La desaparición de su hijo marcó su vida
Su historia dentro de las Madres de Plaza de Mayo comenzó a partir de la desaparición de su hijo, Alejandro Martín Almeida, quien tenía 20 años y trabajaba en la agencia de noticias Télam.
Según se reconstruyó con el paso de los años, el joven fue secuestrado en junio de 1975 por integrantes de la organización paraestatal conocida como la Triple A. Desde entonces, Taty inició una búsqueda que se prolongó durante toda su vida y que la llevó a involucrarse de lleno en la defensa de los derechos humanos.
Con el paso del tiempo y tras las diferencias internas surgidas dentro del movimiento de Madres de Plaza de Mayo, Almeida pasó a integrar la denominada Línea Fundadora, sector del que llegó a ser una de sus principales referentes.
Desde ese espacio sostuvo una intensa actividad pública participando en actos, marchas, encuentros educativos y actividades vinculadas a la preservación de la memoria histórica y la defensa de los derechos humanos.
Su figura trascendió los cambios políticos y las distintas etapas del país, convirtiéndose en una de las voces más reconocidas del movimiento.
A lo largo de los años, Almeida mantuvo una presencia permanente en la vida pública argentina. Su mensaje estuvo asociado a la búsqueda de justicia y a la necesidad de mantener viva la memoria sobre los hechos ocurridos durante los años más oscuros de la historia reciente del país.
Entre las frases que quedaron asociadas a su figura se destacó una consigna que repitió durante décadas y que se convirtió en una marca personal de su militancia: la convicción de que ninguna lucha está perdida mientras continúe siendo sostenida.
Con su fallecimiento, Argentina despide a una de las referentes más reconocidas de la defensa de los derechos humanos, protagonista de una historia atravesada por el dolor de una desaparición, pero también por una incansable búsqueda de memoria y justicia.