Para Merino, poco ha cambiado en estos 13 años. Denunció que a los colegios y a la política no les interesó prevenir estos eventos: “Solo cuidaron su ‘prestigio’ y su ‘monedero’”, afirmó. Según su experiencia, los establecimientos suelen aplicar protocolos que no sancionan a los violentos y terminan "eliminando" o silenciando a la familia de la víctima para no afectar su imagen institucional.
El debate sobre la edad y el delito
Sobre el atacante de Santa Fe, que no será juzgado como adulto, Merino sostuvo una postura firme: “A los agresores debe juzgárselos por la gravedad del delito y no por su edad”. Reconoció que su mirada puede ser dura, pero señaló que quienes difieren es porque "no están en nuestros zapatos".
Además, extendió la responsabilidad a los progenitores de los atacantes: “A los padres que, por acción u omisión, no pudieron guiar a esos jóvenes, deben ser las leyes y la vida quien lo haga poniéndoles límites y sanciones”.
Merino advirtió a otras familias sobre la importancia de detectar el acoso a tiempo, señalando que el proceso suele empezar con comparaciones absurdas y vergonzantes que destruyen la autoestima antes de llegar a la agresión física.
“Mi hija nos pidió que no habláramos con nadie hasta que terminó sin un ojo”, recordó, dejando una enseñanza clave para el futuro: una víctima nunca puede manejar por sí sola a su victimario.