San Juan 8 > Espectáculos > Maradona

Por primera vez, habló el custodio de Maradona y contó de todo

Dijo que "Rocío Oliva fue lo peor que le pasó a Diego" y aseguró que "esa relación fue tóxica y violenta".

“Se fue solo. Y yo no pude estar con él porque me freezaron...”, dice. Y, aunque hace un esfuerzo sobrehumano por contenerlas, no puede evitar que las lágrimas broten de sus ojos justo en el momento de la entrevista en el que se refiere al triste final de Diego Armando Maradona. Muchos lo veían como su sombra, siempre detrás suyo y en silencio. Otros sabían que, en realidad, era el escudo que lo protegía de todos los males. Lo que pocos tenían tan claro, sin embargo, era que Walter Montero, el hombre que a lo largo de dieciséis años se desempeñó como su custodio personal, se había convertido en el amigo más cercano del astro.

—¿Cómo lo conociste al Diez y cuándo empezaste a trabajar con él?

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—Lo conocí en el ‘97 en La Diosa. Yo laburaba como portero ahí con Leo Sucar y, como él venía frecuentemente, siempre lo recibía en el VIP. Después, Diego viajó y yo me quedé en Buenos Aires. Hasta que en el 2004 empezamos a entablar una relación a través de las hijas (Dalma y Gianinna), que iban a Sunset y yo las cuidaba. Entonces me propuso que empezara a trabajar con él. Y, desde ese día, no nos separamos más.

—¿Vos pasaste a ser su custodio personal?

—Exacto: yo lo acompañaba a todos lados. Mi función era cuidarlo. Pero, con el correr de los años, entablamos una amistad. Yo vivía con él cuando viajábamos a España, Dubai, México, Cuba...Dónde estaba Diego, estaba yo.

—Llegaste a su vida justo después de que él superara su adicción a las drogas...

—Claro: fue meses antes de que empezara con La Noche del Diez. Y ya se había recuperado al cien por ciento.

—¿Cómo era Maradona en ese momento?

—Como se lo veía: una persona transparente, noble, buena, accesible...Cuando se tenía que trabajar, se trabajaba y cada uno respetaba su rol. Pero, en los momentos libres, éramos amigos. Y la pasábamos bien. Compartíamos almuerzo, merienda, cena, mate, televisión, partidos...Y hablábamos de la vida, de cómo estaba.

—¿Y cómo estaba?

—Estaba muy bien en esa época. Había sido como un volver a nacer para él, era un lujo.

—Claudia Villafañe ya había presentado el divorcio en el 2003. ¿Cuál era su situación sentimental?

—Todavía la quería reconquistar. Ya la había conocido a Verónica Ojeda, pero estaba focalizado en volver con Claudia. De hecho, en todos los programas le dedicaba canciones y le daba regalitos.

—¿Le dolía que se hubiera roto su matrimonio?

—Creo que hasta el último día, Diego estuvo enamorado de Claudia. Él se sentía culpable por lo que había pasado. Y, en el fondo, sabía que ella siempre estaba ahí como su ángel...

—¿Él te hablaba de otros amores?

—Yo viví su pareja con Verónica, que fueron años intensos en los que estuvo bien. Ella trató, en lo posible, de armar un hogar. Y lo tenía en su casa. Ahí había días en los que no se movía, así que no era necesario que yo estuviera y era ella la que lo cuidaba. Era una pareja normal. Y, los fines de semana, nos juntábamos para jugar al tenis o armar algún partido de fútbol. Hasta que salían los trabajos y volvíamos a lo nuestro.

—¿Maradona estaba enamorado de Ojeda?

—Él siempre fue enamoradizo. Pero yo calculo que debe haber estado enamorado de ella, porque si no nadie está tanto tiempo con una persona.

—¿Diego ya había caído en su adicción al alcohol?

—Sí. Eso se fue incrementando con los años. Verónica siempre trató de cuidarlo, porque había gente que no ayudaba y esa era la pelea que teníamos...

—¿Quiénes no ayudaban?

—En esa época hacíamos el Showbol y había mucha gente que quería hacerle daño, tenerlo tomado. Uno era Alejandro Mancuso, no lo controlaban. Así que estábamos nosotros para controlarlo.

—¿Y por qué quería tenerlo tomado?

—Porque lo dejaba hacer lo que quería. Y nosotros no queríamos que haga eso.

—¿O sea que ya desde esa época le daban alcohol a Maradona para anularlo?

