Uno de los datos que sobresale es la brecha de género. Las mujeres tienen, en promedio, un 50% más de tatuajes que los varones, con tres diseños frente a dos.
Además, el tatuaje rara vez es una decisión aislada: entre quienes tienen tinta en la piel, el 32% posee más de seis tatuajes, lo que transforma al cuerpo en un registro de etapas, vínculos y experiencias personales.
Menos arrepentimiento, más significado
El estudio también derriba un prejuicio persistente: el del arrepentimiento. Apenas el 15% de las personas tatuadas manifestó lamentar alguna vez su decisión.
En paralelo, cambió la motivación principal. La estética pasó a un segundo plano (7%), mientras que el 41% aseguró haberse tatuado por razones simbólicas o personales, reforzando la idea del tatuaje como narrativa biográfica más que como ornamento.
El trabajo, la última frontera
Pese a la aceptación social generalizada, el 75% de los encuestados identifica al ámbito laboral como el espacio donde persisten las miradas más críticas hacia los tatuajes.
El informe distingue con claridad dos universos:
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Sectores más flexibles: Marketing, Tecnología, Diseño y Gastronomía concentran una mayor presencia de personas tatuadas. En estos rubros, la tinta suele asociarse a creatividad, identidad y estilo propio.
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Sectores tradicionales: Derecho, Salud y Finanzas muestran mayor resistencia, donde todavía pesan los códigos de imagen profesional y vestimenta, aunque con una apertura progresiva.
Mirada a largo plazo
Lejos de pensar el tatuaje como una marca transitoria, el 49% de los consultados cree que dentro de 30 años sentirá orgullo por sus diseños. El dato refuerza la percepción de que la tinta dejó de ser un “error de juventud” para convertirse en una expresión duradera de identidad.
En una sociedad donde los tatuajes ya forman parte del paisaje cotidiano, el debate parece haberse desplazado: no gira en torno a la aceptación social, sino a cuánto está dispuesto a adaptarse el mundo del trabajo a una realidad que ya es mayoría.