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La obsesión de Demi Moore por su cuerpo: dietas extremas y entrenamiento militar

Las impiadosas críticas tras la aparición de Demi Moore en el último desfile de Fendi solo son un recordatorio de la lucha de la actriz.

“No se parece a Demi Moore”, “Tiene que decir quién fue el que le hizo ese desastre en la cara”, “Su cirujano debería ir preso”, “Se ve horrible, se arruinó para siempre”… Los comentarios en las redes después de ver a la actriz de 58 años en la pasarela de la última colección de Fendi fueron impiadosos. No es que no esté acostumbrada: pese la revolución del #MeToo, el aspecto físico de las mujeres públicas no ha dejado de estar bajo escrutinio, y el de ella lo estuvo durante toda su carrera.

Algo cambió sin embargo en esta Demi Moore que enfrentó las cámaras al día siguiente del desfile en una entrevista con Naomi Campbell en la que, a cara lavada y sin siquiera referirse a la polémica, demostró que por fuera seguía siendo la misma que en los noventa corrió el techo de cristal de Hollywood como la actriz mejor paga de su generación. Lo cuenta en su biografía “Inside Out”, que publicó en 2019: si durante años sufrió e hizo propia la obsesión de los otros con su cuerpo, pudo ponerle un freno tras aprender con dolor a sentirse bien con ella misma. Su reacción frente a las críticas por su supuesta cirugía es parte de ese gran “basta” de una mujer a quien la opinión pública le hizo pagar caro cada mandato que rompió.

“Cuando era más joven, sentía que nadie iba a quererme si no me entregaba. Sentía que mi valor estaba atado a mi cuerpo”, dijo al presentar sus memorias la actriz que marcó un antes y un después al posar desnuda y embarazada de ocho meses de su segunda hija, Scout, para la tapa de Vanity Fair que inmortalizó la lente de Annie Leibowitz. Con el título “More Demi Moore” (un juego de palabras con su apellido, “Más Demi Moore”), aquella edición de 1991 que llegó a los kioscos cubierta de una bolsa negra, como si se tratara de pornografía, vendió un millón de ejemplares y cambió la manera de ver el cuerpo de las mujeres durante el embarazo, que hasta entonces era considerado un tabú, algo a reservar para la intimidad y esconder debajo de vestidos aparatosos. “En este país la gente no quiere aceptar la maternidad y la sensualidad –decía por entonces la actriz ante las críticas–. Tienen miedo de imaginar a una embarazada sexy. Es curioso que cuando das a luz te consideran la mujer más maravillosa que ha existido, pero, mientras estás embarazada, te hacen sentir que no sos linda ni sexualmente viable. O sos sexy o sos madre. Yo no quise elegir”. Con el tiempo, el estilo se impondría y sería imitado por otras celebridades como Beyoncé, Eva Longoria, Alanis Morissette y Serena Williams, además de por mujeres anónimas en todo el mundo.

Lo que el debate ocultaba era que la increíble figura de Moore en esa portada era la de alguien que estaba entrenando desde el tercer trimestre de su embarazo para su papel de una abogada naval en “Cuestión de Honor” (1992), que empezaría a rodar solo dos meses después del parto. Según narra en sus memorias, ese fue el inicio de años de adicción al ejercicio y de trastornos de alimentación. La actriz se presionó para ponerse en forma apenas nació su segunda hija con Bruce Willis –con quien estuvo casada entre 1987 y 2000 y tuvo a Rumer y a Tallulah, además de a Scout–. A los 28 años, sentía que no podía parar de entrenar: “Era mi trabajo entrar en ese uniforme militar delator que tenía que usar en solo dos meses para ‘Cuestión de Honor’. Estar perfecta para esa película desató en mí una obsesión que me consumiría durante los siguientes cinco años”.

En su libro, Moore cuenta que el excesivo ejercicio hizo que no tuviera grasa suficiente en la leche materna, por lo que Scout no crecía bien y tuvieron que darle fórmula: “Eso me destruyó, pero no podía parar”. Un año después de la icónica y controvertida tapa de Vanity Fair, volvió a posar desnuda con un smoking pintado sobre el cuerpo en la portada de esa revista. “Es un movimiento profesional brillante: anunciar que vuelve a estar en el mercado como sex symbol. Y está mejor que cuando filmó ‘Echale la culpa a Río’ (1984) a los 20”, decía el reportaje, que contaba sus secretos para estar en forma. Moore había contratado al entrenador personal de Madonna y revelaba que se levantaba todos los días a la madrugada para hacer tres horas de bicicleta, running y pesas antes de ir al set de “Cuestión de Honor” y que, al volver a su casa, volvía a encerrarse otras tres horas en el gimnasio. En varias notas de la época se hablaba de la rapidez de su transformación física como “una inspiración” para otras mujeres. Una vez más, nadie mencionaba su calvario.

