El 22 de agosto de 1865 nació en Gualeguay, Entre Ríos, Juan Bautista Ambrosetti, considerado el “padre del folclore argentino” por su aporte al estudio de las costumbres y expresiones culturales del país.
Casi un siglo después, en 1960, Buenos Aires fue sede del Primer Congreso Internacional de Folklore, que reunió a representantes de 30 países y fue presidido por el folklorólogo salteño Augusto Raúl Cortázar.
Durante ese encuentro se homenajeó a Ambrosetti y la coincidencia entre su fecha de nacimiento y el primer uso de la palabra folklor terminó de consolidar al 22 de agosto como una jornada dedicada al folclore.
Un país que también se cuenta a través de sus danzas
Argentina tiene una enorme diversidad de expresiones folklóricas. Y buena parte de esa identidad puede recorrerse a través de sus danzas y músicas.
En Cuyo, por ejemplo, la cueca cuyana ocupa un lugar propio dentro de una tradición que atravesó distintos territorios y recibió influencias de la cueca chilena y otras expresiones sudamericanas. El pañuelo y el juego entre los bailarines son parte de una danza que todavía forma parte de las celebraciones y reuniones de la región.
En Santiago del Estero, la chacarera se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de la cultura provincial. Su ritmo, sus distintas variantes y el protagonismo de la percusión la transformaron en una de las expresiones centrales del folclore argentino.
Más hacia el Litoral, el chamamé, el rasguido doble y distintas variantes de la polca reflejan una identidad construida a partir del encuentro de tradiciones locales y corrientes migratorias.
En la Puna, en tanto, aparecen expresiones como el carnavalito, el huayno, el bailecito, la cueca y el taquirari, con vínculos culturales que atraviesan las actuales fronteras de Argentina, Bolivia, Chile y Perú.
La región pampeana tiene en el malambo una de sus expresiones más características. El zapateo, la precisión de los movimientos y el ritmo marcan una danza que nació ligada a la vida rural y que con el tiempo también se transformó en una disciplina de competencia y exhibición.
Y en el Río de la Plata, el candombe conserva una historia profundamente vinculada con las comunidades afrodescendientes. Su música, sus tambores y su dimensión colectiva lo convirtieron en una expresión de identidad y memoria.
Una de las claves para entender esta celebración es que el folclore no funciona simplemente como un museo de costumbres antiguas.
Las expresiones folklóricas cambian, incorporan elementos y se adaptan a nuevas generaciones. Una canción, una receta, una fiesta popular, una forma de bailar o incluso una manera particular de contar una historia pueden convertirse en parte de ese patrimonio cultural.
Por eso, el folclore también habla del presente. Es la memoria de una sociedad, pero una memoria que continúa viva mientras alguien la canta, la baila, la cuenta o la transmite.
Desde la Puna hasta Cuyo, desde Santiago del Estero hasta el Litoral y el Río de la Plata, cada región aportó sus propios sonidos y costumbres a una identidad argentina construida con muchas identidades diferentes.