—Para tenerlo tranquilo. Obviamente, Diego tomaba porque tenía ganas. Pero ahí venía la pelea nuestra y de Verónica con esta gente. Era una interna entre los buenos y los malos.

—¿Podemos definir quienes estaban en cada bando?

—Entre los buenos estábamos Gabriel Buono y yo, que éramos los colaboradores directos de Diego. Y del otro lado estaban Mancuso con todo el grupo que trabajaba para él. Obviamente, sacando a los jugadores que nos acompañaban: ellos quedaban de lado porque siempre lo querían ver sano. Porque el negocio, tanto para ellos como para mí, era que Maradona estuviera bien para poder seguir haciendo cosas.

—¿Qué capacidad de acción tenías vos frente a las situaciones nocivas?

—En determinado momento tenía que agarrar a esta gente tóxica y decirle: “Basta, porque mañana no arrancamos”. Todos te dicen que Diego era ingobernable. Y sí, es cierto. Pero no era tonto y sabía escuchar. Y escuchaba. Pero tenía que estar al límite.

—¿Y él no se daba cuenta de que había personas que querían dañarlo?

—Él era muy confianzudo, muy amiguero. Y confiaba. Así que no podía creer que alguien lo pudiera traicionar. De hecho, Diego se terminó yendo de la Selección Nacional por bancar a Mancuso. Era como que hacía un proceso lento, al menos, para el afuera. Y le costaba tomar la determinación de alejarse de alguien.

—Llama la atención lo que decís teniendo en cuenta lo que pasó con el mismísimo Guillermo Coppola, a quien Maradona acusó de haberle robado a pesar de que luego la Justicia lo sobreseyó...

—Era algo que no se entendía, como que le costaba creer que le pudiera pasar algo así. A veces se sentía culposo también. Era Diego y no lo paraba nadie. Pero sentía culpa por Claudia, por no haber podido acompañar a las nenas a un acto del colegio o no haber estado lo suficientemente presente como padre...

—¿De no haber reconocido a sus hijos extramatrimoniales, Junior y Jana, también se sentía culpable?

—Nunca habló de eso. Lo único que sé es que, cuando empezó a tener trato con ellos, los disfrutaba. Jana vino a muchos viajes con nosotros, de hecho, estuvo en Jordania y en Dubai. Y a él se lo veía bien cuando estaba con ella.

—Pero siempre con el problema del alcohol...

—Es que eso fue aumentando hasta que, llegó un momento, en el que no se pudo más. Se nos terminó yendo a todos de las manos. Hoy pienso que quizá podíamos haber hecho un poco más. No sé. Pero, cuando él empezaba a tomar, nosotros servíamos las copas y las tirábamos para vaciar más rápido la botella. Lo que pasa es que después había que pelearse con el otro que le servía.

—¿Quién era “el otro que le servía”?

—No tiene sentido decirlo ahora, le hizo mucho daño...

—¿Hablamos de la época de Verónica?

—Sí, hasta Dubai. Fueron varios momentos en los que estuvo, desapareció, estuvo y desapareció. Pero no vale la pena ni nombrarlo.

—En aquel tiempo el que estaba cerca de Maradona era Alejo Clérici. ¿Cómo se comportaba él con Diego??

—Estaban los tóxicos y los no tóxicos. Yo era no tóxico.

—¿Y Alejo?

—No sé.

—Pero si hubiera estado en tu órbita de decisión, ¿lo hubieras alejado del entorno?

—No hubiese entrado, capaz.

—¿Y por qué Diego lo tenía a su lado?

—Porque bancaba a sus amigos.

—¿Qué pasó cuando entró Rocío Oliva a la vida de Maradona?

—¡Cambió todo! En principio, fue un nuevo amor...

—¿Eso era positivo?

—Al principio parecía que sí. Pero yo creo que Rocío fue lo más negativo que tuvo Diego.

—¿Por qué?

—Porque ahí se empezaron a potenciar muchas cosas. Llegó a ser una relación tóxica en un momento.

—¿Fue violenta?

—Sí, sí, sí... Siempre fue violenta.

—¿Vos presenciaste algún hecho puntual?

—Algunos presencié, sí.

—¿Y era una agresión mutua o de uno hacia el otro?

—Uno agredía y el otro toleraba, hasta que en un momento decía “basta” y venía la reacción. Pero ojo que era todo violencia verbal, ¿eh? Yo nunca vi golpes.

—¿Qué hacías vos frente a eso?

