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La historia del salto en paracaídas que terminó en desastre

“Todo me acuerdo, todo, porque encima siempre estuve consciente, nunca me desmayé. Me acuerdo de la velocidad a la que venía cuando salté en paracaídas, todo pasaba rápido, demasiado rápido. Veía la tierra ahí abajo, todo cada vez más cerca. Y me acuerdo hasta de lo que pensé: ‘Acá me destrozo’”.

Teresa Mardaras enciende la cámara de su teléfono, sonríe y dice “acá estoy”. Está en su casa, en Villa Urquiza, y acaba de volver del turno con el cirujano traumatólogo, un contacto estrecho desde el accidente en el que se pulverizó -literalmente, y entre otras cosas- los dos tobillos.

Es paracaidista desde hace casi 25 años pero hace tiempo que no vuela y se emociona cuando dice frases como “volver al cielo”, pero de lo que está por hablar ahora es del día en que cometió una serie de errores en el aire que la llevaron a estrellarse -literalmente, otra vez- contra el suelo.

En 2016, cuando pasó todo, Teresa no era una principiante. “Por eso digo que me pasó por soberbia, por porfiada, por no escuchar cuando me dijeron ‘te vas a matar’. Así ocurren los accidentes en los deportes extremos, por exceso de confianza”, arranca Teresa, que ahora tiene 55 años.

Se acuerda del día exacto en que saltó por primera vez -27 de marzo de 1997- porque fue el día en que su vida cambió de carril.

“Yo era vendedora de seguros de vida y profesora de Educación Física. La cosa es que alguien me recomendó ir a Lobos a vender pólizas y me fui para allá”, arranca. “Cuando llegué, vi a toda esa gente saltando, todo el mundo en el aire, los aviones, los helicópteros. Imaginé la sensación de volar, me miré a mí misma con todos esos papeles en la mano y pensé: ‘Yo no me voy a quedar acá parada vendiendo seguros’. Y ese mismo día salté”.

Aunque lo habitual para una novata es saltar de unos 3.000 metros de altura, su primer salto fue desde un helicóptero, a 4.000 metros.

“La sensación es inexplicable. Como que te quedás en apnea, porque al principio pensás que no podés respirar. Se me secaba la boca, me transpiraban las manos, se me aceleraba el corazón y lo que te pasa es que estás volando, está flotando en el aire, estás en un éxtasis de adrenalina. Me enamoré de esas sensaciones, y eso que duran un ratito. Calculá que de 4.000 metros de altura debe ser un minuto de caída libre, no mucho más”.

Lo que le pasó en el cuerpo en ese minuto fue suficiente porque Teresa volvió a Lobos al día siguiente, saltó otra vez y, una semana después, empezó el curso de paracaidismo. “Dejé de vender seguros de vida y nunca más pagué el mío”. Pensó qué podía hacer para estar cerca, “cómo ganar plata haciendo lo que me gusta, y aunque en mi vida había cosido ni un botón, me puse a fabricar ropa de salto”, el mismo emprendimiento del que vive desde entonces.

Durante las décadas que siguieron, saltó hasta de 7.000 metros de altura -”vas tomando oxígeno en el avión y dejás la cánula en el momento de saltar”-: 70 cuadras de la tierra al cielo para sentir en el cuerpo dos minutos de caída libre. Y fue parte de varios récords, entre ellos, el récord mundial femenino de 2014, en el que logró -junto a una formación de 117 mujeres que saltaron de 10 aviones- completar dos figuras diferentes durante el mismo salto y en caída libre.

Como deportista extrema, Teresa fue marcando un récord tras otro hasta el 11 de noviembre de 2016, el año en el que pasó lo que pasó.

“Acá me destrozo”

Para el entrenamiento previo al evento mundial -en Arizona, Estados Unidos- Teresa viajó con un grupo de 14 paracaidistas. El plan era hacer un entrenamiento intensivo en el túnel (un simulador con motores que generan un flujo de aire ascendente, permiten a los deportistas quedar suspendidos y recrear la sensación de caída libre). Luego, saltar en el desierto.

