La IA ya iguala la creatividad humana promedio: el genio sigue siendo humano
El uso creciente de Inteligencia Artificial en tareas creativas reconfigura los procesos de creación. Estudios recientes muestran que la IA ya alcanza niveles promedio de creatividad humana, aunque los perfiles más creativos siguen marcando la diferencia.
La creatividad atraviesa un proceso de transformación acelerada a partir de la incorporación de herramientas basadas en Inteligencia Artificial (IA). Su uso creciente en actividades tradicionalmente humanas abrió un interrogante central: hasta qué punto estas tecnologías afectan o redefinen la creatividad humana.
Según el análisis de la propia IA, el cambio no implica la desaparición de la creatividad, sino una reconfiguración de sus formas, tiempos y dinámicas. Crear ya no se limita a imaginar desde cero, sino que también involucra seleccionar, combinar, editar y resignificar contenidos generados con asistencia tecnológica.
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Uno de los impactos más visibles es la democratización de la creación. Personas sin formación artística formal pueden generar textos, imágenes, música o ideas visuales a través de herramientas accesibles. Sin embargo, este fenómeno también produce una mayor homogeneización de contenidos, lo que dificulta destacarse en un entorno saturado de propuestas similares.
En este nuevo escenario, el proceso creativo se vuelve más iterativo y guiado. El rol humano se desplaza hacia la toma de decisiones, el criterio estético y la intención narrativa, mientras que la IA ejecuta, propone variantes y acelera los tiempos de producción
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No obstante, el riesgo aparece cuando la intervención humana se reduce: al entrenarse con grandes volúmenes de datos previos, la IA tiende a reproducir patrones existentes, reforzando estéticas repetidas y fórmulas previsibles.
Qué dice la ciencia sobre creatividad e IA
El debate ganó respaldo empírico con un estudio liderado por la Universidad de Montreal, que comparó por primera vez a gran escala la capacidad creativa de modelos de lenguaje como GPT-4, Claude y Gemini con la de más de 100.000 personas.
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El experimento se basó en la Tarea de Asociación Difusa (DAT), una prueba psicológica que mide el pensamiento divergente a partir de la generación de palabras poco comunes. Humanos y sistemas de IA recibieron la misma consigna: enumerar diez palabras lo más inusuales posible.
Los resultados mostraron que algunos modelos de IA ya superan el promedio humano en este tipo de tareas. Sin embargo, los investigadores advirtieron que no logran igualar a los individuos más creativos. La mitad superior de los participantes humanos obtuvo resultados consistentemente más altos, y la diferencia fue aún mayor en el 10% con mayor puntuación.
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“Para tareas bien definidas, algunos modelos de IA ya superan la creatividad humana media”, explicó Karim Gerbi, profesor de la Universidad de Montreal y coautor del estudio. Aun así, aclaró que los niveles más altos de originalidad y profundidad siguen siendo humanos.
Límites técnicos y rol humano
El estudio también detectó limitaciones estructurales en la creatividad artificial. En su configuración estándar, GPT-4 repitió palabras como “microscopio” o “elefante” con mayor frecuencia que los humanos, lo que revela una tendencia a respuestas convencionales.
Este comportamiento está vinculado al parámetro de “temperatura”, que regula la aleatoriedad y originalidad de las respuestas. Con valores bajos, la IA produce resultados previsibles; al aumentar la temperatura, las respuestas se vuelven más variadas. Cuando este parámetro se ajustó a niveles altos, el modelo logró superar al 72% de los participantes humanos, lo que confirma que la creatividad de la IA no es fija, sino dependiente de decisiones técnicas y humanas.
La investigación incluyó además tareas complejas como escritura de haikus, relatos cortos y sinopsis de películas. En todos los casos, la IA superó al promedio humano, pero los perfiles creativos más desarrollados mantuvieron una ventaja clara en originalidad conceptual y profundidad narrativa.
El estudio concluye que la IA puede funcionar como un “amplificador” de la creatividad, pero no como un reemplazo de la imaginación. La creatividad, en este nuevo contexto, se redefine menos por la habilidad técnica y más por la capacidad de formular preguntas, construir sentidos y proponer enfoques originales.