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El caso María Soledad Morales, un ícono de impunidad que se acerca a los 30 años

El crimen de la adolescente catamarqueña conmovió al país y desnudó las maniobras políticas y judiciales para tapar todo.

La imagen es muy distinta a la de aquel día hace 21 años en el que salió con cara de derrota, de traje y corbata, esposado y fuertemente custodiado de los Tribunales de Catamarca. Los ojos del país estaban sobre él. Ahora Guillermo Daniel Luque (53) viste una chomba azul y bermudas salmón. Va con zapatillas deportivas y una bolsa en la mano. Se acaba de bajar de su camioneta negra y cruza la calle despacito bajo el sol del mediodía hacia su casa, despreocupado. Se mueve por su barrio con naturalidad y aunque todos saben quién es y qué hizo, anda como un vecino más.

El de María Soledad Morales (17) fue uno de los crímenes más conmocionantes de la historia argentina, símbolo de la impunidad y del encubrimiento del poder político y judicial (que nunca se juzgó).

La adolescente desapareció el 7 de septiembre de 1990 cuando fue a un boliche en Catamarca y su cuerpo apareció tres días después, mutilado en una zanja.

El caso derivó en la intervención de la Provincia, la remoción de la cúpula policial y la realización de dos juicios, luego del que el primero terminara en escándalo.

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Guillermo Luque, hijo del entonces disputado nacional Ángel Luque (PJ) fallecido en 2011, fue declarado culpable por la violación y homicidio de María Soledad, casi ocho años después. Luis Raúl Tula fue sentenciado como partícipe secundario del crimen.

Si los 21 años de prisión a los que fue condenado en 1998 por la "violación seguida de muerte agravada por el uso de estupefacientes" de María Soledad realmente hubieran sido 21 años de prisión, Luque recién ahora estaría dando sus primeros pasos en libertad. Pero "El Gordo", como le dicen, solamente estuvo preso 14 años. Salió de la cárcel de Catamarca en abril de 2010, bajo "libertad condicional" por "buena conducta".

Aquel 28 de febrero de 1998, Luis Tula también salió con cara de amargura, de traje y corbata, esposado y custodiado de los tribunales de Catamarca. Ese día lo condenaron a 9 años de prisión por ser "partícipe secundario" del crimen de María Soledad, que terminaron siendo cuatro y medio.

Tula ahora tiene 58 años. Sigue vistiendo traje y corbata y recorriendo fiscalías, juzgados y cárceles de la zona. Es abogado penalista y también se mueve sin mucho problema por Catamarca, a pesar de ser, junto a Luque, protagonistas de las páginas más oscuras de la historia criminal de la ciudad.

Ada Mercedes Rizzardo vive en la misma esquina de siempre del barrio Santa Rosa, en el departamento de Valle Viejo, desde que todo el mundo la conoce como la mamá de María Soledad. Ada tiene ahora 70 años y se acuerda de ese viernes 7 de septiembre de 1990 como si hubiera sido el último. De alguna manera lo fue.

"Es como si todo hubiera sido ayer. Ella se despidió, el papá la llevaba, y ella estaba contenta, feliz, alegre. 'Mañana nos vemos, ma'. Me dio un beso y se fue. Yo me quedé con esa imagen de felicidad y alegría de que iba a compartir esa noche con sus compañeros. Pero que por el egoísmo de los hombres le arrancaron su vida. Lo que sí siempre recuerdo es la alegría que tenía porque iba a egresar y se iban a ir de viaje de fin de curso", cuenta Ada y sus ojos se llenan de las mismas lágrimas de hace 30 años.

El crimen

A María Soledad Morales la encontraron asesinada el 10 de septiembre de 1990 en un zanjón, al costado de la ruta provincial 38, muy cerca de los puentes que cruzan el Río del Valle, y a 900 metros de su casa. Le habían desfigurado la cara, arrancado los aritos y cortado la piel de uno de sus brazos.

El viernes anterior la chica había ido al boliche Le Feu Rouge, donde junto a sus compañeros organizaban una fiesta para recaudar fondos para el viaje de egresados. A "Sole", que estaba por cumplir 18, le había tocado hacerse cargo de la venta de entradas. Pero en un momento de la noche, la adolescente desapareció.

Durante la investigación se logró reconstruir que Luis Tula, que en ese momento tenía 29 años, pasó a buscar a María Soledad por el boliche con su auto. De allí la llevaron al boliche Clivus, ubicado en la Ruta 1.

