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Las señales que alertan sobre una adicción al ejercicio

Cuando el descanso genera culpa y la rutina pasa a dominar la vida diaria, puede haber un problema de fondo.

Hacer actividad física con regularidad es una de las recomendaciones más repetidas por médicos y organismos de salud. La Organización Mundial de la Salud aconseja que los adultos acumulen entre 150 y 300 minutos semanales de actividad moderada o entre 75 y 150 de intensidad vigorosa. Además, aconseja sumar ejercicios de fuerza al menos dos veces por semana.

Pero una cosa es sostener un hábito saludable y otra muy distinta es sentir que no se puede parar.

Ese es el punto en el que el ejercicio, en lugar de mejorar la calidad de vida, puede empezar a deteriorarla. Así surge una conducta que varios especialistas llaman “adicción al ejercicio” o “dependencia del ejercicio”: una relación poco saludable con el entrenamiento, en la que se ignoran el cansancio, el dolor, las lesiones o la necesidad de descanso.

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“Sí, el ejercicio puede volverse adictivo. En el momento en que deja de ser una elección y se convierte en una obligación, es cuando se produce el cambio”, advirtió Deepti Sharma, experta en fitness india y directora de Multifit, una comunidad de fitness.

El dato no va en contra del movimiento ni de los beneficios de entrenar. Al contrario: la OMS recuerda que la inactividad física es uno de los principales factores de riesgo de muerte por enfermedades no transmisibles y que alrededor del 31% de los adultos en el mundo no alcanza los niveles recomendados. El problema aparece cuando la lógica del “no days off” reemplaza al sentido común y la persona siente ansiedad, irritabilidad o culpa si un día no entrena.

Cuando la disciplina se convierte en mandato

Muchas veces, el proceso empieza con una intención positiva. Se busca bajar de peso, liberar estrés, ganar fuerza o mejorar la salud cardiovascular. Sin embargo, con el tiempo, ese objetivo razonable puede correrse hacia una exigencia cada vez más rígida. Dejar pasar una sesión empieza a vivirse como un fracaso personal, no como una pausa normal dentro de una rutina.

“Es posible que empieces a hacer ejercicio para mejorar tu salud, controlar el estrés o realzar tu aspecto físico. Sin embargo, con el tiempo, este comportamiento puede pasar de ser un hábito saludable a una necesidad psicológica”, explicó el doctor Vipul Lunawat, experto en fitness indio y fundador del Institute of Sports Science and Technology.

En esa línea, agregó: “El problema surge cuando el ejercicio ya no se realiza por placer o bienestar general, sino por ansiedad, culpa o una constante sensación de obligación”. La descripción coincide con lo que muestran distintas revisiones científicas: la dependencia del ejercicio suele asociarse con ansiedad, depresión, síntomas obsesivo-compulsivos, estrés y trastornos de la conducta alimentaria.

La dificultad es que estas conductas suelen ser celebradas socialmente. Levantarse todos los días a las cinco de la mañana, entrenar aun lesionado o no permitirse descanso puede ser leído como “fuerza de voluntad”, cuando en algunos casos encubre una relación compulsiva con el cuerpo y con la autoexigencia.

Las señales de alerta que conviene tomar en serio

No siempre es fácil detectar el límite. Sin embargo, hay pistas que merecen atención. Entre ellas, sentir culpa intensa al descansar, entrenar aun con dolor o fiebre, organizar toda la vida alrededor de la rutina física, aislarse socialmente, o compensar con más ejercicio después de comer algo que se sale del plan.

“Como ocurre con muchas adicciones, el cambio es gradual: una sesión extra aquí, un día de descanso omitido allá, hasta que, finalmente, incluso el descanso empieza a sentirse como un fracaso”, sostuvo Lunawat. La frase resume bien por qué este problema puede pasar inadvertido durante bastante tiempo.

En el plano físico, el exceso de entrenamiento sin recuperación suficiente puede favorecer lesiones repetidas, fatiga persistente, bajo rendimiento, alteraciones del sueño y peor recuperación. También pueden presentarse alteraciones hormonales: en mujeres, ciclos menstruales irregulares y menor densidad ósea; en varones, descenso de testosterona.

A eso se suma el impacto emocional. “Puede aumentar la ansiedad, el estrés y los cambios de humor, ya que la persona puede sentir una presión constante por ejercitarse y miedo a perder progreso”, señaló el doctor Sharadhi C, psiquiatra indio del Hospital Aster CMI de Bengaluru. También advirtió que con el tiempo el entrenamiento puede dejar de ser disfrutable y transformarse en una imposición.

Cómo entrenar todos los días sin caer en el exceso

Entrenar a diario no implica necesariamente un problema. La diferencia está en el modo. Una rutina saludable admite flexibilidad, escucha corporal y variaciones de intensidad. No todos los días tienen que ser de máxima exigencia: también cuenta caminar, hacer movilidad, yoga, elongación o una sesión liviana. La propia OMS remarca que toda actividad suma y que la regularidad debe sostenerse de manera segura y acorde a cada persona.

“Se puede entrenar todos los días de una manera saludable. Al final, todo se reduce al equilibrio, la flexibilidad y la mentalidad”, afirmó Lunawat. Y Sharadhi C. reforzó la idea con una definición simple: “No se trata de cuántos días se entrena, sino de cómo se encara”.

Pedir ayuda puede ser importante cuando alguien siente que no puede frenar ni siquiera frente al dolor, el agotamiento o una lesión. En esos casos, los especialistas recomiendan reconocer el problema, sumar días de descanso, revisar objetivos, hablar con un profesional de salud mental o un médico y correr el foco del rendimiento o la apariencia.

En definitiva, el ejercicio sigue siendo una herramienta central para cuidar la salud. Pero cuando deja de encajar en la vida cotidiana y pasa a controlar el ánimo, la agenda y la autoestima, conviene mirarlo de otro modo. Porque entrenar hace bien; sentirse obligado a hacerlo todo el tiempo, no.

FUENTE: TN