La característica que los une es otra: llegaron al sistema de protección después de que se detectaran situaciones de vulneración de derechos y se agotaran, según cada caso, otras alternativas familiares.
La residencia es la última opción
El ingreso a una residencia no es la primera medida ante una dificultad familiar. Antes, los equipos de la Dirección evalúan los indicadores de riesgo y trabajan con la familia de origen. También se busca la posibilidad de que el niño pueda quedar al cuidado de abuelos, tíos, hermanos u otros referentes afectivos.
Verónica Orozco, secretaria Técnica Social de la Dirección de Niñez, explicó que el objetivo es agotar todas esas alternativas antes de disponer una medida excepcional. “Antes de un ingreso a residencia el equipo lo que intenta es agotar el seno familiar, red familiar extensa, referentes afectivos”, señaló.
Cuando esa red no puede hacerse cargo o continuar en ese entorno implica que el niño permanezca en situación de riesgo, se dispone el ingreso.
Las causas son diversas. Raquel Trincado, directora de Niñez, Adolescencia y Familia, mencionó violencia familiar, presuntos abusos, falta de alimentación, ausencia de controles médicos, vacunación o escolarización y situaciones de negligencia.
“Las causas son muchísimas, siempre son vulneraciones de derechos”, explicó.
Bebés que nacen en contextos de consumo
Entre las historias que llegan al sistema de protección hay una especialmente compleja: la de los bebés.
Desde la Dirección reconocieron que en los últimos tiempos ingresaron bebés vinculados a situaciones de consumo problemático dentro de sus familias.
“Tenemos muchos bebés ingresados por esas razones”, afirmó Trincado.
La funcionaria fue todavía más precisa al describir esos casos: “Son todos por cocaína en sangre, los ingresos que tenemos de bebés”.
Según explicó, se trata de recién nacidos cuyas madres consumieron durante el embarazo. En esos casos, el primer lugar de atención es el hospital, donde los bebés permanecen mientras se realizan los controles y se trabaja para estabilizarlos.
Mientras tanto, los equipos de Niñez comienzan a evaluar qué posibilidades existen para que ese bebé permanezca dentro de su entorno familiar.
“Mientras se los va estabilizando, están en el hospital, nosotros vamos trabajando para ver si hay posibilidades de que el bebito siga en su medio familiar”, explicó Trincado.
La funcionaria aclaró además que estas situaciones no se analizan solamente a partir de la conducta de la madre, sino dentro de contextos familiares atravesados por el consumo problemático y otras situaciones de vulnerabilidad.
Cuando no existe una persona de la familia extensa o un referente afectivo que pueda garantizar el cuidado, el bebé puede ingresar a una residencia.
Crecer también significa ir al médico, a la escuela y a jugar
Una vez que un niño ingresa a una residencia, comienza otro proceso: el de restitución de derechos.
Según explicaron desde la Dirección, todos los niños, niñas y adolescentes alojados cuentan con cobertura de la Obra Social Provincia y seguimiento de su salud. Se controla el esquema de vacunación, se gestionan consultas médicas y tratamientos y se garantiza la medicación necesaria.
Hay psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, psicopedagogos y ayudantes terapéuticos que forman parte de los equipos que trabajan con ellos.
La complejidad de algunas historias también se refleja en la atención sanitaria. Orozco contó que en una de las residencias hay actualmente seis niños con problemas de salud de extrema complejidad, entre ellos casos de parálisis cerebral y niños con botón gástrico.
Pero la vida cotidiana no se reduce a tratamientos y controles.
Los niños están escolarizados y, cuando ingresan a una residencia, generalmente deben cambiar de escuela para resguardar su identidad.
“Es como que el niño empieza toda una vida nueva”, describió Trincado.
Ese cambio implica dejar atrás compañeros, docentes y rutinas conocidas y comenzar nuevamente en otro establecimiento.
También hay actividades deportivas y recreativas. Los chicos realizan trekking, practican deportes, visitan granjas y participan de distintas salidas organizadas por la Dirección.
Algunos juegan al básquet. Otros participan de actividades culturales o forman parte de los Boy Scouts.
“Todos hacen deporte”, contó Orozco.
También hay niños que son abanderados o escoltas en sus escuelas.
Detrás del dato de que viven en una residencia, entonces, hay una vida cotidiana que también incluye escuela, deporte, amigos, salidas y proyectos.