—Trataba de que no pasara a mayores. Diego se encerraba en su habitación o se iba a otro lado. Y, después, yo iba a acompañarlo.

—¿Y qué te decía?

—Nada. El que lo conocía sabía que no tenía que hablar. Sólo tenía que llevarle un habano y dejárselo ahí para cuando él lo quisiera fumar, servirle un café y acompañarlo. Tenía que respetar su silencio y dejar que fluya la situación.

—¿Esas peleas se daban por celos?

—Sí. Pero, muchas veces, eran celos infundados.

—Tal vez la diferencia de edad que tenía con Rocío potenciaba la inseguridad de Maradona...

—Puede ser. Pero no era él quien empezaba. Diego miraba la tele y charlaba de los partidos.

—¿Entonces era ella la celosa?

—Y, siempre había algo. A veces hay que estar bien plantado. Porque todos tenemos un pasado. Y si hay alguien que tuvo un pasado ese fue Diego... Pero, yendo sólo a las parejas estables, estaban Claudia y sus hijas, Verónica y Dieguito Fernando...

—¿O sea que los celos no eran de Maradona hacia Rocío, como se creía, sino de ella hacia él por sus ex?

—Ese era el mayor conflicto: ahí se generaba la pelea. Después empezaban a salir cosas. ¡Y pasado tuvieron todos! “Que yo no, que vos sí...”. Y, en definitiva, parecía que ninguno había estado nunca con nadie. Era una cosa de locos.

—¿Cómo se sostenía esa pareja con tantas discusiones?

—Había algo, obviamente. Volvemos a lo mismo: si no, no te quedás con una persona tanto tiempo. Y menos siendo él quien era.

—Siendo Maradona y habiéndola denunciado por robo a poco de comenzada la relación...

—Tal cual.

—Y habiéndolo acusado ella a él por golpes, al menos, mediáticamente. ¿O no?

—Ahí es dónde no se entiende: si tanto daño te hizo, ¿para qué volviste? Ella mostró un video en el que le decía: “No me pegues”. Pero Diego lo único que hizo fue sacarle el teléfono para que dejara de filmarlo porque estaban discutiendo. Por eso digo que era una relación tóxica.

—¿Rocío se benefició económicamente con esta pareja?

—Yo creo que sí. No sé cuánto, pero sí.

—¿Te constan los regalos de Maradona hacia ella?

—Diego le regalaba un reloj, otro, una cartera, otra más, zapatos...

—También se habla de una casa para los padres, otra para ella, una camioneta, transferencias en efectivo...

—Diego era generoso con sus parejas. A Verónica le compró la camioneta porque estaba el hijo, pero antes también tuvo su vehículo y recibió regalos. Lo mismo pasó con Claudia en su momento.

—Junto con Rocío llegó un nuevo entorno a la vida de Diego. ¿Cuándo entró Matías Morla y cómo era el manejo de la casa?

—Morla llegó a mediados del 2014, cuando estábamos en el mundial de Brasil. Para entonces, Buono ya había dejado de ser su asistente, aunque de una forma u otra estuvo siempre como amigo. De hecho, yo mismo le consultaba cosas a Gaby todo el tiempo. Así que estábamos Rocío, Matías y yo, más alguno que iba y venía. Y, cuando volvimos para Buenos Aires, retomamos la rutina de viajes. En ese momento, el abogado recién se encontraba con el mundo Maradona y Oliva iba tomando cierto poder por ser la mujer de Diego.

—¿Cómo era la relación entre Rocío y Morla?

—Era una relación de conveniencia. Llegaba un momento en el que Rocío se saturaba y se quería ir. No aguantaba Dubai y, aún estando en la Argentina, no soportaba estar aislada de toda su familia. Ahí la cosa se volvía enfermiza. Porque, además, ella no podía tener las salidas de una chica de su edad. Entonces lo llamaba a Matías y él se encargaba de liberarla.

—¿De qué manera?

—Dibujando algo. Le decía a Diego de hacer un asado entre hombres, armar un partido de fútbol o pasar un fin de semana entre amigos. Y ahí Rocío, más si había una pelea de por medio, aprovechaba para desaparecer un par de días.

—¿Maradona no preguntaba por ella?

—Capaz que el primer día no y el segundo sí. Y se mandaban algún que otro mensaje. Después era: “Vení”, “No voy”. Arrancaban las discusiones por teléfono y terminaban juntos de nuevo.

—¿Y qué beneficio obtenía Morla de Rocío?

