La carta también plantea un cuestionamiento sobre la responsabilidad de los conductores involucrados en el hecho, imaginando cómo una acción mínima, un gesto de precaución o un segundo de atención podría haber alterado el desenlace. La madre utiliza este recurso para evidenciar la frustración y la impotencia que acompaña a quienes enfrentan una muerte que podría haberse evitado.
En sus líneas finales, Montilla expresa con crudeza cómo ese instante fugaz no solo arrebató a su hija, sino que la consume a ella y a su familia cada día. "La existencia de ese segundo en el que no te demoraste en el baño, en el que nadie te llamó, en el que nadie te mandó un mensaje, en el que el que manejaba el auto se acobardó, en el que el de la camioneta se creyó vencedor. Ese segundo es el que te mató… y es el que me mata lentamente." escribió, en un llamado directo a la Justicia y a la sociedad para no naturalizar la negligencia.
La familia de Lucía Rubiño continúa exigiendo respuestas, con la firme convicción de que la tragedia no debe quedar impune. La carta de Belén Montilla es, al mismo tiempo, un reclamo por justicia y un homenaje a la memoria de su hija, un testimonio que busca transformar el dolor en conciencia y acción.