El duelo de dejar atrás una familia
Hay una parte de esa infancia que no se ve en los números. Es el duelo por la separación.
Los equipos trabajan con niños que, aun después de haber sido retirados de un entorno donde sus derechos fueron vulnerados, continúan queriendo volver con sus padres.
“Siempre los niños piden volver con su mamá, siempre, con su familia, con quien estuvo, con quien le vulneró los derechos”, relató Orozco.
El proceso consiste en acompañarlos para que puedan comprender por qué fueron separados de su familia y qué posibilidades existen hacia adelante.
Otros niños, especialmente los más grandes, llegan después de un proceso a expresar que quieren otra familia.
90 chicos en situación de adoptabilidad
De los entre 170 y 180 niños, niñas y adolescentes que viven actualmente en residencias, 90 están en situación de adoptabilidad, según informó la Dirección.
Pero la adopción no aparece automáticamente como respuesta al ingreso a una residencia.
Antes debe agotarse la posibilidad de que el niño pueda volver con su familia de origen o con algún integrante de su red familiar. También se trabaja con el propio niño para determinar si está preparado para atravesar ese proceso.
“No podemos ponerle la condición de adoptabilidad si el niño no está preparado todavía”, explicó Orozco.
Una vez cumplidas las instancias correspondientes, interviene el Registro Único de Adoptantes y comienza la búsqueda de posibles familias.
La vinculación es progresiva: primero encuentros en la Dirección, después salidas y, finalmente, una integración cada vez mayor a la vida de los pretensos adoptantes.
Desde la Dirección informaron que durante 2025 se concretaron ocho adopciones y que en lo que va de 2026 ya se produjeron siete.
También hubo procesos que fracasaron. Para un niño que ya atravesó una separación, una nueva ruptura puede significar otro proceso emocional que los equipos deben acompañar.
Cuando la familia extensa tampoco puede
No siempre la ausencia de una familia disponible significa que no existan abuelos o tíos.
En algunos casos, esos familiares ya tienen otros niños a cargo.
Orozco explicó que hay abuelos que ya cuidan nietos, tíos que tienen sobrinos bajo su responsabilidad y familias que, aun queriendo hacerse cargo, no pueden asumir una nueva crianza.
“Ya llega un momento que no pueden hacerse cargo de otro nieto, otro sobrino”, relató.
Pero también están quienes sí pueden y deciden hacerlo.
Desde la Dirección destacaron el papel de abuelos, tíos, vecinos y referentes afectivos que construyeron un vínculo con esos niños y terminan convirtiéndose en una alternativa familiar.
“Hay muchas familias que sí se responsabilizan”, aclaró Orozco.
Para el sistema de protección, esa red puede significar que un niño no tenga que crecer en una residencia.
La infancia detrás del número
En el Día del Niño, decir que hay 180 chicos viviendo en residencias puede parecer solamente una cifra.
Pero adentro de ese número hay realidades muy diferentes.
Está el bebé que llegó después de nacer en un contexto de consumo. El niño que tuvo que cambiar de escuela. El adolescente que espera una definición judicial. El chico que necesita un tratamiento médico permanente. La niña que quiere volver con su mamá. El niño que pide ser adoptado. El que juega al básquet. El que es abanderado. El que espera una salida de fin de semana.
Y también están aquellos que todavía no saben cuál será el destino de su vínculo familiar.
La residencia es, para todos ellos, una medida de protección. Pero no es necesariamente el destino final.
La Dirección trabaja para restituir derechos, fortalecer vínculos cuando es posible y encontrar alternativas familiares cuando la vuelta al hogar de origen ya no es viable.
Al final de la entrevista, consultada por el significado de la infancia y por el mensaje que debería recibir la sociedad en el Día del Niño, Orozco y Trincado respondieron con una palabra: “Cuidemos”.
Después agregaron: “Respetemos sus derechos. Los escuchemos”.
Quizás allí esté la dimensión más concreta de esta fecha. Porque estos 180 niños no son solamente chicos que viven en residencias. Son 180 infancias que necesitan crecer, estudiar, jugar, recibir atención médica, construir vínculos y tener un proyecto de vida.
Algunos volverán con sus familias. Otros construirán una nueva. Otros continuarán bajo protección estatal hasta alcanzar la mayoría de edad.
Pero todos tienen derecho a que su historia no quede definida únicamente por aquello que les pasó antes de llegar a una residencia.
En el Día del Niño, la cifra es 180. Las historias son muchas más.