“Yo ya venía con problemas en los brazos. En uno se me había cortado el bíceps, en el otro tenía problemas con el manguito rotador. Pero estaba muy bien físicamente: corría diez kilómetros por día, iba al gimnasio, había estado un año y medio entrenando. O sea, me había preparado para hacerme mierda”, se ríe. Después, explica: “Menos mal que estaba bien físicamente, si me hubiese pasado en otro momento por ahí no zafaba”.

Eran cuatro días de prácticas en el túnel y el viernes comenzaban a saltar. “Había llevado mi paracaídas, aunque ya había notado que tenía que cambiarle las cuerdas. Pero me confié y pensé: ‘Bueno, lo hago cuando vuelvo’. Error número uno”, enumera. “Además, adonde fuimos estábamos a más altura sobre el nivel del mar, eso significa que los paracaídas frenan menos. Conclusión: el mío era bastante chico, rápido y tenía las cuerdas en condiciones de ser cambiadas. Fue como salir a la ruta en un auto a toda velocidad con problemas en los frenos”.

Saltó la primera vez y se golpeó un poco. Saltó la segunda vez y volvió a golpearse. Saltó una tercera vez y fue ahí que un amigo le dijo: “Teresa, no saltes más con ese paracaídas porque te vas a matar”, cuenta. “¿Y qué le contesté yo? Dura, confiada, porfiada mejor dicho: ‘Bueno, si me tengo que golpear me voy a golpear’, como quien dice ‘déjenme de joder’. Es increíble porque yo siempre cuidaba a los demás, controlaba la seguridad en los eventos, era súper conservadora. Y cuando me tuve que cuidar yo no le di bola a nadie”.

Para ese salto cambiaron el patrón de aterrizaje y los que estaban adelante entraron a favor del viento. “Bueno, con la velocidad que entré no lo pude frenar. Me nublé cuando cambiaron la dirección, no sé, no lo pude resolver. Y me estrellé contra el piso a 80, 90 kilómetros por hora”, recuerda. “Fue un segundo, sentí como un latigazo. El golpe me entró por los pies y me salió por la cabeza, esa fue la sensación. Dejé un pozo en la tierra y reboté, salí despedida. Mi cuerpo quedó a 20 metros del pozo”.

Dice Teresa que “las grandes cagadas” no suelen deberse a un sólo factor: que se cruzaron el cambio en la dirección de aterrizaje, la necesidad de recambio de las cuerdas, los brazos agotados después de tanto entrenamiento, la poca fuerza que le quedaba para que el paracaídas le respondiera, su incapacidad de parar y de decir “no”. “Todo error mío, no frené. Es como si vinieras en auto y te estrellaras contra un paredón sin poner el pie en el freno. La culpa no es del paredón”.

Sus colegas la vieron estrellarse. Alguien llamó al 911: pocos minutos después, y como en las películas, bajó un helicóptero. Teresa estaba en el pasto, consciente. Tenía fractura expuesta de fémur derecho y síndrome compartimental del gemelo, una afección grave que puede dañar nervios y músculos y que la dejó al borde de la amputación. Sobre ese mismo suelo Teresa recordó a su mamá, que era diabética y a la que habían tenido que amputarle una pierna cinco años antes de su muerte.

“También tenía fracturado el fémur izquierdo y los dos tobillos pulverizados. Los pies quedaron así”, dice y hace frente a la cámara el gesto de dos objetos inertes, colgantes, dos títeres sin manos que les den vida. Se fracturó, además, dos vértebras cervicales por lo que nadie sobre ese terreno árido podía estar seguro de que las fracturas no hubieran afectado la médula.

El helicóptero bajó en una clínica y la ingresaron inmediatamente al quirófano. “Me desperté al día siguiente intubada, no lograban sacarme de la anestesia. Eso sí que no se lo deseo a nadie”, sigue. Se refiere a que “no podía respirar por mis propios medios, así que seguí con el tubo en la garganta despierta y atada, fue desesperante. Me angustiaba más eso que verme las piernas. Yo no soy miedosa pero todavía me acuerdo de esa cosa en la garganta y me mata, por eso tengo terror a esta situación del COVID. Me aterra pensar en volver a tener un respirador”.