El especialista diferenció además entre prácticas médicas orientadas a aliviar el sufrimiento —como la sedación en pacientes terminales— y la eutanasia. “El médico puede saber que un paciente va a morir, pero su intención nunca es provocar la muerte, sino evitar el dolor. La función esencial es curar, sanar o acompañar, nunca matar”, afirmó.
En relación al caso de Castillo, Mattons introdujo otro eje de análisis vinculado a la salud mental. Señaló que cuando una persona expresa deseos de morir, muchas veces no se trata de una decisión libre en términos absolutos, sino de un pedido de alivio frente al sufrimiento. “El mensaje no es ‘me quiero morir’, sino ‘no quiero seguir sufriendo’. Y eso exige una respuesta desde la medicina y la psicología, no la eliminación de la vida”, indicó.
Asimismo, advirtió sobre los riesgos de avanzar en legislaciones que habiliten la eutanasia. Según explicó, esto podría derivar en lo que denominó una “pendiente resbaladiza”, donde prácticas inicialmente justificadas por compasión se amplían a situaciones más complejas. “Se abre la puerta a escenarios peligrosos, desde encubrir errores médicos hasta la despersonalización del cuidado en instituciones donde la vida se vuelve un trámite”, alertó.
Para Mattons, el desafío social pasa por fortalecer los sistemas de acompañamiento integral en situaciones límite. “Existen herramientas desde la ciencia médica y la psicología para contener a quienes atraviesan sufrimientos extremos. La respuesta no puede ser la muerte, sino el cuidado y la contención”, concluyó.
El caso de Noelia Castillo, con su impacto mediático y social, reabre así un debate profundo que interpela a la sociedad en su conjunto: el valor de la vida, los alcances de la libertad individual y el rol del Estado frente a las decisiones en el final de la vida.