—La usaba para tenerlo a Diego tranquilo. Le decía: “Aguantá un poquito más”. Y no sé qué es lo que habría detrás, pero siempre terminaba por convencerla de que se quedara. O sea que se ayudaban mutuamente. Después, se empezó a abrir ese entorno y entró Maxi Pomargo, que era el cuñado de Morla.

—¿También su hermana, Vanesa Morla?

—Yo a ella la vi un par de veces en la casa, cuando necesitábamos que trajera algo puntual. Después, me la cruzaba sólo un minuto en la oficina cuando iba a buscar algo. Pero Maxi entró como chofer, en teoría, porque Matías no manejaba. Al principio lo esperaba afuera de la casa. Hasta que un día me dijo que iba a empezar a trabajar con nosotros y que iba a estar a mi cargo.

—¿O sea que respondía a vos?

—Se suponía que sí, por orden de Matías. Pero, en realidad, su jefe era Morla. Después, con el tiempo, me fui dando cuenta de muchas otras cosas. Pero lo primero que le dije fue que entrara a la casa, porque ahí no había gente adentro y gente afuera. Y al principio almorzaba y cenaba en la cocina, pero yo lo senté a la mesa de Diego así que comíamos todos juntos. Y compartíamos todo: mirábamos la tele, conversábamos, tomábamos mate...

—¡Eran una familia!

—Funcionábamos así, como una familia.

—¿Vos tuviste alguna pelea con Maradona?

—Jamás. A veces él se enojaba y daba un reto en general. Pero yo lo agarraba y le decía: “Cuando me tengas que decir algo, decímelo a mí”. La única vez que discutimos fue cuando hubo un teléfono descompuesto y le dije que yo lo quería y que él no se daba cuenta de que era su propio equipo el que le estaba pateando en contra. Pero mi convivencia con él era óptima. Hemos pasado muchos días solos. Me acuerdo en la época de los mundiales, que mirábamos tres partidos por día y dormíamos entre uno y otro. La pasábamos bien. Y después, Diego tenía siempre una carterita en la que llevaba su dinero, sus cigarrillos y sus elementos personales. Y, cuando estaba yo, la carterita la manejaba yo.

—O sea que te tenía plena confianza...

—Tal cual.

—¿Los demás también lo querían?

—Lo acompañaban. Pero después te dabas cuenta de que su trabajo era figurar, nada más. Aprovecharse de el hecho de estar con Diego, algo que él también permitía.

—¿Vos has visto a alguno quedarse con algo que le perteneciera a Maradona?

—Siempre tuve sospechas. Hemos puesto gente a prueba y ha reaccionado. Yo nunca vi sacar nada, pero con esas cosas nos dábamos cuenta lo que pasaba. Por ejemplo, con la carterita. Cuando alguien la agarraba, después veíamos qué faltaba y qué no. Pero, por suerte, Diego nunca estaba mucho tiempo solo con ese tipo de gente. Y él no se daba cuenta de esas cosas.

—¿Por sus problemas?

—Exacto. Todo dependía de eso.

—Hablabas de Rocío como lo más negativo en la vida de Diego. ¿Qué más generó ella en este círculo?

—Siempre quiso traerlo al padrastro (José Digno Valiente), que la verdad que no sumaba.

—¿El que comía empanadas mientras los médicos atendían a Maradona en el mundial de Rusia?

—¡Claro! Eso es no tenerle el tiempo. Porque Diego ha estado en esas situaciones, pero había que saberlo manejar la noche previa y, llegado el caso, asistirlo con un café, darle un habano para que se relaje... Pero ellos estaban más pendientes del partido o de si salían en la foto, que de lo que pasaba alrededor.

—Rocío también llevó a Charly Ibañez, ¿verdad?

—Sí. Eso fue a fines del 2018 y yo ya no estaba con Diego ahí, físicamente.

—¿Por qué?

—En el grupo decíamos que era como que te empezaban a enfriar un poquito. A mí me puso en el freezer Rocío. Y el que me lo contó fue Maxi. Él y Morla le tenían mucho respeto a Oliva en ese momento. ¿Y qué pasó? Que Walter ya no servía ahí adentro. Porque cuando Diego se levantaba venía a hablar conmigo. No iba ni con Charly ni con el que estuviera de turno, porque no tenía tanta relación con ninguno de ellos. En cambio yo, después de tantos años, ya tenía un ida y vuelta y sabía como entrarle. Nosotros teníamos un diálogo en el que ellos quedaban afuera.

—¿Entonces? ¿Cómo hizo Oliva para sacarte?

