El problema se vuelve todavía más visible en trabajos donde las decisiones no dependen exclusivamente de indicadores objetivos. En ámbitos como los medios de comunicación, por ejemplo, las evaluaciones pueden incluir criterios vinculados con la confianza, el criterio profesional, la capacidad de resolver problemas o la afinidad con determinados proyectos. En esos casos, resulta más difícil separar por completo los vínculos personales de las decisiones laborales.
Cuando tener un amigo también ayuda
La otra cara aparece en las situaciones cotidianas. Tener a alguien de confianza cerca puede facilitar desde una consulta rápida hasta la resolución de un problema que, de otro modo, demandaría mucho más tiempo. Un simple “¿me ayudás con esto?” puede convertirse en una herramienta concreta para destrabar una tarea.
Ese tipo de colaboración no necesariamente responde a una cuestión de favoritismo. Las relaciones de confianza también pueden favorecer que las personas se consulten, compartan información y se ayuden frente a dificultades. En ese sentido, el vínculo personal funciona como una red de apoyo dentro de la organización.
Un estudio publicado en 2026 bajo el título Friends With (Workplace Benefits) encontró justamente una asociación positiva entre las amistades laborales y determinados indicadores vinculados con la productividad. Los participantes debían identificar a una persona de referencia dentro de su ámbito laboral y calificar la relación. El promedio obtenido fue de 3,37 sobre 5, mientras que el nivel promedio de incivilidad fue de 1,37.
La investigación plantea así una cuestión que parece evidente pero que no siempre se tiene en cuenta: las relaciones personales dentro de una organización no son necesariamente un obstáculo para el rendimiento. En determinadas condiciones, pueden convertirse en un recurso que facilita el trabajo.
Una amistad también puede comenzar en la oficina
Pero ¿Cuándo una relación laboral se transforma en amistad? No existe necesariamente un momento preciso. Muchas veces el vínculo surge a partir de la cantidad de tiempo compartido, de experiencias comunes o de situaciones que exceden las tareas asignadas.
Los compañeros atraviesan juntos jornadas extensas, proyectos, problemas, cambios de organización, celebraciones y momentos de presión. Esa acumulación de experiencias puede generar una cercanía que continúa incluso cuando alguno de los dos deja el empleo.
Por eso es frecuente que determinadas relaciones sobrevivan a los trabajos que las originaron. El puesto puede cambiar, la empresa puede desaparecer de la rutina cotidiana y las personas pueden tomar caminos profesionales diferentes, mientras el vínculo permanece.
Esa dimensión también ayuda a entender por qué las amistades laborales pueden resultar tan importantes. El trabajo ocupa una parte considerable de la vida adulta y, en consecuencia, no es extraño que algunos de los vínculos más significativos aparezcan precisamente allí.
El conflicto aparece cuando los roles se mezclan
Un estudio publicado en 2023 en el Journal of Vocational Behavior puso el foco en esa otra dimensión. La investigación incluyó a unas 5.000 personas del Reino Unido, que respondieron cuestionarios durante dos semanas, y posteriormente incorporó conversaciones con alrededor de 500 participantes. El trabajo abarcó personas de distintas industrias y encontró que las amistades en el ámbito laboral también pueden convertirse en una fuente de conflicto.
La dificultad no necesariamente está en la existencia del vínculo, sino en lo que ocurre cuando las responsabilidades profesionales exigen actuar de una manera que puede afectar a la otra persona.
Una amistad puede hacer más sencillo pedir ayuda, pero también más difícil establecer límites. Puede aumentar la confianza, pero generar sospechas de favoritismo. Puede mejorar la comunicación, pero complicar una conversación incómoda. Y puede ofrecer una red de contención, aunque también volver más delicadas determinadas decisiones.
Incluso compartir información sobre salarios puede tener distintas consecuencias. Para algunos trabajadores, comparar remuneraciones y condiciones sirve para detectar diferencias y conocer mejor su situación. Para determinadas organizaciones, en cambio, esa conversación puede resultar incómoda porque pone en cuestión políticas internas o estructuras salariales.
Por eso, el modo en que una empresa entiende los vínculos personales también influye. Hay culturas laborales que buscan construir comunidades y fomentar relaciones cercanas. Otras prefieren mantener una separación más marcada entre lo profesional y lo personal para reducir posibles conflictos de interés.
Aristóteles y los distintos tipos de amistad
La discusión no es nueva. Mucho antes de que existieran las investigaciones sobre productividad o clima laboral, Aristóteles distinguió tres formas de amistad: las basadas en la utilidad, las relacionadas con el placer y aquellas que se sostienen en la virtud.
Las primeras aparecen cuando existe un beneficio mutuo; las segundas, cuando compartir determinadas experiencias resulta agradable. La tercera supone un vínculo más profundo: querer el bien de la otra persona por ella misma.
Llevado al mundo laboral, esa distinción permite pensar qué ocurre cuando una relación supera el intercambio cotidiano. Una cosa es llevarse bien con alguien porque facilita el trabajo; otra, disfrutar de compartir tiempo; y otra diferente es alegrarse genuinamente cuando a esa persona le va bien, incluso cuando su éxito podría significar que uno queda en segundo plano.
La filósofa Hannah Arendt también pensó la amistad como una forma de salir de uno mismo y abrirse a la perspectiva de otra persona. En el ámbito laboral, esa posibilidad puede adquirir un valor particular: conocer al otro más allá de su función permite comprender mejor sus dificultades, sus capacidades y también sus circunstancias.
En definitiva, la pregunta no tiene una respuesta única. Las amistades laborales pueden favorecer la colaboración, el apoyo y el desempeño, pero también generar tensiones cuando se mezclan con la competencia, las evaluaciones o las decisiones que afectan a personas cercanas.
El desafío no parece estar en evitar esos vínculos, sino en reconocer que una misma relación puede cumplir dos funciones diferentes. Ser amigo puede hacer más agradable y eficiente una jornada laboral; pero cuando llega el momento de evaluar, competir o tomar una decisión difícil, la amistad también puede convertirse en una prueba para la capacidad de separar los afectos de las responsabilidades profesionales.