El festejo fue inmediato, pero hubo una imagen que resumió todo lo que significó esa clasificación. Apenas sonó el silbato final, Messi quedó inmóvil durante algunos segundos, visiblemente emocionado. El capitán no necesitó decir una palabra: su rostro reflejaba el desahogo de otra batalla inolvidable.
Uno a uno, todos sus compañeros fueron a buscarlo. Lionel Scaloni fue de los primeros en abrazarlo. Después llegaron Cristian Romero, Rodrigo De Paul, Emiliano Martínez, Enzo Fernández, Lautaro Martínez y el resto del plantel, que rodeó al capitán en una postal que rápidamente dio la vuelta al mundo.
Aunque no convirtió, Messi volvió a ser el conductor futbolístico de la Selección. Las dos asistencias que terminaron en los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez confirmaron, una vez más, que en los momentos decisivos siempre aparece para conducir al equipo.
Luego del festejo con el plantel, el rosarino levantó la mirada hacia una de las tribunas. Allí estaba su familia, que siguió el partido desde el estadio. Messi respondió con besos, saludos y gestos de complicidad, compartiendo a la distancia una noche que seguramente quedará entre las más especiales de su carrera.
La victoria también tuvo un enorme valor simbólico. Argentina volvió a eliminar a Inglaterra en un Mundial, otra vez en un partido cargado de historia, y lo hizo con una remontada agónica que recordó las grandes gestas de la Selección. Con personalidad, fútbol y una resiliencia que ya es marca registrada del ciclo Scaloni, el campeón del mundo jugará su segunda final mundialista consecutiva.
Ahora el desafío será todavía mayor. El domingo, en Nueva Jersey, la Selección enfrentará a España con un objetivo histórico: defender la corona conseguida en Qatar 2022 y conquistar el cuarto Mundial para la Argentina. Para Messi, además, será otra oportunidad de seguir agrandando una leyenda que parece no tener techo.