Sin embargo, detrás de esa conducta también aparecen otros factores. Un grupo menor admite que elige ese tono por una mezcla de curiosidad y temor: la idea, todavía influenciada por la cultura popular, de que la inteligencia artificial podría volverse hostil en algún momento.
Más allá de lo simbólico, algunos estudios sugieren que la cortesía tiene efectos prácticos. Un pedido bien formulado, claro y respetuoso, puede mejorar la calidad de las respuestas que generan estos sistemas, lo que convierte al “buen trato” en una herramienta funcional.
Del otro lado, hay un porcentaje que no comparte esa lógica. Para estos usuarios, interactuar con una IA no implica ningún tipo de vínculo social. Consideran que se trata de una herramienta y que no tiene sentido aplicar normas de cortesía a un programa que no tiene emociones.
Este contraste expone un cambio más profundo: la creciente humanización de la tecnología. Los desarrolladores buscan que los chatbots sean cada vez más naturales en su forma de comunicarse, lo que difumina la frontera entre máquina y persona.
Ese mismo proceso también genera interrogantes. Algunos especialistas advierten que los sistemas demasiado “amables” pueden reforzar ideas o sesgos de los usuarios, generando una retroalimentación que no siempre es positiva.
En paralelo, la expansión de la inteligencia artificial ya impacta en otros aspectos del ecosistema digital. Estudios recientes indican que más de un tercio de los nuevos sitios web están siendo creados con herramientas automatizadas, muchas veces sin intervención humana directa.
El escenario plantea una transformación acelerada: no solo cambia cómo se produce el contenido, sino también cómo las personas se vinculan con la tecnología. En ese vínculo, algo tan simple como decir “por favor” empieza a tener un nuevo significado.