Clivus, que ahora se llama "Muana", era una discoteca identificada con el poder, donde solía verse a hijos de millonarios y políticos. Jesús Muro, el ex barman de Clivuso, declaró que en la madrugada del sábado 8 de septiembre de 1990, vio a Tula junto a su esposa Ruth Zalazar y amigos. Entre ese grupo estaban Guillermo Luque, el hijo del diputado, y Luis Méndez y Hugo "Hueso" Ibáñez. Estos dos últimos estuvieron detenidos por el crimen de María Soledad, pero las acusaciones terminaron quedando en la nada.

El barman Muro contó que esa madrugada María Soledad estaba "mareada" y que era manoseada por Tula y sus amigos. Lo que vino después, según la versión de la fiscalía, es que a la adolescente la drogaron y la llevaron a "Los Álamos", un albergue transitorio ubicado en el cruce de las rutas 1 y 41 y que todavía funciona, donde fue violada por entre dos y cuatro personas.

María Soledad murió por sobredosis de cocaína, aunque intentaron reanimarla en un centro de salud. Fue decisiva una pericia realizada en 1991 por un equipo de forenses integrado, entre otros, por Osvaldo Raffo, fallecido la semana pasada.

Para encubrir el crimen de María Soledad, terminaron descartando su cuerpo en un zanjón sobre la ruta 38. Las pericias comprobaron que las heridas que la chica recibió fueron post-mortem. Tenía la mandíbula fracturada en tres partes, le faltaban todos los dientes y le habían diseccionado la piel de uno de sus brazos, posiblemente para ocultar que había recibido tratamiento intravenoso.

El encubrimiento

No fue fácil saber lo que pasó con la chica. La investigación transitó por varios pasajes oscuros desde el principio. Tula fue detenido y liberado, se lanzaron varios nombres como sospechosos y cuando apareció el de Luque se intentó hablar de internas políticas.

Tras múltiples irregularidades, entre las que se intentó ensuciar el nombre de María Soledad, el Gobierno nacional -a cargo del entonces presidente Carlos Menem- intervino la Provincia, que era gobernada por Ramón Saadi. También echaron al jefe de Policía, comisario Miguel Ángel Ferreyra, que casualmente era socio comercial de Luque. Tenían una rotisería.

Más adelante se supo que luego del hallazgo, el cuerpo fue lavado con una manguera para borrar pruebas. Menem también envió al ex policía Luis Patti -luego condenado por delitos de lesa humanidad- para investigar el crimen, pero fracasó.

"Se buscaban chivos expiatorios. Y hay una familia, los Vargas -el matrimonio ya falleció- que viven acá cerquita que sufrió horrores. Como coincidía la marca y el auto de ellos con el de Luque, un Ford Falcon, esa familia sufrió horrores. A nosotros nos extrajeron dos veces sangre y ustedes se preguntarán ¿para qué? El auto de los Vargas apareció con sangre de mi hija. Esa sangre que a nosotros nos sacaron la pusieron en el auto de ellos, sospechamos. Pero gracias a Dios el abogado de ellos los ha podido defender, pero han queda traumados para toda la vida", denuncia Ada.

Un testigo clave de los más recordados fue el colectivero Antonio Ponce. El chofer declaró que la mañana en la que encontraron el cuerpo de María Soledad, en su primera vuelta del día, vio al costado de la ruta algunas luces, un patrullero y varias personas. El colectivero bajó y se arrimó a ver. "Le dijeron: 'Andá, no hay nada. Fue un accidente'", recuerda Ada.

Meses después, el colectivero reconoció a las personas que estaban ahí, lo que terminó de revelar las maniobras de encubrimiento. Cuando Ponce, en otra vuelta con el micro, volvió a pasar por el mismo lugar, vio que los policías seguían allí. Se sospecha que el cadáver de María Soledad fue mutilado en ese mismo lugar.

"Ese hombre ha sufrido las mil y unas porque lo perseguían. Tenía que cambiar de casa. De un lugar a otro andaba, le ofrecían el oro y el moro, como uno dice. Que le iban a dar trabajo en España, que cambiara la declaración de lo que había visto y se fuera", cuenta Ada.

La mujer recordó que 16 años después del crimen de su hija, un día a Ponce se le rompió la moto y tocó el timbre en su casa para ver si Elías, que sabía cómo arreglarlas, lo podía ayudar. "Elías me contó quién era él. Yo nunca había conversado con los testigos. Le pregunté y me comentó que lo vivían molestando todo el tiempo para que cambiara la declaración. Me contó todo lo que sufrió, que le tiraban piedrazos en el colectivo, que se subían en los últimos viajes, cuando el micro estaba vacío, para amenazarlo y me contó todo lo que vio esa mañana. Fue al centro, volvió y seguían trabajando. Ahí es donde se dice que la desfiguraron", cuenta Ada.

