Desde adentro: el relato de una madre tras el brutal ataque a su hija
Se presentó como el yerno ideal, pero la sumió en un infierno del que milagrosamente sobrevivió. Yanina, la madre de Martina Naveda, abre su corazón para relatar en primera persona la escalada de violencia, el agotador camino judicial.
La voz de Yanina Quilpatay se quiebra, pero su determinación es inquebrantable. Cada palabra es un fragmento de la pesadilla que su familia vive desde el 9 de enero de 2025, cuando su hija Martina Naveda, entonces de 19 años, fue víctima de un salvaje intento de femicidio a manos de su pareja, Matías Olmedo. Más allá de los expedientes, su testimonio es un viaje al corazón de la violencia de género: la que se disfraza de normalidad, aísla a la víctima y deja un rastro de destrucción que va mucho más allá de las heridas físicas.
Un comienzo invasivo bajo un disfraz de encanto
Como muchas historias de terror, esta comenzó con una sonrisa. Matías Olmedo se presentó ante la familia Naveda como "un chico humilde, trabajador", ganándose su confianza. Sin embargo, una primera señal inquietante quedó flotando desde el primer día. Tras conocerlos, sin invitación alguna, se quedó a dormir. "Cuando nos levantamos, él estaba durmiendo en el sillón. Así de invasivo", recuerda Yanina.
Esa invasión se normalizó y, en septiembre, la pareja se mudó a un departamento que la propia Yanina alquiló, buscando proteger a su hija y mantenerla cerca. La ilusión duró poco. En noviembre, una llamada a las 3 de la mañana reveló la verdad: Olmedo consumía drogas. La advertencia de Yanina a su hija fue premonitoria: "Le dije: 'Hija, por favor, lo tenés que dejar ahora... Vos no sabés la vida que te va a dar, te va a robar'". Pero la red de la violencia ya estaba tejida. Martina se aisló y la manipulación de Olmedo escaló hasta llegar a cortarse los brazos para evitar que lo dejara.
El ataque: Horas de brutalidad y un rescate milagroso
El 9 de enero de 2025, la violencia explotó. Durante horas, Olmedo atacó a Martina hasta dejarla inconsciente, creyéndola muerta. Fue un vecino quien llamó a la policía, iniciando un rescate contrarreloj. "Cuando la encuentran, Martina estaba inconsciente. Cerca de 40 minutos tuvieron para salvarla", relata su madre.
La brutalidad fue extrema. Martina fue apuñalada, cortada y estrangulada. Sufrió hundimiento del globo ocular y su rostro quedó desfigurado. "No tenía marcada ni la pera ni el cuello, era todo como una masa. Yo le tenía que dar agua con bombilla porque no podía tragar". La escena en el departamento fue tan dantesca que su padre "no podía parar de llorar de la cantidad de sangre" y fueron las tías de Martina quienes tuvieron que enfrentar la limpieza.
El silencio del entorno de la otra parte
Mientras la familia Naveda se unía para reconstruir a Martina y limpiar los restos del horror, del otro lado solo hubo silencio. "La familia de él en ningún momento se apareció. Jamás apareció a buscar nada, ni a pedir una disculpa, ni nada", cuenta Yanina. Las pertenencias de Olmedo terminaron en bolsas en la calle.
Yanina, en un acto de empatía en medio del dolor, reflexiona: "Yo entiendo que su familia debe estar sufriendo, me imagino que no lo han criado para esto". Pero esa comprensión choca con la fría realidad de la indiferencia. El único contacto fue un mensaje del hermano de Olmedo a la hermana de Martina, de 13 años, advirtiendo que "tarde o temprano iba a salir la verdad a la luz", en defensa del agresor.
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Ante el temor de que la familia de Olmedo intentara manipular emocionalmente a Martina, sus abogados solicitaron una orden de restricción (perimetral) contra ellos. "Yo me imagino que no dejas de querer a una persona de un día al otro, por más mal que te haya hecho", explica Yanina sobre la vulnerabilidad de su hija en ese momento.
Un calvario judicial: la agotadora batalla por la justicia
Desde el ataque, la vida de la familia se ha convertido en un laberinto de audiencias judiciales. Olmedo fue detenido de inmediato y trasladado al penal de Chimbas el 28 de enero. El 31 de enero, en la primera audiencia, su defensa pidió prisión domiciliaria, la cual fue denegada. "Todas las audiencias que han habido han salido en contra de él", afirma Yanina. También se le negó un pedido para someter a Martina a pericias psiquiátricas.
Pero cada victoria legal tiene un costo emocional altísimo. "Es agotador, es desgastante. En mi casa es un velorio cada vez que nosotros tenemos que asistir a la audiencia", confiesa Yanina con la voz quebrada. Este desgaste los ha llevado a ausentarse de las audiencias más recientes para extender la prisión preventiva, priorizando su salud mental.
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Hoy, la lucha de la familia Naveda tiene un objetivo claro: que la causa se mantenga como "intento de femicidio doblemente agravado por el vínculo y por mediar violencia de género" y que el juicio llegue pronto. "Queremos darle un cierre como familia, queremos ya salir de esto", clama Yanina.
Mientras su hija se aferra a la esperanza de justicia, su madre se enfrenta a un acusado que, según ella, es "muy manipulador y mentiroso", alguien que "siempre culpa a terceros" y que acusa a la propia Martina de provocar la agresión. En medio de tanto dolor, una pregunta sigue resonando, simple y devastadora: "Lo único que le preguntaría es por qué. Hasta el día de hoy no puedo entender por qué le hizo tanto daño a mi hija".
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Es una historia contada a través de la voz inquebrantable de su madre, Yanina, cuyo testimonio transforma el dolor privado en un poderoso llamado a la acción. Su relato nos obliga a mirar más allá de la puerta cerrada, a escuchar las señales de alerta y a entender que detrás de cada caso de violencia de género hay una familia entera que queda herida, pero que también puede convertirse en la primera línea de defensa. Mientras esperan un veredicto, la mayor victoria de Martina ya está escrita: está viva. Y en su supervivencia, reside la condena más profunda a la violencia y la inspiración más grande para no rendirse.