Hay personas que viven casi siempre en los extremos. Para ellas todo lo que se observa o sucede es blanco o negro. Son capaces de afirmar que si no tienen todo, entonces no tienen nada o que si algo no es bueno, entonces es malo. Se consideran personas bien definidas, sin error, a las que no les gustan las medias tintas.
Esta forma de ver el mundo suele traer dificultades y sufrimientos. Muchas veces, hombres y mujeres, se sienten defraudados porque pasan de la idealización a la decepción con rapidez; se enojan y desilusionan a menudo. Lamentablemente todo esto ocurre de forma inconsciente y no se dan cuenta de que es su propia perspectiva la que les hace daño. Lo que hay detrás de esta actitud es un profundo anhelo de certezas para mirar el mundo.
Estos contextos usualmente se convierten en un obstáculo para el pleno desarrollo emocional y cognitivo. Resulta muy difícil matizar la amplia gama que hay entre uno y otro extremo. Es una forma de defenderse de esa inestabilidad que, quizás, los confundió en el proceso de crecimiento. Es una especie de sobrecompensación cuando no se comprenden las conductas erráticas de los más grandes. A la falta de claridad la mente responde tratando de generar la claridad absoluta. Se es o no se es. O blanco, o negro.
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La incertidumbre ocasiona dolor emocional y la respuesta se encuentra en la radicalización. No se logra reunir sentimientos positivos y negativos en una misma bolsa. Se ama a alguien y luego se lo odia. Se cree en todo lo que dicen o no se cree en nada. Es un mecanismo que aparece automáticamente cuando asoma la ambigüedad o la paradoja. Surgen, para calificar la realidad, palabras demasiado categóricas: “siempre, nunca, malo, bueno, todo, nada”.
El pensamiento dicotómico tiende a ver la realidad en términos de categorías mutuamente excluyentes. La realidad se distribuye en esto o aquello, sí y no, conmigo o contra mí; todo está escindido, distribuido en dos grupos extremos sin que haya zonas intermedias. Y de esta forma, la evaluación de las situaciones según términos extremos lleva a respuestas emocionales y acciones también extremas.
Todos quisiéramos que la realidad fuera más simple, pero no lo es. Entre el blanco y el negro hay una gama demasiado amplia de grises. Cada persona y aspecto de la realidad tiene muchas facetas. Se puede ser bueno y malo, inteligente y torpe, feliz e infeliz al mismo tiempo. Lo propio de lo humano es precisamente eso: un inmenso espectro entre los extremos. Quizás el secreto sea reestructurar la perspectiva para hacerla más realista, buscar el balance y el equilibrio.
Decía Galeano: “Yo creo que somos un arco iris, la condición humana es un arco iris espléndido que tiene más colores que los colores del arco iris del cielo. Es un arco iris terrestre, espléndido, multicolor. Y la mente cerrada nos impide verlo en toda su hermosura”. Sin embargo, algunas personas presentan una actitud según la cual todo lo que se observa y sucede es blanco o negro. O afirman que si algo no es bueno, entonces es malo. En una frase: aficionados a los extremos.
Se consideran personas definidas, a las que no les gustan las medias tintas. Aunque esta forma de ver el mundo suele traerles dificultades y sufrimientos. Ver en blanco y negro el mundo es una forma de defenderse de la inestabilidad e imprecisión.
“Siddhartha. Un príncipe deseado y esperado; se le brinda una educación estricta y esmerada. La familia pronto se da cuenta de que es un niño que avanza muy rápido y demuestra aptitudes casi impropias de su edad. Los astrólogos de la corte realizan la carta astrológica del pequeño y le dan una buena noticia a sus padres: si decide ser el rey, será el más poderoso y conquistará a los reinos vecinos; y si decide dedicarse a la espiritualidad, será el rey espiritual más grande, pero no un guerrero.
Su padre se preocupa de que su hijo crezca en un entorno controlado, sin mucho contacto con el mundo exterior, evitándole noticias luctuosas, enfermedades y otros malos tragos de la vida cotidiana.
Un día el príncipe decide salir fuera solo y descubre el sufrimiento. Y abandona todo con una intención: encontrar la raíz del sufrimiento.
Durante seis años se dedica a un tipo de meditación: olvidarse de su cuerpo para que afloren las cualidades de su espíritu. Su vida lo lleva al extremo hasta que, al borde de la muerte, tres músicos inspiran en Siddhartha un pensamiento profundo. Uno le decía a otro que tuviera cuidado al afinar su instrumento: si tensaba mucho la cuerda se rompería, pero si la soltaba de más no tocaría buena música. Ahí entendió que ningún extremo es bueno, debía hallar el punto medio. Asume que la disciplina es esencial, pero que en todo hay un balance que consigue el punto exacto, la afinación correcta. Desde entonces fue llamado Buda.”
Fuente: BAE Negocios