En la Casa Rosada celebraron la noticia como un triunfo estratégico. No se trata solo de un acuerdo distrital: lo que se consolidó es una arquitectura electoral que combina una cúspide libertaria con una base ampliada de aliados. La boleta, pensada como una pieza de ajedrez más en el tablero del poder, busca garantizar gobernabilidad y mayoría parlamentaria para lo que en Balcarce 50 denominan la “segunda etapa” de las reformas estructurales.
“El 26 de octubre se juega el futuro del país”, dijo sin matices el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, dejando claro que el oficialismo no ve esta elección como una de medio término, sino como una suerte de referéndum sobre la viabilidad política del proyecto que encabeza Javier Milei.
El entendimiento alcanzado en CABA es clave por múltiples razones. Primero, porque se trata del distrito con mayor peso simbólico e institucional del PRO. Ceder allí implica un reordenamiento de fuerzas dentro del propio espacio opositor. Segundo, porque habilita un modelo replicable en otras provincias: listas encabezadas por libertarios duros, con el acompañamiento de figuras con trayectoria política y territorial. Y tercero, porque envía un mensaje a los votantes moderados que aún desconfían del rumbo radical del Gobierno: hay margen para la convivencia.
Desde el oficialismo destacan que el acuerdo representa algo más que una sumatoria de nombres. Es una apuesta a consolidar poder en el Congreso y avanzar con reformas que aún están en suspenso por falta de votos. Por eso, la estrategia electoral está pensada como una extensión del proyecto de gobierno. La boleta no es solo una herramienta para ganar elecciones; es, en palabras de un funcionario de alto rango, “una palanca para transformar la Argentina”.
La Ciudad, que fue durante más de una década el bastión indiscutido del macrismo, será ahora el escenario donde se pondrá a prueba una nueva alianza de poder. Y aunque Macri haya cedido en lo discursivo, su movimiento puede leerse también como una jugada para mantenerse vigente en una mesa en la que Milei marca el ritmo, pero todavía necesita respaldo político para avanzar.
Con este cierre, el Gobierno suma un nuevo hito en su ofensiva electoral, reconfigura alianzas, ordena el tablero y se prepara para una elección que promete ser mucho más que un test intermedio. Es, en definitiva, una batalla por el rumbo político del país en los próximos años.