El escritor rumano André Kédros afirmaba: “Lo que diferencia al hombre del animal no es la inteligencia sino la facultad de saber esperar”.
En la vida cotidiana se aprecia fácilmente la impaciencia al observar cómo una persona aprieta varias veces seguidas el botón del ascensor, se incomoda en la espera de una fila de supermercado, toca bocina apenas cambia la luz del semáforo o se apura al querer bajar de un avión recién aterrizado, entre otros ejemplos posibles.
Diversas investigaciones han vinculado la existencia de una franca relación entre la paciencia y el bienestar físico y emocional como, por el contrario, de la impaciencia con la enfermedad.
La persona impaciente suele no poder disfrutar de las cosas del presenteya que vive apurada, como si corriera tras el tiempo, aunque no resulta claro el para qué lo hace.
El equilibrio emocional suele perderse, desaparece la serenidad, se instala la irritabilidad y la impulsividad, pequeños estímulos alteran el sistema nervioso y genera estrés.
Y con una característica que puede ser nefasta ya que la impaciencia alimenta a la propia impaciencia y cualquier acontecimiento es motivo entonces de mayor tensión e irritabilidad.
Las relaciones personales se afectan, ya que el impaciente no escucha al otro mientras habla, sino que ya está pensando en lo que va a decir. Así, el lazo que se establece es débil y también flojo el vínculo que se genera. En verdad, no se dialoga. (Y una sociedad impaciente e intolerante tampoco lo hace.)
Pero además de las consecuencias emocionales, la impaciencia puede ocasionar también serios efectos a nivel físico.
Dentro de los más significativos se puede mencionar:
1) Obesidad, ya que se suele dedicar poco tiempo para comer de manera saludable, tranquila y con menor tiempo del necesario para masticar bien y saborear la comida, por lo que la ingesta de alimentos suele tener características compulsivas y desordenadas.
2) Hipertensión arterial, dado que el impaciente vive habitualmente con estrés que contrae las arterias junto a una sensación de agobio e impotencia dado su funcionamiento ansioso. Más aún en las llamadas Personalidades A (propensa a padecer cardiopatías).
3) El envejecimiento prematuro y el riesgo de vivir menos años de vida.
Hace poco fue publicado en Proceeding of the National Academy of Science un trabajo de investigación de la Universidad Nacional de Singapur, de Berkeley y de Pensilvania, que demostraban que las personas más impacientes envejecen más rápidamente.
La causa de esto es que los telómeros (extremos de los cromosomas que protegen el ADN) en esta personas se van acortando y debilitando más rápido con el tiempo a diferencia de lo que ocurre en las personas que son más serenas y reflexivas. Los telómeros, al proteger la degradación del ADN, permiten vivir unos cuantos años más.
E.M.