Pasó 73 días en la Guerra de Malvinas, en la que peleó con una pistola 9 mm, el arma con la que el Ejército lo había equipado. Su rol era el de operador de plancheta: era el que indicaba qué ángulo había que darle al cañón del mortero o qué cantidad extra de munición o pólvora necesitaba para lograr la distancia deseada. Muchas veces la munición quedaba adentro del tubo del cañón y tenía que sacarla a contrarreloj para que no le explotara en el lugar. Otras veces, calculaba impactos cercanos porque el proyectil estaba vencido. Sin contar que, en cada disparo, el mortero se hundía en el terreno pantanoso y perdía estabilidad. Sin embargo, el soldado Víctor Spala nunca se sintió tan cerca de la muerte como aquella gélida madrugada del lunes 14 de junio de 1982, en pleno repliegue del Ejército argentino en el final del conflicto bélico en las Islas Malvinas. Y no por ser el blanco de las tropas inglesas, sino por la “heroica” idea de un teniente argentino.
San Juan 8
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