Qué descubrieron
Los resultados mostraron que prolongar la exhalación redujo la frecuencia cardíaca y aumentó la variabilidad de la frecuencia cardíaca, al mismo tiempo que se asociaba con una mayor disposición a elegir opciones arriesgadas.
El dato más llamativo es que, según los investigadores, el cambio no se produjo porque los participantes prestaran menos atención a las posibles pérdidas. La diferencia estuvo principalmente en que el cerebro se volvió más receptivo a las recompensas potenciales.
También observaron modificaciones en regiones cerebrales vinculadas con el procesamiento de recompensas, entre ellas la corteza prefrontal ventromedial y el precúneo.
Para el equipo dirigido por Soyoung Q. Park, los resultados respaldan la idea de que las decisiones no dependen exclusivamente de la actividad cerebral, sino también del estado físico del organismo.
Una posible herramienta de autorregulación
La investigación abre la puerta a estudiar si determinadas técnicas de respiración pueden utilizarse para influir de manera deliberada sobre algunos procesos cognitivos.
Los científicos plantean que, por ser una práctica sencilla y accesible, la respiración controlada podría estudiarse como herramienta de autorregulación cotidiana y como complemento no farmacológico en algunas condiciones vinculadas con una alteración de la regulación autónoma, como la ansiedad o la depresión.
Sin embargo, los investigadores remarcaron que todavía son necesarios nuevos estudios para determinar si estos efectos se mantienen en poblaciones más amplias y en situaciones concretas de la vida cotidiana.
Uno de los próximos focos será el comportamiento alimentario, para analizar si modificar la respiración también puede cambiar la manera en que las personas evalúan las recompensas relacionadas con la comida.