Entre la celebración y el caos generado por el consumo de alcohol, Miralrio decidió fugarse y para cumplir su cometido se hizo con bolsas de plástico, hieleras, un machete, cerillos y un encendedor.
Rompió las hieleras y se las ató al cuerpo, en las bolsas de plástico guardó los cerillos, el encendedor y algo de comida. Así se lanzó al mar. Según el relato, cuando veía a un tiburón, se quedaba quieto para evitar que lo lastimaran.
En el expediente de la averiguación 4ª/1330/990-0 se detalló que el reo salió de la Isla Madre hacia la Isla Magdalena. Luego se dirigió a Isla Cleofas en una balsa que fabricó y de ahí al Puerto de San Blas.
Su travesía en mar duró más de 10 días. Ya en tierra, primero visitó a una hermana en Jalisco y después llegó hasta la capital mexicana. Era ya febrero de 1990.
Mientras tanto, en las Islas Marías lo dieron por muerto.
Una vez en la ciudad de México contactó a otro ex preso, al que había conocido en el penal de Santa Martha Acatitla. Con él robó el Convento de Regina Coeli, en el centro histórico.
Parecía que Carlos Miralrio había logrado su cometido, pero cuatro meses después fue localizado uno de los compradores de las piezas religiosas robadas y así la policía dio con los ladrones.
Fue detenido en la colonia Obrera y al revisar sus detalles se supo de su increíble historia, que él mismo relató a sus captores.
Fuente: infobae