Las mediciones realizadas mediante electroencefalografía mostraron que quienes estaban concentrados en preocupaciones económicas registraban una mayor actividad cerebral, especialmente en un indicador conocido como onda P3, asociado al esfuerzo cognitivo. En otras palabras, el cerebro necesitaba utilizar más recursos para completar las mismas tareas.
Los investigadores sostienen que la sensación permanente de escasez mantiene una parte del cerebro enfocada en resolver problemas inmediatos, lo que deja menos capacidad disponible para otras funciones, como planificar, tomar decisiones, recordar información o adaptarse a cambios.
Ese fenómeno también quedó reflejado en pruebas donde los participantes debían modificar estrategias frente a nuevas consignas. Quienes habían sido expuestos a la sensación de falta de dinero tardaron más tiempo en reaccionar y mostraron menor flexibilidad mental.
El impacto va más allá de los ingresos
Otro de los hallazgos fue que esta carga mental no depende exclusivamente del nivel de ingresos. Un análisis realizado sobre 2.379 adultos en los Países Bajos mostró que la percepción de escasez también aparece en personas con ingresos medios e incluso altos.
Además, quienes experimentaban esa preocupación tenían más dificultades para sostener hábitos saludables, como mantener una alimentación equilibrada o realizar actividad física de manera regular.
Los investigadores concluyeron que la escasez financiera no solo representa un desafío económico, sino también una carga cognitiva medible, capaz de afectar el bienestar, la salud mental y la forma en que las personas enfrentan las decisiones de la vida cotidiana.