En el sistema bancario, fuentes del sector señalan una mejora reciente. Según esas estimaciones, la mora entre las principales entidades habría disminuido 25% entre julio y la primera mitad de agosto, especialmente entre familias y particulares. Una de las estrategias más utilizadas consiste en transformar deuda de tarjeta en préstamos personales, reducir el uso del plástico y concentrar las obligaciones en una cuota.
La situación cambia cuando se mira el universo de entidades no bancarias. Allí, las estimaciones citadas ubican el incumplimiento por encima del 30%, mientras que en algunos productos de crédito puede superar el 50%.
Y aparece el dato que explica buena parte del problema: tasas de interés que parten del 700% y pueden superar el 1.200%, según el producto y las condiciones de financiación.
El problema no siempre es cuánto se pide, sino cuánto se termina devolviendo
La expansión de las billeteras digitales modificó por completo el acceso al financiamiento. Un préstamo que antes podía requerir trámites, documentación y tiempo ahora puede aparecer disponible en una pantalla en cuestión de segundos.
Esa facilidad tiene un lado positivo: amplía el acceso al crédito. Pero también puede hacer menos visible su costo. Una persona puede concentrarse en una cuota que parece posible de pagar y perder de vista cuánto terminará desembolsando durante toda la financiación.
Por eso, el dato central no es solamente la tasa nominal, sino el Costo Financiero Total (CFT), que incorpora intereses, comisiones, seguros y otros cargos. La pregunta debería ser sencilla: si tomo $100.000, ¿cuánto voy a devolver cuando termine de pagar?
El límite aparece cuando el crédito deja de utilizarse para una necesidad puntual. Si todos los meses una familia necesita financiar alimentos, servicios, alquileres o gastos habituales con una tarjeta, un préstamo o un descubierto, el problema ya no está solamente en la tasa de interés.
Está en que los ingresos no alcanzan para sostener el nivel de gastos.
En ese escenario, pedir un nuevo crédito puede resolver el vencimiento inmediato, pero al mismo tiempo agrega una nueva cuota para el mes siguiente. Así comienza una dinámica conocida: una deuda paga otra deuda, la tarjeta se vuelve a utilizar y el margen disponible del ingreso se achica cada vez más.
La mora aparece, muchas veces, al final de ese recorrido.
Un informe privado de la consultora Analytica, difundido hace aproximadamente dos meses, mostró fuertes diferencias entre las provincias.
Según ese relevamiento, San Juan registraba una mora del 36%, seguida por La Rioja, con 35,3%, y Catamarca, con 34,8%. En el otro extremo aparecían la Ciudad de Buenos Aires, con 16,1%; La Pampa, con 19,5%; y Neuquén, con 23,6%.
El dato requiere una precisión: se trata de un informe privado y corresponde a una fotografía de hace unos dos meses, por lo que no puede utilizarse como indicador del nivel actual de mora.
Lo interesante del relevamiento es otra cuestión: la diferencia territorial. Allí donde existen mayores niveles de informalidad laboral, menores ingresos y dificultades para acceder al crédito formal, también aparecen mayores niveles de incumplimiento.
La mora, entonces, no es solamente un indicador financiero. También puede funcionar como una señal sobre la capacidad real de los hogares para llegar a fin de mes.
El otro frente: las cobranzas
Cuando una persona entra en mora, la deuda no desaparece. Comienza otra etapa: la gestión de cobro. Mercado Pago confirmó que trabaja con agencias externas para gestionar los créditos atrasados. Entre ellas figuran Contacto Garantido, GEDCO, Latam Collect, Ostengo, Paktar, We Cross y Zolvex.
Estas compañías utilizan sistemas automatizados, llamadas telefónicas, WhatsApp y operadores humanos para contactar a los deudores y buscar acuerdos de pago.
El mecanismo también generó reclamos de usuarios que denunciaron contactos insistentes, falta de información sobre la composición de las deudas y dificultades para obtener constancias de cancelación.
Es importante separar los casos particulares de una conclusión general sobre todas las empresas de cobranza.
Pero los reclamos muestran que el problema del endeudamiento tiene una segunda dimensión: no solo importa cuánto se debe, sino también cómo se informa, negocia y cobra esa deuda.
La pregunta que queda detrás de todos los números
El dato más preocupante no es necesariamente que una persona tenga un préstamo. El crédito puede ser una herramienta perfectamente válida. La señal de alerta aparece cuando el préstamo se transforma en parte del ingreso mensual.
Ahí cambia la lógica: ya no se pide dinero para comprar algo que no se podría pagar de contado, sino para poder mantener durante otro mes un nivel de consumo que los ingresos corrientes no permiten sostener.
Por eso, detrás de los porcentajes de mora hay una discusión mucho más cotidiana: qué capacidad tiene una familia para pagar sus gastos después de descontar todas las cuotas que ya asumió.
Y en un escenario de tasas extremadamente altas, equivocarse con esa cuenta puede tener consecuencias durante meses o incluso años.
Por Gabriel Rotter.