Su siguiente película, “Propuesta indecente” (1993), en la que un millonario interpretado por Robert Redford le ofrecía a su marido –Woody Harrelson– 1 millón de dólares por una noche con ella, la llevó a empujar los límites físicos todavía más: “Tenía que exhibirme de nuevo y solo podía pensar en mi cuerpo, mi cuerpo, mi cuerpo. Dupliqué mi rutina que ya estaba al máximo, eliminé los carbohidratos y me puse a correr, hacer bicicleta y trabajar en cada máquina imaginable de mi gimnasio”.

En realidad, toda su carrera había sido sobre su cuerpo: había posado desnuda por primera vez para la tapa de la revista para adultos Oui cuando todavía era una menor de edad que trataba de dejar atrás los complejos por su estrabismo y su delgadez extrema. “Dije que tenía 18 años, pero tenía 17. Me sentí orgullosa de mi trabajo, aunque, al mismo tiempo, me estaba sumergiendo en un mundo que parecía estar hecho a medida para degradar mi autoestima. Una profesión que se centraba única y exclusivamente en mi cuerpo, mi aspecto y mi talla, algo que solo sirvió para reforzar la idea de que mi valor dependía de mi atractivo físico”. No estaba equivocada: para su primer gran protagónico, en “Te acuerdas de anoche” (1986), junto a Rob Lowe, el director Ed Zwick la convocó con la condición de que adelgazara unos kilos. Algunos críticos dirían después que el film sólo tenía sentido por la cantidad de tiempo que mostraba a Demi desnuda.

“No tiene cintura ni caderas, lleva el pelo corto, su cara es de duende, sus ojos tan grandes y líquidos como los de un cervatillo, su figura es moderna y andrógina”, describía la periodista Jennet Conant sobre el estilo con el que marcó tendencia en todo el mundo mientras moldeaba vasijas de arcilla junto al fantasma de su novio en “Ghost” (1990), que se convirtió en la tercera película más taquillera de la historia. Ese look andrógino que tanto trabajó por recuperar, le trajo sin embargo problemas con el director de “Propuesta Indecente”, Adrian Lyne, que amenazó con despedirla por haber adelgazado demasiado sin consultarle. “No quiero que parezcas un tipo”, le repetía a Moore, que trataba de explicarle que necesitaba sentirse atractiva para estar cómoda al desnudarse. Lyne, que le gritaba obscenidades en las escenas de sexo, la obligó a subir cuatro kilos.

Con el cuerpo tallado y una promocionada cirugía en la que se puso implantes en los pechos, en 1996 se convirtió en la actriz mejor paga de Hollywood al cobrar US$12.5 millones para protagonizar “Striptease”. Pero hasta algunas feministas se lo facturaron: ¿Qué había para celebrar en el hecho de que el papel por el que más se le había pagado a una mujer de la industria fuera el de una stripper? ¿Lo mejor que podía hacer una actriz era vender su cuerpo? Se revisaron entonces sus roles anteriores: el de la mujer cuyo cuerpo era vendido por su marido en “Propuesta Indecente”, el de la jefa abusadora de “Acoso Sexual” (1994). Demi siempre había encarnado la explotación de la mujer en Hollywood. Y los medios empezaron a llamarla “Gimme Moore” (“dame más”), como si equiparar su sueldo con el de los actores varones fuera algo objetable: si lo hacía, era porque era codiciosa.

Ella vivía mientras tanto su propia guerra interna. “Mientras filmaba ‘Striptease’, para el desayuno comía media taza de avena con agua y durante el resto del día solo proteínas y algunos vegetales, eso era todo –cuenta en “Inside Out”–. Si esta obsesión con mi cuerpo parece una locura, no se equivocan, los trastornos de alimentación son una locura, una enfermedad. Pero eso no los hace menos reales”. La obsesión real de los demás con su cuerpo no era menos loca. Durante aquel rodaje, se convocó para la primera escena de desnudo a 200 extras a los que no se les pagó por su participación porque el premio era ver a Demi sin ropa. Los rugidos de los hombres fueron tan salvajes, que tuvieron que editarlos en postproducción. Ella confesó entonces que se sentía “halagada” por la reacción. Muchos años antes había perdido el casting de “Flashdance” frente a Jennifer Beal cuando el director de la película le preguntó a un grupo de varones de Paramount: “¿Con quién de estas chicas se acostarían?”. Los aullidos de estos extras en el set sonaban a revancha, ahora ella era la mujer por la que el mundo estaba dispuesto a pagar un millón o trabajar gratis.

