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Si hay una frase que vale más que mil imágenes en la Argentina es billetera mata galán. El mazazo de las medidas lanzadas por el gobierno de Milei sirvieron para acomodar los patitos en fila a la política. Uno preferiría que la dirigencia política se ubique por sí sola sobre lo que le viene pasando a una gran parte de la sociedad. Sobre todo, cuando venimos de golpearnos la pera contra el pavimento una vez más.

¡Los muchachos gobernadores la primera lección que aprenden es cuando se debe acelerar y cuando bajar un cambio!

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No hay cosa más linda que andar siempre con el pan bajo el brazo y dar buenas noticias. Pero cuando el grifo mayor ya no tira como antes la cosa cambia. Rápido y furioso los muchachos empezaron a utilizar la motosierra, crease o no. El instinto de supervivencia es primordial.

Hay que adaptarse a la nueva realidad, aunque se caiga en el ridículo como el caso de un gobernador vecino que prometió que de ganar Milei iba a renunciar e hizo violín en bolsa y ahí esta atornillado al sillón. El que está un poco complicado y todavía no pude salir a estirar las gambas por el parque es el que prometió un bono de navidad por 400 lucas. En fin, todo se olvida nada se transforma.

El inevitable ajuste económico se hubiera producido aun si Massa hubiera ganado. El peronismo desorientado luego de la derrota no puede negarlo, aunque la CGT haga contorsiones comentando que este gobierno no tiene plan, olvidando que en el gobierno de Fernández & Cía nunca existió un plan.

Aunque cueste creerlo ha llegado la hora del pragmatismo exprés. Todo o casi es negociable en la nueva era, al menos hasta que la situación se estabilice eso es lo que se espera después del feroz ajuste. La discusión del alcance del mismo a decir verdad es secundaria, lo vamos a pagar todos. Pero la lógica indicaría que son los más poderosos los que están en mejores condiciones para afrontarlo. De todas formas, la cuestión es cómo va a quedar el país luego.

Volviendo a los gobernadores, estos quieren tener peso específico sobre “la política del toma y daca” que se avecina para poder tener controlada al menos la coyuntura en sus territorios. Existe una camada de nuevos gobernadores pidiendo pista que tienen decidido no ir más por el sanguche y la coca a Buenos Aires. Veremos sus resultados.

Aquí es donde Javier Milei tendrá que demostrar su condición de político para consensuar. Y poner a prueba si su pragmatismo incluye flexibilidad para procesar los sacrificios y esfuerzos en relación a la tolerancia social. Si bien los datos de relevamiento de opinión pública revelan que cuenta con un alto nivel de aprobación, la necesidad de realizar ajustes no constituye un cheque en blanco y mucho menos es homogénea.

El sinceramiento económico que está planteando el presidente tiene sus costos. Esta idea de apelar al sacrificio con más inflación, más pobreza, estancamiento económico y desempleo, tendrá que enfrentar una realidad por demás compleja. Aunque la promesa de “la luz al final del túnel” sea aceptada, hay que prestar atención a la evolución de las expectativas, sobre todo a que el sacrificio no sea mayor a lo esperado o más aún que los resultados no lleguen prontamente en términos de calidad de vida.

Los tiempos y la paciencia han cambiado notablemente en el país, esperar cerca de dos años para verlos son una eternidad.

Desde otro lado, los empresarios esperan ver la letra chica de la desregulación de la economía que impulsara el gobierno en materia laboral, previsional, comercial y privatizaciones de empresas públicas.

Hay que empezar a mirar al Congreso, por eso se aceleró el encuentro con los gobernadores, pero también lo que vaya sucediendo en la calle. Para que todo transcurra de lo mejor posible el gobierno del presidente Milei deberá mostrar algunos resultados. Una mejora de la economía, en un plazo de seis a ocho meses como mucho. De lo contrario la situación se va a complicar.

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