Ponce falleció hace alrededor de cinco años a raíz de un ACV. "Él me dijo que no iba a vender su conciencia. 'Creo en Dios y voy a seguir firme con lo que he visto ese día', decía", señala Ada, emocionada.

El poder feudal de los Saadi quiso callar a los Morales como fuera. "A mi casa vino Ramón Saadi con otros diputados, también el jefe de Policía. Nos querían convencer de que se iba a hacer justicia cayera quien cayera, que se iba a esclarecer. Esta sala estaba llena de autoridades", dice Ada en el living de su casa.

La madre de "Sole" dice que nunca recibió amenazas directamente, pero sí recuerda personas vigilándolos con handies. "Nos ofrecían vales de nafta, trabajo para mi hijo mayor. Pero nosotros no aceptamos nada. Siempre digo y hasta el último día de mi vida, que Elías y Ada Morales lo único que buscamos fue verdad y justicia de lo que pasó con nuestra hija porque no quedamos satisfechos. Nuestras manos quedaron vacías. Porque no solo fueron ellos dos en la violación. Y en la desfiguración no tuvieron piedad, le arrancaron el pelo, todo. ¿Qué pasó ahí? Y después vino la difamación. A mí no me importa Elías y Ada. Nosotros estábamos vivos los dos y nos podíamos defender. Pero ella no y no tuvieron piedad", manifestó Ada, y sus lágrimas de siempre se mezclan con otras más recientes.

Elías Morales falleció el 1° de agosto de 2016, a los 71 años. "Lo más feo de todo es que perdí a mi hija y ahora se me fue mi compañero que era mi sostén", expresa la mujer, apenas recibe a Clarín en la puerta de su casa.

"Yo a Elías lo tengo muy presente porque él fue el sostén mío. Siempre me decía que yo tenía que estar fuerte. Yo sé que sufrimos, sufrió y sufriremos siempre la muerte de nuestra hija porque fue algo muy injusto, pero él estuvo siempre presente al lado mío acompañando. Lo más triste de todo es que él la vio a su hija cómo quedó, lo dejaron verla. Imagínese usted, llevarla feliz y contenta y después tenerla que ir a reconocer y ver el estado en el que está", dice Ada.

"Yo le preguntaba qué vio y él se hacía el que recordaba cualquier cosa y se iba para que yo no sufra", agrega y sostiene que lo que más lo afectó a Elías fue haber visto el cuerpo de su hija. "Él se mostraba fuerte, pero eso lo fue destruyendo por dentro", asegura.

Los papás de María Soledad nunca dejaron de reclamar justicia. El matrimonio no solo no quedó conforme con las penas que terminaron recibiendo los dos condenados, sino que siempre pidió que se investigue el encubrimiento del caso, por el que estaban apuntados policías y políticos, entre ellos el ex gobernador Ramón Saadi y el ex jefe de Policía Miguel Ángel Ferreyra. "Todo eso quedó impune", dice la mujer.

El living de la casa de los Morales está repleto de cuadros con fotos ampliadas de "Sole". También hay poemas, pinturas y adornos que allegados a la familia obsequiaron. Todo forma parte de un homenaje que mantiene latente la memoria de su hija.

Afuera ese recuerdo también está vivo. Para ir desde los Morales, en Valle Viejo, hacia el centro de Catamarca, hay que tomar la Ruta 38. Después del lugar conocido como Tres Puentes, a la derecha del camino, justo en una curva, aparece en letras gigantes de hierro el nombre de "María Soledad".

"María Soledad, que Dios te dé el don para que ayudes y sanes a los que creen en ti y en Dios", dice una placa colocada en febrero de 2016. "¡Soledad! Gracias por los favores recibidos", se lee en otra. Y así hay decenas, con nombres y apellidos de personas de todo el país. Además de las placas, quienes se acercan a visitar "El santuario", dejan como ofrenda alrededor de la estatua flores, plantas, velas, cruces, gorros, zapatillas, pañuelos, ropa, broches de pelo, llaveros, cuentos infantiles, cuadernos y apuntes de colegio. Quienes se acercan hasta aquí le agradecen a María Soledad por realizar favores y aliviar dolores.

En este lugar, que era un zanjón, hace casi 29 años apareció el cuerpo de la adolescente. Ahora la tierra fue nivelada, hay sombra, bancos para sentarse y estacionamiento. Allí hay un monolito repleto de placas recordatorias y, más atrás, una escalera que conduce hacia una estatua con la figura del tronco de un árbol del que surge una adolescente de uniforme escolar y una antorcha en una de sus manos. (Fuente: Clarín).