Striptease fue un fracaso que los medios saborearon sin evitar detallados comentarios sobre el aspecto de Moore: “Solo pretende ser un peep-show de su fabuloso cuerpo, así que así debemos juzgarla. Tiene muslos fuertes, sus pechos lucen genial cuando están parcialmente cubiertos pero tiesos cuando están expuestos. Si creés que esta observación es inapropiada, lo siento, pero su cuerpo es lo único de lo que trata esta película”, dijo, por ejemplo, la crítica del Chicago Tribune. Para cuando protagonizó G.I.Jane (1997), la prensa bromeaba con que se había rapado la cabeza porque no le quedaba nada por sacarse. Su exhibicionismo, decían, era compulsivo y excesivo.

Había tenido que ganar musculatura y algunos kilos para encarnar a la única mujer de la división SEAL del ejército. Curiosamente, fue después de ese personaje que la sometía en la ficción a todo tipo de torturas que Demi pudo cortar por primera vez con su obsesión, según relata en sus memorias. “Mi reacción habitual al terminar la filmación hubiera sido empezar a matarme de hambre y entrenar sin parar para bajar lo que había subido, pero no hice ninguna de las dos cosas. Había llegado a mi límite. Cuando volví a mi casa en Idaho tuve una epifanía en la ducha: necesitaba ser de mi tamaño natural.” Desarmó el gimnasio donde “había pasado seis dolorosos años” y lo convirtió en su estudio. Se sentía “consumida y agotada”. Y optó por dejarlo todo: la dieta, el entrenamiento, su matrimonio de más de una década con Bruce Willis y su carrera.

Volvería al cine solo seis años después, con “Los Angeles de Charlie 2” (2003) en un personaje más que elocuente: el de una ex ángel a la que el sistema había descartado después de usarla y regresaba para vengarse. Esa venganza, para los medios, era que a los 41 años y en bikini, otra vez “estaba mejor que a los 20”. Como siempre, se especuló con sus cirugías y se dijo que había invertido unos 3 millones de dólares entre tratamientos estéticos e intervenciones como liposucciones de abdomen, cola y piernas, reemplazo de prótesis mamarias, y hasta rejuvenecimiento de rodillas. “Gasta como loca en verse joven, pero considerando los millones que hizo, no es nada. Su cuerpo es su fortuna”, publicó el tabloide The Star. Después se supo que la actriz había pedido rodar sus escenas en bikini un mes antes de lo previsto para evitar pasarse esas cuatro semanas obsesionandose con su aspecto físico.

En 2012, recién separada de Ashton Kutcher –de quien la prensa siempre destacó que era 16 años menor que la actriz y pareció disfrutar su infidelidad con una joven de 21–, tuvo una sobredosis de marihuana sintética y colapsó delante de una de sus hijas. Llevaba meses de excesos, adicciones, y trastornos alimentarios que la habían devuelto a la portada de los tabloides por su preocupante pérdida de peso. Con esa imagen, en la que vio su cuerpo “desde afuera” por primera vez, comienza su autobiografía. La actriz pasó entonces por una rehabilitación que la impulsó a reconocer públicamente sus problemas para superarlos: “Durante años estuve en espiral, en un camino de verdadera autodestrucción. No importan los éxitos que haya tenido, ni el dinero, ni la fama, nada llenaba mi vacío. Nunca me sentí lo suficientemente buena”. Con la ayuda de su familia –incluido Bruce Willis, con quien pasó la última cuarentena– reconoció que sus prioridades cambiaron: la belleza, asegura, ya no es una de ellas. “Hoy mi salud y mis relaciones son lo más importante, lo que hago está en segundo lugar”, le dijo recientemente a su amiga Gwyneth Paltrow en una charla del sitio Goop.

Si algo de la falta de compasión de las críticas en las redes después de su aparición en el desfile de Fendi la afectó, su respuesta fue simplemente mostrarse al natural y emocionada por la experiencia que vivió en París. Volviendo a dar la cara. Como le dijo a Lena Dunham cuando se desnudó por última vez para la tapa de Harper’s Bazaar, dos años atrás, a sus 56: “Tengo cero interés en ser una víctima”.

FUENTE: Infobae