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El desafío de transformar

La economía, el deporte, la comunicación, la educación todo absolutamente debe pasar a un nuevo plano. La modernización de nuestra vida implica una serie de compromisos a los que obligatoriamente estamos llamados.

El Ministerio de Educación en los próximos días anunciará oficialmente la creación de la escuela de formación para formadores. Esto es sencillamente educar a quienes tendrán la misión de educar a nuestros hijos en un mundo donde "ser apto" es una materia que se revalida todos los días: lo que aprendemos hoy debe servir para mañana y debe, especialmente, anticiparse a las destrezas que nos serán requeridas en el futuro. Vaya desafío.

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Somos protagonistas de uno de los momentos trascendentales en la historia de la humanidad donde la tecnología es una de las herramientas más valiosas y a la vez, cada vez más requiere de personal capacitado para poder enseñar su uso. Hoy los chicos saben mucho más que un maestro sobre cómo usar un teléfono y es altamente probable que sepan navegar en las redes con muchísimos mejores resultados que cualquier adulto. Ese es el punto esencial en donde debemos

detenernos para aprovechar el interés y la inquietud de los chicos y formar docentes capaces de hacerlo. El talento del maestro aquí juega en primera división.

Si bien la tecnología hoy nos ha puesto en este lugar para enfrentar el cambio, hay que reconocer también que la formación de maestros hace muchos años merecía una mirada crítica para revisar el método que se utiliza para educar educadores. No todos los maestros que están frente a un aula están capacitados para eso rol y muy pocos son los que se atreven a marcarlo para corregirlo. Los directores de las escuelas serán los que más que nunca ahora deberán, a través de la observación de clases, señalar las falencias que el método de enseñanza tiene y para ello deben estar ellos mismos sometidos a un proceso de cambio.

El mejor ejemplo de la necesidad de cambio en el método se da en el currículum de los docentes. La cantidad de cursos, capacitaciones, certificados y certificaditos que tienen en sus carpetas hacen presumir que sus clases serían semejantes a las de cualquier escuela en el primer mundo y sin embargo, frente al aula, en muchos casos, siguen dando la clase sin muchas diferencias a las que Mary O Graham implementaba hace dos siglos. Los maestros se capacitan para tener puntaje que les permita el ascenso; pero en sus clases poco o nada se ve aplicado de lo que se supone aprendieron en esa montaña de certificados que dice que son aptos.

Si lo miramos con agudeza hasta se podría decir que es una estafa al sistema educativo y lo peor de todo es que no se ha hecho nada para revertir esa falla. Mientras tanto, nos rasgamos las vestiduras cada vez que los chicos son sometidos a evaluaciones internacionales y los resultados nos dicen que no tenemos ni para empezar en la comparación con lo que saben otros chicos del planeta.

El Ministerio de Educación deberá transitar el camino de la transformación con la resistencia que eso también le va a generar en quienes nunca han sido cuestionados por su modo de enseñar. Si a eso le sumamos que gozan de la estabilidad que posee todo empleado público, nos encontraremos también con el nulo miedo al castigo. Por eso el desafío de transformar requiere de coraje en primera medida y luego tener estudiado el procedimiento para poder enfrentar el rechazo, el más difícil de los caminos que hay que desandar cuando no se está preparado.

Los Directores de Escuelas deberán observar las clases con sentido crítico y no corporativo, ellos son los primeros que tendrán ante sí la verdad de lo que se implementan en sus escuelas. Los contenidos innovadores de nada sirven si no son entregados al alumno también con un método moderno que les dé a nuestros chicos los talentos que deberán tener para poder enfrentar los requerimientos del mundo del trabajo. Seguir en la misma tesitura solo generará cada vez mayor desembolso de fondos para mejorar edificios de escuelas, algo absolutamente necesario, pero que no logrará cambios en los resultados de aptitud de los alumnos.

Soy Profesora de Enseñanza Primaria, título de Enseñanza Superior que obtuve en la Escuela Normal Sarmiento en la década del 90, nunca ejercí; y ya hace 25 años advertí cuando me evaluaban mis profesores que existía muy poca diferencia entre un alumno brillante del profesorado, y otro que no lo fuera. Todos egresábamos por igual y más allá de las calificaciones que obteníamos, el Título para ejercer como maestros nos lo dieron a todos. Créanme; muchos de mis colegas que se llevaron el título igual que yo no deberían jamás haberlo obtenido; su incapacidad para pararse frente a un grupo era evidente, en algunos casos yo no entendía por qué no se los rechazaba de plano para dar clases. Su incapacidad para transmitir el conocimiento les generaba un discurso dubitativo todo el tiempo y por lo general en los exámenes para comprobar si sabían del tema, era satisfactorio; pero a la hora de enseñar; desconocían o directamente no eran aptos para ese proceso de didáctica. Puedo relatar infinitos ejemplos, lo que más me preocupa es que esos colegas hace 25 años que están frente al aula.

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