso de licitación en curso, lo que introduce un factor de incertidumbre respecto de la permanencia de esa ventaja de costo en el tiempo.
Por otra parte, Argentina cuenta con un pipeline de proyectos de cobre de clase mundial que podrían comenzar a producir durante los próximos tres o cuatro años.
En conjunto, estos proyectos podrían llevar a Argentina a producir hasta 1,5 millones de toneladas de cobre por año hacia mediados de la década de 2030.
Sobre una producción minera mundial del orden de 23-24 millones de toneladas anuales, ese volumen posicionaría a Argentina entre los productores de cobre más relevantes del mundo, y no como un actor marginal.
La coincidencia de calendarios resulta especialmente importante para la formulación de políticas públicas.
El arranque de Los Azules y Vicuña en 2030 coincide exactamente con el año que JP Morgan señala como el momento en que la sustitución Cu/Al podría aumentar desde aproximadamente el 2% hasta alrededor del 6% de la demanda global de cobre.
Es decir, la nueva oferta de cobre argentina no llegará en abstracto, sino en el mismo momento en que, según JP Morgan, la presión de precios que actualmente impulsa la sustitución estaría alcanzando su punto más agudo.
Si el pipeline se cumple en fecha, actuará como amortiguador de precios por el lado de la oferta de cobre y afectará, al mismo tiempo, al precio del aluminio por el lado de su demanda, al reducirla.
Ambos mecanismos empujan en la misma dirección: comprimir el ratio Cu/Al hacia 2030 en mayor medida de lo que el escenario de JP Morgan, considerado de forma aislada, sugiere.
Conclusión
Las posibilidades de sustitución del cobre por aluminio continuarán desarrollándose a nivel global de manera gradual y respondiendo a situaciones puntuales de cada industria y/o localización. Sin embargo, no representan una amenaza seria para la demanda futura de cobre ni para las actuales proyecciones alcistas de precios.
Argentina constituye un caso particular porque no solamente “recibe” el impacto del ratio Cu/Al global, sino que se encuentra ante una situación en la cual ese ratio también se juega puertas adentro.
La competitividad de Aluar y la velocidad de ejecución del pipeline argentino de cobre son, en los hechos, dos caras de un mismo fenómeno de sustitución, y sería conveniente monitorearlas de manera conjunta para optimizarlas.
Argentina contará en el corto plazo con una oferta doméstica competitiva de ambos metales y podrá decidir activamente dónde utilizar cobre y dónde utilizar aluminio dentro de su propia red.
Esto permitiría, por ejemplo, dirigir hacia conductores de Aluar aquellos tramos de menor tensión o criticidad de la expansión de la red, liberando una mayor porción del nuevo cátodo de cobre para su exportación o para productos semielaborados de mayor valor agregado.
Es la misma lógica de sustitución que Ferrari o BMW aplican por razones de costo, pero concebida como una decisión de planificación energética nacional en lugar de una simple reacción de mercado.
Por Eduardo Barrera - Ingeniero en Minas y exsecretario de Minería de la Nación.