Respecto a la miel, la creencia general de que nunca se echa a perder lleva a errores de almacenamiento. Según la FAO, el frío acelera la cristalización de los azúcares, lo que la vuelve dura y difícil de utilizar. Además, si llega a absorber humedad en la heladera, pueden activarse procesos de fermentación, arruinando el producto.
El aceite de oliva tampoco se beneficia de la refrigeración. la institución indica que las bajas temperaturas producen enturbiamiento y solidificación, lo que complica su manejo y puede separar sus componentes naturales. “A temperaturas bajas, aparecen grumos blanquecinos y la textura se vuelve semisólida”, señala el informe. Esta alteración, aunque reversible al estar a temperatura ambiente, afecta su uso culinario inmediato.
Las hortalizas tropicales, como la berenjena, la calabaza y el tomate, sufren daño por frío incluso antes de que esto sea visible externamente. Tanto FAO como PubMed subrayan que la exposición a temperaturas inferiores a las que toleran genera degradación celular, pardeamiento y pérdida de sabor. En la calabaza, PubMed advierte que los daños irreversibles pueden producirse metabólicamente antes que en la apariencia. El tomate es especialmente vulnerable: a menos de 12°C, pierde aroma y la pulpa adquiere una textura harinosa, según FAO.
En el caso del ajo y la cebolla, la heladera tampoco resulta apropiada. FAO explica que el frío potencia la germinación y ablanda los bulbos antes de tiempo. Además, la humedad elevada fomenta el desarrollo de moho, mientras que los compuestos azufrados que desprenden pueden contaminar el olor de otros productos almacenados cerca.
La papa presenta un peligro adicional. FAO advierte que el frío transforma el almidón en azúcares, lo cual provoca el “endulzamiento” del tubérculo y, al freírlo o asarlo, la formación de acrilamida, un compuesto potencialmente tóxico generado en la reacción de Maillard. Este químico puede afectar tanto el color como la seguridad del alimento.
Las frutas tropicales como la banana, la palta y la sandía ejemplifican bien la incompatibilidad con el frío. FAO precisa que el frío bloquea las enzimas encargadas de transformar el almidón en azúcar en la banana, impidiendo su maduración. Este fruto queda duro, sin dulzor y con la cáscara ennegrecida; “la banana sufre de ‘quemaduras por frío’”, advierte el organismo. Con la palta, se detiene el proceso de maduración y, muchas veces, aparecen daños internos si se enfría mientras todavía está verde.
La sandía aporta una perspectiva diferente: HealthDay informa que mantener sandías enteras a temperatura ambiente permite que aumenten los niveles de antioxidantes como el licopeno y el beta-caroteno. Al refrigerar la fruta entera, este proceso se detiene, de modo que únicamente se recomienda usar la heladera una vez que ha sido cortada para evitar la proliferación de bacterias.
En suma, FAO aconseja destinar la heladera exclusivamente a alimentos que realmente lo requieren, como carnes, productos lácteos y frutas ya cortadas. Para el resto de los alimentos señalados, el almacenamiento a temperatura ambiente, con ventilación y sin humedad, no solo preserva su calidad, sino que también ayuda a mantener su seguridad para el consumo.