En la plaza convivieron adolescentes que descubrieron su obra a través de plataformas digitales con hombres y mujeres que siguieron a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota desde los años ochenta. Muchos llegaron en familia. Padres que alguna vez viajaron cientos de kilómetros para asistir a una misa ricotera ahora compartían la despedida junto a sus hijos, demostrando que el fanatismo por el Indio no se hereda como una obligación, sino como una pasión que se transmite naturalmente de generación en generación.
Las canciones comenzaron a surgir de manera espontánea. Sin escenario, sin amplificadores y sin necesidad de una banda. Alcanzó con una voz para que decenas se sumaran y luego fueran cientos. Los clásicos de Los Redondos sonaron una y otra vez a capela, acompañados por palmas, abrazos y algún pogo improvisado.
Aunque "Jijiji" apareció inevitablemente en el repertorio colectivo, la canción que más emoción provocó fue "Encuentro con un ángel amateur". El tema, considerado por muchos como una despedida anticipada del propio Solari, resonó con una fuerza especial. Cuando llegaron esos versos que dicen "Yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí, solo seguir cantando", la multitud respondió con un silencio respetuoso primero y con una ovación después.
La escena tuvo algo de ritual y algo de celebración. Porque si bien la noticia de la muerte todavía parece difícil de asimilar para muchos de sus seguidores, el encuentro dejó en claro que la obra del Indio sigue más viva que nunca. Cada canción cantada en la plaza fue una forma de agradecerle.
El artista que durante décadas eligió el misterio, la distancia y la intimidad volvió a reunir a una multitud sin estar presente físicamente. Lo hizo a través de sus letras, de sus ideas y de una comunidad que construyó durante más de cuarenta años.
En la Plaza 25 no hubo despedidas definitivas. Hubo memoria. Hubo admiración. Hubo locura ricotera. Y quedó flotando en el aire una certeza que muchos repitieron entre abrazos y canciones: con amor, hasta las tempestades son más fáciles de atravesar. Porque, como enseñó el propio Indio, si no hay amor, que no haya nada.