En diciembre de 2019, el REM había previsto una inflación del 30,1% para 2021, mientras que la encuesta de FocusEconomics la estimaba en 29,7% para este año. Doce meses más tarde, período en el que entre otros factores jugó ni más ni menos que el cisne negro de una pandemia que sumió al planeta en su peor crisis económica desde la Segunda Guerra Mundial, las previsiones de inflación para 2021 sumaron como consecuencia en torno 20 puntos.
Los analistas de FocusEconomics atribuyeron el salto en las previsiones a, previsiblemente, el fenómeno monetario: “El próximo año, la inflación probablemente será impulsada por una expansión sostenida de la base monetaria debido a la financiación monetaria del déficit fiscal”.
El análisis va a contramano de una visión más heterodoxa que sostiene el titular del BCRA, Miguel Pesce. La entidad el 12 de enero concluyó que es “resultado de un conflicto por la distribución del ingreso”, en un posteo publicado en Central de Ideas, el blog de la entidad.
Las expectativas de inflación, incluso las que como el BCRA o FocusEconomics, consultan a decenas de especialistas para obtener algo cercano a un consenso, están lejos de ser predicciones precisas.
Ejemplos de diferencias entre lo esperado y lo que finalmente pasa sobran. Para 2020, por ejemplo, el REM arrojaba previsiones de inflación del 42,2%, más de 6 puntos por encima de lo que finalmente marcó el IPC Indec en el año. LatinFocus Consensus Forecast, por su parte, no estuvo más atinado: preveía un 41,8% para 2020.
Por esa diferencia entre la expectativa y el dato finalmente registrado, cuando Pesce se hizo cargo del Central se desarrolló un ranking de 10 consultoras que más acertaron en sus previsiones. Ese “TOP-10″ espera que en 2021 la inflación cierre en el 46% anual, o sea, 4 puntos menos que el consenso global de los 41 participantes de la última encuesta.
Las expectativas, más allá de no tener capacidad predictiva –por ejemplo ningún economista en diciembre 2019 incorporó una pandemia a su análisis– sí tienen influencia sobre las conductas presentes. Toda inversión, financiera o real, parte de algún escenario futuro imposible de precisar pero al menos basado en información disponible en el presente para decidirse. En ese sentido, al menos, la confianza en el devenir de la dinámica de precios no parece ser importante. Dicho de otra forma: la confianza en que la inflación bajaría este año se esfumó.
“A fines de 2019 había una economía desmonetizada y un proceso de ajuste fiscal por las malas que había hecho la crisis, necesidades de emisión acotadas, expectativas de resolver el frente financiero y descomprimir la deuda. En ese contexto, después de un 2019 de inflación muy alta, esperabas menos”, analizó Gabriel Caamaño de Consultora Ledesma.
“Ahora el contexto es totalmente diferente. Descomprimiste deuda, pero tenés una brecha insostenible, casi sin reservas, el déficit se incrementó por la pandemia y por la manera en que decidiste enfrentarla. La economía está en máximos de monetización, porque se emitió muy fuerte y va a seguir siendo necesario emitir porque no tenés acceso a los mercados financieros”, concluyó.
Matias Rajnerman de Ecolatina, por su parte, puso el foco en correcciones que hubieran ahorrado puntos de inflación y que quedaron postergadas por la pandemia.
“En el medio pasó una pandemia. Hace un año pensábamos en un 2020 no electoral, Gobierno con capital político y margen para hacer correcciones. Parecía comprometido con el equilibrio fiscal y con no atrasar al dólar”, dijo el economista.
“Pero el Gobierno no quiso hacer grandes correcciones en la pandemia. La idea era que en 2021 iban a tener más espalda para planchar tarifas, pero eso ahora está atrasado y va a ser difícil de contener”, agregó.
En esa línea, la diferencia de velocidad entre el ritmo de avances de precios regulados y no regulados está detrás de las previsiones más pesimistas.
“La inflación núcleo –general, menos precios regulados y estacionales– vino creciendo por arriba de la inflación en regulados sistemáticamente en 2020, y eso no es sostenible. Además, el año pasado la inflación en bienes fue del 43% y la de servicios 22%, justamente los más afectados por el contexto de pandemia y cuarentena. Si la economía continúa recuperándose y el sector de servicios vuelve a funcionar con más normalidad, la inflación en ese rubro se va a acelerar. Y no queda claro que el Gobierno pueda frenar la inflación en bienes, con el último dato del año dando cuenta de una inflación anualizada por arriba del 60%”, dijo Lorena Giorgio de Econviews.