Lejos de proponer la frialdad como salida, el primer paso es poner el cambio sobre la mesa. Hay que nombrar el cambio: hablar con el que ahora es tu equipo, reconocer lo raro que se siente y pedirles a los demás que expresen cómo se sienten al respecto. El segundo movimiento es acordar nuevas reglas: qué cambia y por qué. Marcar límites no es frialdad, es algo más que necesario. Bien explicado, puede ser entendido por vos y por tu equipo como una señal de mucho respeto.
Ser jefe y amigo a la vez
El tercer desafío es reconstruir la confianza, ahora desde el rol de líder, y sin importar cómo era la relación previa con cada integrante del equipo: delegar con expectativas claras y sin resentimientos. La confianza se construye c cómo usás ese título para cuidar a tu equipo. Antes de tomar una decisión, pregúntate, ¿esto que estoy por decidir lo hago desde mi nuevo rol o desde quien yo era antes?. La respuesta a la pregunta del Día del Amigo, entonces, no es un sí o un no.
La amistad en el trabajo es posible —y valiosa—, pero exige algo que también piden los buenos equipos: conversaciones honestas, acuerdos claros y la madurez de entender que los vínculos, como los roles, cambian.
Fuente: MDZ