—Ella es un pica sesos. Así que, para no tener problemas con Rocío, de a poquito me fueron sacando. Alguien dirá: “¿Diego no te llamó nunca?”. Y yo te puedo asegurar que él me debe haber llamado quinientas veces. Pero yo no hablé ninguna, porque o le bloqueban el teléfono o le decían que ellos lo comunicaban. Entonces se comunicaban con un supuesto Walter que tenía un número “x” y que siempre estaba apagado...

—¿O sea que él quería hablar con vos y lo engañaban?

—Conociéndolos, por lo que yo viví, estoy seguro de que pasó eso.

—¿Y vos nunca intentaste llamarlo?

—Nunca tuve los números. Mejor dicho: tengo 78 números de Diego, más o menos, porque siempre se los cambiaban. Tenías que llamar por privado, que muchas veces Maradona no atendía. Y el teléfono siempre cambiaba.

—¿Quién se lo cambiaba?

—Rocío, básicamente. O le cambiaba el número, o se lo dejaba en silencio, o le desactivaba los datos... Lo ha hecho estando yo presente. Y Diego, la verdad, con la tecnología no se llevaba. Se daba cuenta cuando alguien se lo decía, entonces le agarraban el aparato, se lo activaban y le decían: “Ahí te anda”. Como si hubiera estado fallando.

—Realmente lo tenían bloqueado.

—Sí. Por eso, una de las cosas que molestaba era que muchos que tenían mi teléfono me llamaban a mí para hablar con Maradona. Y yo, si él quería, se lo pasaba. ¿Qué le iba a prohibir yo? ¿Que hablara con las hijas? Si, en definitiva, el que decidía era él.

—Cuando se enteraba...

—Obviamente. Pero bueno, así fue como a mí me dejaron a un lado. Igual, yo siempre seguí cobrando mi sueldo. La parte en blanco, incluso, ha salido en los extractos que se mostraron en la televisión con fecha de octubre del año pasado. De ese tema se encargaba Matías, con el aval de Maradona. Pero, después de que pasó lo de Diego, no tuve ninguna respuesta de él.

—¿O sea que tu situación laboral no tuvo definición?

—Está en una nebulosa todavía. Yo me mande un par de mensajes con Matías y con Maxi. Morla me puso: “Amigo, no te puedo ayudar en esta. Sucesión”. Eso fue lo último. Y a Pomargo, después de todo lo mal que se portó, lo llamé para ver cómo estaba. Me contó que estaba yendo a la oficina porque había muchos chicos sin cobrar y yo le expliqué que estaba igual. Entonces me dijo que me iba a averiguar y, después, se apagó el teléfono. Desaparecieron de la faz de la Tierra.

—¿Es decir que, después de dieciséis años, de un día para el otro te quedaste sin trabajo y sin respuesta?

—Exacto: se murió Diego y nadie se hizo cargo. Y, aunque suene vanidoso, yo soy la única persona que puede hablar de todos. Pero, de mí, nadie puede decir nada.

—¿Qué pasó en esa casa cuando vos te fuiste?

—Lo peor del mundo...

Walter hace un silencio. Hasta ahora, parecía que un impulso lo había llevado a hablar por primera vez desde que conoció a Maradona. Sin embargo, llegado este punto, se quiebra y deja en evidencia que su dolor es genuino. “No puedo...”, dice con un hilo de voz apenas audible. Entonces respira profundo, toma coraje y continúa ya sin reprimir el llanto.

—Contame.

—¿Qué pasó ahí? Muchos dicen, y yo también, que si hubiese estado ese entorno que estaba antes y del que tanto hablan hoy, Diego hubiera estado con nosotros. Diego no se hubiese muerto, no hubiese sufrido esa dejadez... Eso no hubiese pasado. Y yo lo tengo más que claro. Le hicieron mucho daño, pero mucho daño. Y la quisieron manejar porque Diego siempre salía de todas. Pero esta vez no pudieron, porque Diego no tuvo ganas de salir. Se cansó.

—¿Se les fue de las manos?

—Sí, porque sobraron la situación. No podés tener a una persona que viene de una operación en la cabeza en una habitación, dónde lo dejás dormir sin entrar a verlo. Yo entraba al cuarto de Diego con cualquier excusa. Y la puerta siempre la dejaba entreabierta como para verlo. Pero no podía pasar una hora sin que lo controlara.

—Acá pasaron doce horas.

