La escena era macabra. Al lado del difunto, dos jóvenes, también desnudas, se retorcían. Eran sus hijas, las hermanas Silvina, de 21 años y Gabriela, de 29. En la casa, los policías encontraron excremento y un fuerte olor a orina. También, una Biblia ensangrentada y cuadernillos de alquimia con instrucciones para la purificación de personas, además de velas blancas, inciensos y carbones que humeaban.
Las hermanas satánicas y una historia llena de locura
Las hermanas habían crecido en un clima de hostilidad y delirios místicos. Según contaron después del crimen a los peritos, su madre las golpeaba desde chicas. En su hogar, vivían, además, en un clima de superstición y pensamientos místicos, bajo la influencia de una tía con problema psiquiátricos que creía ser una médium.
Con el tiempo, las jóvenes desarrollaron un cuadro de esquizofrenia y trastorno psicótico compartido, en el que afirmaban escuchar ruidos y ver imágenes. Silvina creía, además, tener premoniciones y estaba convencida de que también era una médium que podía captar la energía de los demás y leer su mente.
En este marco, comenzaron a creer que una presencia maligna convivía con ellas en su casa. A sus vecinos les contaban que escuchaban golpes y pasos y comenzaron a preguntar si en el edificio donde vivían había muerto alguien antes de su llegada. Hasta acudieron a un centro alquímico llamado Transmutar, donde les dieron algunas pócimas.
En este clima se gestó el fatídico desenlace. A fines de marzo de ese año, tomados de la mano, el padre y sus hijas rezaron día y noche sin dormir, y fueron a misa varias veces en un mismo día para luchar contra el influjo diabólico.
Sin embargo, según detalla Raúl Torre en su libro "Perfiles Criminales", fueron dos los desencadenantes de la tragedia: el momento en que Gabriela creyó ver bultos tipo muñecos por la espalda de su padre y la experiencia alucinatoria de Silvina, que sintió una voz que le decía “si no me dejas entrar mueren todos”.
Tras esto, iniciaron un ritual de locura, se desnudaron, defecaron y vomitaron por la casa para purgar los presuntos espíritus. Ante la falta de resultados y la desesperación, Silvina decidió cortar el "muñeco" que envolvía al padre mientras Gabriela veía cómo su hermana apuñalaba al hombre fuera de sí.
Se cree que Juan Carlos Vázquez también estaba inducido por el delirio; y en el deseo de terminar con el sufrimiento de los tres habría terminando por ceder ante sus hijas.
La policía llegó ese día entre las 14.30 y 15.00 por una denuncia de ruidos molestos. Se encontraron con que la puerta de metal del frente de la casa estaba cerrada a cuatro llaves y tuvieron que tirarla abajo.
Del otro lado, sobre el piso cubierto de sangre yacía el cuerpo del ferretero. "Nunca vi algo semejante. Tenía muchísimas cuchilladas", contó por entonces un investigador, según consignó una crónica de la época.
Después del hecho, Silvina y Gabriela fueron internadas en el hospital neuropsiquiátrico Braulio Moyano, donde fueron dadas de alto poco más tarde. Hasta el día de hoy, no se sabe cuál es su paradero.