En 1954, el sueño se hizo realidad. El viaje hacia Asia fue una odisea en sí misma: los expedicionarios llegaron escalonados a Delhi a partir del 14 de febrero, mientras la mayor parte de las doce toneladas de equipo cruzaba el océano por barco hasta el puerto de Bombay. Recién el 3 de abril, casi dos meses después, todo el grupo logró reunirse en el campamento base, al pie de la pared sudoeste del Dhaulagiri, una montaña de 8.172 metros que en aquel entonces ocupaba el séptimo lugar entre las más altas del planeta y que todavía nadie había logrado conquistar.
Para llegar hasta ahí, los argentinos recorrieron miles de kilómetros por India y Nepal, con seis vuelos solo para trasladar el equipo hasta Pokhara. Allí contrataron a unos 300 coolies y 30 sherpas, que se convirtieron en parte fundamental de la travesía. Una de las primeras costumbres que adoptaron los nativos fue, justamente, una bien argentina: la ronda matutina del mate, ritual al que tanto coolies como sherpas se volvieron tan afectos que terminaron aprendiendo a cebar con maestría.
Una escalera de campamentos hacia el cielo
La ascensión fue un trabajo de ingeniería y resistencia extrema. Entre el campamento base y el campamento uno había 18 kilómetros y 1.000 metros de desnivel. El campamento dos se instaló a 5.000 metros, el tres a poco más de 5.500, el cuatro a 6.000 y el cinco a 6.500. El campamento seis, a 7.200 metros, exigió usar 28 cargas de dinamita repartidas en tres días de trabajo.
El último, el campamento siete, quedó a 7.600 metros. Todo esto en condiciones de hasta 20 grados bajo cero, con nieve que a veces ofrecía agarre y otras veces se volvía un témpano traicionero.
Desde que arrancó la trepada el 3 de abril hasta que se tocó la altura máxima el 1 de junio, pasaron casi dos meses de esfuerzo constante. Esa altura máxima fueron 8.050 metros: apenas 117 metros antes de la cima.
"Alguien tiene que quedarse aquí"
El 29 de mayo, Ibáñez se quejó por primera vez en todo el recorrido: tenía principios de congelación en los dedos de los pies. No era el único afectado, pero cuando le sugirieron descender junto a otro compañero que sí bajaba a atenderse, su respuesta fue tajante: "No, de ninguna manera, alguien tiene que quedarse aquí, aguardando a los que intentarán hacer cumbre. ¡Yo me quedo, bajen ustedes!".
Así quedó completamente solo en el campamento siete, mientras sus compañeros Magnani y Watzl, junto a dos sherpas, partieron el 1 de junio rumbo a la cima. Esa fue, según el relato del propio Magnani, la primera vez que se escuchó llorar a Ibáñez: sabía que no podría subir con ellos y que el desafío final estaba cerca, pero fuera de su alcance.
La noche los sorprendió a 8.050 metros, sin víveres suficientes, refugiados en una gruta de hielo donde compartieron lo último que les quedaba: un poco de chocolate, queso y leche condensada, mientras afuera comenzaba a nevar. Al día siguiente, ya sin nieve pero también sin visibilidad de la cima, tomaron la decisión más difícil: seguir podía significar la muerte. Decidieron retroceder.
El descenso que se volvió una carrera contra el tiempo
Cuando regresaron al campamento siete el 4 de junio, encontraron a Ibáñez con las extremidades completamente inmovilizadas por el frío, sin los grampones necesarios para sostenerse en la nieve. "Era un cuerpo inerme, al que había que ayudar en la bajada, casi un peso muerto, que arrastraban", relató Magnani años después en su libro "Argentinos al Himalaya".
El descenso fue lentísimo y agónico. Recién el 9 de junio llegaron al campamento cuatro, con Ibáñez ya con casi diez días de inmovilidad. El médico de la expedición, Antonio Ruiz Beramendi, fue contundente: "Hay que regresar de cualquier manera. ¡Esto no me gusta nada!".
En medio de la marcha forzada, Ibáñez tuvo tiempo de escribir una carta a su esposa, que esperaba a su primer hijo. El 23 de junio, en el pueblo de Beni, se le practicó la primera intervención quirúrgica. "Tuve que amputarle los dedos de los pies", lamentó el médico. Cuatro días después, ya en Pokhara, llegó una segunda operación: le amputaron el metatarso del pie izquierdo. El derecho no pudo intervenirse: Ibáñez estaba demasiado débil. A la complicación se sumó una infección pulmonar.
La noticia que nunca pudo recibir del todo
Lo trasladaron a Katmandú, donde había un hospital más completo. Durante el vuelo ocurrió uno de los momentos más conmovedores de toda la travesía: un telegrama desde Buenos Aires informaba que, días antes, había nacido su hijo. Su compañero Jorge Iñarra-Iraegui se lo comunicó mientras volaban: "Paco, eres padre, ha nacido tu hijo. Betty se encuentra bien y está esperando tu llegada". El rostro demacrado de Ibáñez se iluminó por un instante. Intentó hablar, pero no logró emitir sonido alguno. Se durmió plácidamente, como si hubiera estado esperando exactamente esa noticia
Ya en Katmandú, la magnitud del caso movilizó a toda la corte nepalesa. El propio rey de Nepal ordenó que su médico personal colaborara con el doctor Ruiz, y se acercaron a colaborar el primer ministro del país, la segunda princesa, el segundo hijo del rey y los embajadores británico e hindú. Cuando el hospital se quedó sin oxígeno, el avión particular del rey voló hasta la ciudad de Patna para conseguirlo.
Por la noche hubo una leve mejoría: Ibáñez podía tomar líquidos y mover los brazos. Pero los médicos sabían que cualquier complicación adicional sería fatal. Esa complicación llegó.
Según el informe médico del doctor Ruiz Beramendi, Ibáñez murió a las 10:07 horas del 30 de junio, producto de los serios congelamientos en sus miembros inferiores y una bronconeumonía. Tenía 26 años. Su cuerpo fue trasladado a Nueva Delhi para ser embalsamado antes del regreso a la Argentina.
El regreso de un héroe
El féretro viajó desde Nueva Delhi acompañado por el médico de la expedición, con escala en Roma, y llegó a Buenos Aires el 11 de julio a bordo de un avión de la Fuerza Aérea Argentina, escoltado por otras tres aeronaves. El propio presidente Juan Domingo Perón esperó personalmente su arribo junto a otras autoridades. El féretro, cubierto con la bandera argentina, fue escoltado por soldados esquiadores hasta la Casa del Deporte, donde se montó una guardia de honor con representantes del Ejército, la Fuerza Aérea, la Marina y andinistas civiles.
Al día siguiente, los restos fueron trasladados a Mendoza, donde Ibáñez había vivido y se había formado como montañista. Tras una ceremonia en la Basílica de San Francisco de Asís, fue sepultado en el cementerio de la capital mendocina, con honores a cargo del Grupo de Artillería de Montaña 1, la unidad militar en la que había servido. Autoridades, amigos, compañeros de montaña y familiares le dieron el último adiós al pie de la Cordillera de los Andes, justamente donde se había sentido siempre más cómodo.
El Congreso y el Gobierno nacional iniciaron además los trámites para otorgarle el ascenso post mortem al teniente primero Francisco Ibáñez, el sanjuanino que se animó a soñar con el techo del mundo y se quedó a apenas 117 metros de tocarlo.