—¡Diego nunca durmió doce horas de corrido! Fue decir: “Lo tengo encerrado en la habitación así no me jode y me quedo tranquilo”. Y siempre tendrían que haberlo vigilado, más estando en una internación domiciliaria. Con Gabriel tuvimos una unidad coronaria las 24 hs. cuando él tuvo un episodio en Ezeiza, que terminó con su internación en la Suizo Argentina. Y Maradona nunca se enteró. Pero si se enteraba y se enojaba, no nos importaba porque era que queríamos lo mejor para él.

—De los que estuvieron los últimos meses con él, ¿alguno realmente no quería?

—No. Matías dice que es el amigo y no tengo que dudar. Pero el resto no.

—¿A Morla le crees?

—Él lo dijo en una nota. Y, para que Diego firmara con él una sociedad, tiene que haber habido algo más allá de lo comercial.

—¿Decís que Diego le entregó la marca Maradona a conciencia?

—No se si a conciencia o no, pero Matías la tiene. Y eso no se puede discutir. Pero el resto no lo quería.

—¿Diego murió aislado de sus afectos?

—Tal cual. ¿Sabés lo que es levantarse y no ver a una carita conocida ni poder hablar con nadie? A eso sumale que estaba peleado con Rocío, que también influyó.

—Estaba Johnny Espósito, su sobrino. ¿Qué opinás de él?

—Lo quieren ensuciar, pero es el chico más sano y más bueno de todos. Si hay alguien que quería que Diego estuviera bien, ese era Johnny. Pero bueno, había momentos en los que él se tenía que ir a su casa. Y, de última, él no era el médico.

—Hoy muchos de sus afectos se cuestionan si no podrían haber hecho algo más...

—Con el hecho consumado, sí. Pero no era fácil llegar ahí. Ojo que si yo hubiera sido un hijo, llegaba de alguna manera. Pero en una de nuestras últimas charlas, yo le había dicho a Diego que tenía que reformular el entorno. Y quedamos en que lo íbamos a ver... Yo veía que este grupo nuevo no lo quería. Y el médico no era amigo, yo nunca lo vi. En un año no forjás un vínculo.

—¿Entonces? ¿Esa historia de que lo conoció a Leopoldo Luque y enseguida pegó onda?

—Yo no me la creo.

—¿Cómo te enteraste del desenlace?

—Me empezó a sonar el teléfono, me llamaban de todos lados... Y Matías me mandó un mensaje media hora antes de que saliera en los medios. Yo no lo podía creer. Ahí me fui a mi casa, me bañé, agarré dos mudas de ropa y salí con el auto. Hasta que en un momento frené y dije: “¿Adónde voy?”. Fue todo automatizado, porque con Diego siempre tenía que estar preparado con un par de cambios en la mochila por si nos íbamos a algún lado.

—¿Y adónde fuiste?

—Me quedé en el auto, a tres cuadras de mi casa, durante dos horas.

—¿Qué pensaste en ese tiempo?

—Nada. No me entraba en la cabeza lo que había pasado. Y me puse a despotricar contra todos los que estaban ahí.

—¿Los que te dejaron afuera?

—A mí y a todos los que lo querían a Diego... Esa misma noche fui a Casa de Gobierno. Lo pude despedir, saludé a toda la familia y me quedé un buen rato. Al otro día volví y ahí lloré con Claudia, que me vino a dar un beso. Pero no pude ir al entierro porque ya no me daba... No podía. Fue muy duro. Todavía es muy duro para mí.

—Entiendo que nadie ha podido elaborar el duelo aún por todo lo que sucedió después de su muerte.

—Yo estoy esperando... ¡Qué se yo! No sé qué estoy esperando. Pero sigo esperando algo.

—¿Todavía no caíste?

—No.

—¿Pensás que en algún momento te va a llamar?

—Sí... Por eso me cuesta hablar y no puedo ver nada de lo que sale de Diego en televisión. Además, ya sé lo que va a decir cada uno y en qué va a mentir. Así que trato de no verlo porque me hace mal.

—¿Cómo lo recordás a Maradona?

—¡Imaginate! Yo faltaba al colegio para verlo jugar al fútbol en el mundial del ‘86. Además soy hincha de Boca, así que Diego era mi ídolo. Y terminé compartiendo la vida con él, desde el palco de la Bombonera hasta el asado del domingo. Porque además, como nunca fui obsecuente, él me respetaba. Yo lo asistía en todo. Y nos hicimos grandes amigos. Así que todos los recuerdos que tengo con él son lindos.

FUENTE: Teleshow