Como salieron el viernes después de mediodía, la caída del sol los encontró en la ruta. Tomaron por una huella que no era y equivocaron el camino sin más remedio que detener la marcha y esperar adentro del vehículo. La vaga sintió morirse de susto con cada ruidito y murmullo, sin hablar del silencio que en medio de la nada se parece a las fauces de un lobo. El finde romántico estaba mutando a película de terror.
El cansancio pudo con ellos y la mañana los sorprendió dormidos. Siguieron andando hasta que, a los treinta metros, después de la curva, dieron con el caserío de "La Escondida".
-¡Pero me hubiesen mandado un guasá!, amigos.
-¿Hay señal? Le contestó La vaga a Miguel, el capataz.
-No, pero me lo hubiesen mandado igual.
¿Les estaba "tomando el pelo" o lo decía honestamente? Esa retórica campestre que al citadino le cuesta decodificar.
-Amor, vamos con Miguel a recorrer el campo. En un rato vuelvo.
La vaga los vio alejarse en la camioneta. Intentó tomar un baño con la ilusión del encuentro amoroso frente a la estufa. Por eso, le consultó al hijo de Miguel que entró a la casa trayendo leña.
-No hay luz desde ayer, doña.
-¿Qué tiene que ver? Te pregunté por el agua.
-Si no hay luz, no hay agua.
-¿Y por qué no hay luz?
-Porque no hay agua.
-¿Y la heladera?
-Ah, la heladera no funciona, es a gas.
La vaga suspiró para aliviarse mientras veía el pedazo de pan con dulce transformado en banquete para las hormigas. Molesta y desilusionada, exclamó:
-¡No me banco a las hormigas!
-¿Le paso el raid, doña?